El trabajo infantil en el mundo –particularmente en Latinoamérica– no es un fenómeno nuevo. De hecho, el Convenio nº 5 de la Conferencia Internacional del Trabajo estableció ya hace varias décadas la edad mínima de admisión en trabajos industriales. Más tarde, la persistencia y agravamiento del fenómeno llevó a que en 1973 se adoptase el llamado Convenio nº 138 sobre edad mínima de admisión a cualquier empleo, y más recientemente, en 1999, el Convenio nº 182 sobre las peores formas de trabajo infantil.
Pero este fenómeno sólo ha adquirido verdadera visibilidad social desde hace unos pocos años. Y es que las cifras que comienzan a circular son francamente alarmantes.

Según el Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil –IPEC (creado específicamente en la OIT para tratar el tema)–, en el mundo, hay cerca de 250 millones de niños, niñas y adolescentes (NNA) que trabajan. Y en América Latina, calcula que 17,4 millones de niños y niñas con edades comprendidas entre los 5 y 14 años están presos de esta situación; una cifra que otras fuentes elevan a más de 25 millones y que conforma un fenómeno de tal relevancia que en algunos de países de la región (véase el cuadro), llega a representar el 30 por ciento de la infancia. Sin embargo, y a pesar de su gravedad, poco podría entenderse de este fenómeno social sólo con las cifras anteriores.
En muchas ocasiones, los dramas humanos tienden a ser reemplazados por cifras y frías estadísticas, perdiéndose de vista lo que realmente son: más de 17 millones de historias personales e intransferibles en Latinoamérica, 17 millones de rostros pequeñitos enfrentados un día sí, y otro también, a la privación cotidiana de sus derechos y condición de niños.
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