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TODO ES FICCIÓN - TODO ES FiCCIÓN- TODO ES FiCCIÓN

EL IMPERIO CONTRATACA

Michael Arena

El lanzamiento del Sputnik, que dio el pistoletazo de salida a la carrera espacial, y los siguientes logros soviéticos causaron una verdadera conmoción en Estados Unidos. En este país sucedió algo sin precedentes: se llegó a tener un principio de duda respecto a la verdad de los criterios ideológicos que constituían su base doctrinal y política.

 
 

Tanto sus ciudadanos como todos los de los países en su área de influencia se preguntaban si era cierto que el sistema liberal y democrático era el más adecuado para llevar a un pueblo a sus máximos horizontes en el mundo moderno. A efectos propagandísticos, habían minimizado peligrosamente las posibilidades y progresos del adversario. Al presidente Eisenhower y a sus consejeros les faltó lo que Krushev sí tuvo: imaginación. Era un gobierno de hombres de negocios que creían que un Estado puede administrarse como una empresa privada en época de tranquilidad. Su preocupación máxima siempre fue el equilibrio del presupuesto. Pero esto equivalía a comportase como si, en tiempo de guerra, el Gobierno se preocupara de no tener deficit en lugar de preocuparse de ganar la guerra. Con la extraordinaria potencialidad técnica y económica, con el progreso científico e industrial, con el adelanto manifiesto que en todos esos terrenos los Estados Unidos llevaban a la URSS, nunca debieron ceder la iniciativa. Fue Wilson, presidente de General Motors y luego nombrado secretario de Defensa por Eisenhower, quien declaró que la cuestión de la conquista del espacio "no tenía ninguna importancia".

Esta ausencia de visión política a largo plazo durante los ocho años de Adminis-tración republicana tuvieron repercusiones muy graves. Los Estados Unidos pa-recían haber perdido de golpe algo que hasta entonces el mundo les atribuía: la primacía de la técnica. Fue un rudo golpe político cuanto que se producía en un mundo en ebullición. En los mismos momentos en que inmensas masas asiáticas y africanas accedían a la independencia, la Unión Soviética les ofrecía el espectáculo deslumbrante de un pueblo que, gracias al comunismo, había conseguido algo tan prodigioso como enviar el primer hombre al cosmos. A los ojos del Tercer Mundo la URSS era un país tan adelantado que podía permitirse el lujo de aventajar a los Estados Unidos en la más maravillosa aventura que el hombre ha corrido jamás.

La guerra de imagen, saldada inicialmente a favor de los soviéticos, estaba resultando decisiva en la pugna geoestratégica de las dos superpotencias. Bajo el timón de Kennedy, la Administración de-mócrata quiso insuflar enérgicamente su programa espacial para recuperar el tiempo perdido. Su contraataque fue proponerse un objetivo espectacular en un plazo viable, sin reparar en inversiones. Fue en este contexto que Kennedy anunció su compromiso de situar a un americano en la Luna antes de finalizar la década.

Desde luego, la conquista de la Luna no era una mera conquista tecnológica. Se trataba de una grandiosa epopeya que, como tal, revelaba un cierto idealismo, mezclado con elementos patrióticos y religiosos. Las idas y venidas a lo más alto del cielo estaba convirtiendo a Dios en una referencia constante. Muchos cosmonautas soviéticos, al regreso de sus misiones, declaraban haber buscado y rebuscado sin haber encontrado ni pizca de Dios en ninguna parte, ni tan siquiera agazapado tras un minúsculo meteorito. Dios, concluían, tenía que ser un embuste capitalista. Naturalmente tales declaraciones prepotentes no buscaban otro efecto que fastidiar a los "capitalistas" que competían con ellos y humillarlos en lo más hondo de su fibra sensible. Por entonces ignoraban que Dios es un poderoso aliado y que, como en la fábula, obraría el milagro, haciendo que la tortuga terminase por llegar antes a la meta que la liebre.

En cambio, Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisaría la Luna, lo tenía claro desde el principio. Estaba convencido de que la Luna aguardaba a los Estados Unidos de América, encargados por Dios de la misión como en una especie de Pen-tecostés. En una entrevista de 1966 el periodista preguntó, "¿y si llegan antes los rusos?". "Oh, no es posible. Dios está con nosotros y no con los rusos". Pertenecía a la iglesia presbiteriana, los domingos por la tarde explicaba el Nuevo Testamento a los niños de Houston y, después de su experiencia mística dando unos saltitos por el Mar de la Tranquilidad, se hizo pastor de ovejas descarriadas. Otra muestra de cómo la NASA bregaba el favor divino: cuando el Apolo 8, en diciembre de 1968, circunnavegó la Luna durante veinte horas, sus ocupantes, los astronautas Borman, An-ders y Lovell, estuvieron exclusivamente ocupados transmitiendo imágenes por televisión y ¡leyendo fragmentos de la Biblia!

Para continuar batiendo a Dios en su feudo y neutralizar el contraataque americano, Sergei Korolev, máximo rector del programa espacial soviético, había planeado entre 1962 y 1964 el denominado "complejo Soyuz", un nuevo programa que comprendía tres tipos de cosmonaves, siempre basándose en el cohete propulsor A-2 que tan buenos rendimientos dio con el Voskhod:

Soyuz-A. Vehículo tripulado, compuesto de un módulo de equipamiento cilíndrico, un módulo de descenso en forma de campana, y un módulo orbital esférico. Esta estructura resultó extremadamente eficaz y sigue operativa en la actualidad.

Soyuz-B. Vehículo no tripulado equipado con un potente cohete, pero que sería lanzado casi sin propelente, o sea, con los depósitos casi vacíos.

Soyuz-V. Nave cisterna no tripulada, encargada de habituallar de propelente al Soyuz-B.

La mecánica prevista para el "complejo Soyuz" consistía en el lanzamiento de un bloque de cohete Soyuz-B, seguido de una serie de aparatos Soyuz-V. Estos repostarían los depósitos del Soyuz-B antes de enviar un Soyuz-A con cosmonautas a bordo, que ensamblarían las naves y pondrían rumbo a la Luna. Soyuz en ruso significa "unión". Pero este complejo programa de "uniones" fue cancelado en 1964 y sustituido por otro más ambicioso, el supercohete Proton.

Detrás de esta ingeniosa secuencia de fases subyacía un plan nada utópico para alcanzar la Luna. El viaje al satélite abría varias opciones o rutas. La primera era el ascenso directo, es decir, un cohete tripulado que despegase de la Tierra, superase la velocidad de escape de la fuerza gravitatoria (unos 40.000 km/h.), llegase a la Luna, se posase sobre su superficie, volviese a despegar, y regresase finalmente a la Tierra. Este sistema requería un cohete con una energía descomunal, quince veces mayor que los A-2, y el proyecto fue considerado quimérico. La segunda era el llamado EOR (rendez-vous en órbita terrestre) que implicaba el encuentro (rendez-vous) de varias naves en una órbita de aparcamiento alrededor del planeta, para unir su fuerza antes de acometer el asalto definitivo, ya sin el obstáculo de la fricción de la atmósfera ni de la fuerza de atracción gravitacional. Este plan podía llevarse a cabo con los cohetes A-2 existentes y, a la larga, supondría el origen de las estaciones orbitales. Fue la opción elegida por Korolev. La tercera ruta era la LOR (rendez-vous en órbita lunar) y significaba que una nave, con casi tanta potencia como la del ascenso directo, llegase a circunnavegar la Luna. La LOR también requería el desarrollo de dos vehículos independientes, uno para alunizar y otro para regresar a la Tierra, mediando el posterior rendez-vous de ambos. Éste fue el sistema elegido por la NASA –y, a la postre, el más eficaz– cuando dispuso de los monumentales cohetes Saturno que trans- portarían al Apolo 11 con Armstrong, Co-llins y Aldrin.

Del "complejo Soyuz", sólo unidades del Soyuz-A llegaron a ser construidos. Un brillante trabajo de Korolev y sus colaboradores dió con un diseño sumamente eficiente y funcional, basado en una estructura de tres módulos. El módulo posterior, de instrumentación, era cilíndrico; medía 2,3 m. de ancho y 2,7 m. de largo; su masa era de 2,1 toneladas. Un compartimiento presurizado contenía equipos electrónicos de control y de telecomunicaciones, y en otro sin presurizar, los motores y el combustible. Para la propulsión se utilizaba un sistema de motores KTDU-35; tanto el motor principal como el doble motor de seguridad producían un empuje de alrededor 3,9 newtons cada uno. El propelente principal era ácido nítrico y UDMH (dimetilhidracina asimétrica). Los motores podían realizar tantas igniciones como fuera necesario, hasta un total de 500 segundos de funcionamiento. El módulo de instrumentación incluía un par de paneles con baterías solares para proporcionar la energía consumida en el manejo de la nave. Los dos paneles estaban recogidos en el momento del lanzamiento y medían 3,6 m. de largo y 1,9 m. de ancho una vez desplegados, proporcionando 14 metros cuadrados de superficie útil.

A continuación, en la sección central, se hallaba el módulo de descenso, que tenía un diámetro de 2,3 m. y 2,2 m. de longitud, y con una masa de 2,7 toneladas. Estaba recubierto con un sofisticado escudo térmico para soportar holgadamente las elevadas temperaturas de fricción atmosférica y su forma ligeramente cóncava aseguraba una reentrada con control aerodinámico. Además los soviéticos habían ideado una maniobra amortiguadora que consistía en hacer "rebotar" la nave sobre la atmósfera, siguiendo un curso ondulatorio de penetración y salida de su capa más exterior. Con ello se evitaban las grandes desaceleraciones, se re-ducía la velocidad de llegada, y permitía redirigir con precisión la trayectoria y el punto de destino final de la cápsula.

Los módulos central y anterior constituían de hecho el habitáculo de la nave concebido para hasta tres tripulantes; en total, el volumen se acercaba a los 9 metros cúbicos (los esforzados cosmonautas debían de estar acostumbrados a los apretujones del metro de Moscú). En su interior quedaban dispuestos los paneles de control, el control del sistema de re-entrada, el equipo de radio, el sistema para accionar el paracaídas, y otras instalaciones. En las paredes laterales había dos ventanillas circulares; la visión hacia adelante quedaba bloqueada y debía efectuarse a través de un periscopio en la parte inferior de la cabina.

El módulo anterior u orbital era esfé-rico, con un diámetro de 2,25 m. y una masa de 1 tonelada; en algunas misiones incorporaba un módulo de acoplamiento, con un diámetro de 1,7 m. y una masa de 325 kg. En esta sección, que proporcionaba espacio adicional, se almacenaba co-mida, provisiones y demás utillaje para la supervivencia y el trabajo de a bordo; servía, así, de dormitorio y de laboratorio. La masa total de la nave nunca alcanzaba más de 6,646 kg. Para las maniobras de precisión y de control de actitud, la nave disponía de una serie de pequeños propulsores de peróxido de hidrógeno, 18 con un empuje de 10 kg. y 12 de 1 kg, montados en la parte delantera y trasera de la nave, y orientados en distintas direcciones.

En el módulo de descenso los cosmonautas no podían vestir trajes espaciales sino trajes de vuelo de tela. Una vez en el espacio, podían abandonar su asiento e instalarse en el módulo orbital. Este módulo podía despresurizarse, por lo que se utilizaba como cámara de presión intermedia para salir al exterior de la nave. Como que su diseño estaba orientado hacia una futura misión de alunizaje, aunque se hubiera previsto un dispositivo para el ensamblaje de naves, carecían en cambio de escotilla de conexión, por lo que un eventual intercambio de tripulación no podía efectuarse directamente de nave a nave, sino a través de paseos espaciales (que en la jerga del espacio se conoce como EVA o "actividad extra-vehicular").

Al concluir el vuelo, la tripulación se instalaba en el módulo de descenso (la única parte que se recuperaba de la nave, y que podía reciclarse para posteriores usos), separándose del resto de los componentes. Un único gran paracaídas aminoraba la velocidad de caída. Justo antes de llegar al suelo, el escudo térmico se desprendía y, a dos m. de altitud, la ignición de cuatro cohetes de combustible sólido amortiguaba la velocidad hasta los 2-3 m/s., suavizando el impacto. La fase de reingreso se controlaba ajustando la dirección de la fuerza de ascensión (la fuerza aerodinámica que actúa perpendicularmente a la trayectoria de vuelo sobre el vehículo espacial cuando éste desciende sobre una atmósfera), de forma que la desaceleración se reducía a 3-4 g. Esta técnica añadía también mayor exactitud en el aterrizaje.

El sistema de control de vuelo y de actitud proporcionaba a la nave orientación precisa en el espacio, estabilidad en los períodos de propulsión, aproximación a otra nave y maniobras en formación. Podía manejarse en modo manual o automatizado (llamado familiarmente SAU o Sistema Automaticheskogo Upravleniya, una especie de piloto automático de la astronavegación). El equipo de radio determinaba los parámetros orbitales, recibía órdenes de la Tierra, y garantizaba comunicaciones en doble sentido. La nave también transmitía datos telemétricos e imágenes de televisión estándar mediante cuatro cámaras instaladas en el exterior.

Hasta la primavera de 1961, año en que Kennedy lanzó su reto lunar, los soviéticos habían sido los indiscutibles reyes del mambo del espacio. Sin embargo, durante los años 60, una serie de accidentes y fallos técnicos en los lanzamientos de las naves inclinaron la balanza en favor de los Estados Unidos. Pero fue sin duda la postura de Kruschev, infravalorando los esfuerzos de contraataque norteamericano, lo que determinó el resultado final. Valentin P. Glushko, uno de los mejores diseñadores de motores para cohetes, asesoró al líder soviético y le transmitió su escepticismo respecto al plan de Wernher von Braun para llegar a la Luna. Von Braun barajaba en aquel entonces la posibilidad de una ruta EAR y para ello necesitaba un mínimo de quince lanzamientos de componentes individuales. La NASA ni siquiera disponía de un cohete propulsor de una potencia similar a la del A-2, por lo que Kruschev concluyó que la exhortación de Kennedy era una pura bravuconada propagandística.

Glushko, además, intentó vender a Krushev su propio plan: la construcción de un cohete gigante quince veces mayor que el A-2, que permitiese la ascensión directa. Este plan quedó relegado hasta que Glushko, un personaje de una soberbia inusitada, llegó a ocupar el puesto de Korolev en 1974. La decadencia del programa espacial soviético no se entiende sin conocer otros factores de su sistema rector, el Complejo Militar-Industrial, que fue en todo momento un campo de batalla entre lobbies (se podría hablar de verdaderas mafias), compuestos por grupos de tecnócratas, industriales, apparatchiks y políticos, favorecidos por hombres clave en la cúpula del poder político-militar, enfrentados en una guerra de señores feudales. En el fondo, la confrontación de proyectos en base a diferencias tecnológicas y logísticas no disimulaba un conflicto de intereses económicos: la verdadera disputa era por jugosos contratos. El despilfarro cometido por el erario público no ha sido aún cuantificado y las decisiones tomadas a veces caprichosamente para beneficiar a tal o cual proyecto, independientemente de su viabilidad, contribuirían también a minar el programa lunar de la URSS.

Breznev, llegado al poder en Moscú en 1964, conocía los avances realizados por los norteamericanos con las naves Ge-minis y no quería tirar por la borda todo el prestigio logrado hasta la fecha. Fue en ese momento cuando Korolev propuso, para ir haciendo boca, la realización del primer paseo espacial, con el que empíricamente se contaba pero que nunca había sido llevado a la práctica todavía. Así, y tras no pocos problemas, el 18 de marzo de 1965 el cosmonauta Leonov salía al espacio y efectuaba la primera EVA de la historia. Pero al paseo espacial de Leonov siguieron una retahíla de éxitos norteamericanos con la nave Geminis, a lo que se añadió el 14 de enero de 1966 la muerte de Korolev, a los 59 años, víctima de un tumor maligno. El Politburó, en una decisión desafortunada, situó en su lugar a Vasili Mishin, cuya primera acción fue retrasar el lanzamiento del primer vuelo circunlunar hasta 1968, para poder superar las dificultades técnicas.

Bajo la batuta de Mishin, el programa lunar quedaba definitivamente configurado a finales de 1966: por un lado, el vuelo de circunvalación lunar; por otro, la mi-sión de alunizaje, mucho más compleja. Como en el caso norteamericano, todo dependía del gran cohete lanzador. Mishin decidió usar una versión mejorada del cohete usado durante los vuelos Voskhod, para lanzar los primeros ejemplares de las naves L-1 y L-2. El primer ejemplar de cosmonave L-1 fue lanzado el 28 de noviembre de 1966, recibiendo el enigmático nombre de Kosmos 133. Recu-perada la cápsula, se vio que sería preciso rediseñar el escudo protector antes de tripularla.

Mishin se descorazonó justificadamente. Los estadounidenses se disponían a lanzar, por su parte, una primera misión tripulada a bordo del cohete Saturno. Pero los días previos a este vuelo acabarían en tragedia, con la muerte de los tres futuros tripulantes del Apolo 1, Grissom, White y Chaffee, en enero de 1967, en una explosión accidental durante un entrenamiento. El desastre, un injusto bálsamo para las esperanzas soviéticas, retrasaría dos años la nave Apolo. A su vez, las esperanzas de lograr un vuelo circunlunar en octubre de 1967 se disiparon pronto. Las primeras misiones L-1 soviéticas no tripuladas también fracasaron. A Mishin le estallaron uno tras otro tres cohetes (Kosmos 133, Kos-mos 140A y Kosmos 140) en la rampa de lanzamiento. Estos fracasos, unidos a su ostentosa afición al vodka, erosionarían paulatinamente su autoridad.

Pero los políticos poco sabían de fallos en el diseño de las naves. Breznev y Ustinov, secretario del Comité Central del PCUS y posteriormente ministro de Defensa, ordenarían la realización de una misión que superara de una sola vez todos los logros realizados por el programa Geminis. La misión consistiría en el acoplamiento en órbita de dos naves Soyuz y la transferencia entre ellas de parte de la tripulación mediante un paseo espacial. Se buscó a los más experimentados cosmonautas para esta arriesgada misión. Komarov viajaría en el Soyuz 1, mientras que Bykovsky, Yeliseyev y Khrunov lo harían un día después en el Soyuz 2. Efectuado el acoplamiento, Yeliseyev y Khrunov realizarían un paseo espacial para reunirse con Komarov y regresar con él a la Tierra. Esta misión no sólo pondría en evidencia la superioridad de la tecnología soviética, comparada a lo que había ocurrido en América con el incendio del Apolo 1, sino que probaría varios elementos clave de la planeada misión de alunizaje (primer rendez-vous orbital con acoplamiento, primera transferencia de tripulación por vía de paseo espacial).

Pronto se demostraría que la necesidad imperiosa de adelantarse a los norteamericanos llevaba a apresurar imprudentemente las misiones. El Soyuz 1, la primera nave Soyuz tripulada, fue lanzado el 23 de abril de 1967. Inmediatamente después de haberse insertado en la órbita, los problemas empezaron. Uno de los paneles solares no se desplegó y permaneció envolviendo el módulo de servicio. Aunque este fallo reducía a la mitad la energía solar prevista, se hizo un intento de maniobrar la nave. Pero Komarov sufría también dificultades con los motores de orientación. El problema era debido a la interferencia del escape del sistema de control de reacción, con los sensores de flujo de iones, que eran uno de los principales métodos de orientación de los Soyuz. Se decidió entonces cancelar el lanzamiento del Soyuz 2 y hacer regresar a Komarov. El primer intento de hacer la ignifición de los retrocohetes falló porque los sistemas automáticos de la nave no se pudieron orientar correctamente a causa de que en el momento de la maniobra el aparato estaba atravesando un "bolsillo de iones" (un área de baja densidad donde los sensores no pueden detectar la dirección de movimiento del aparato con seguridad). Para iniciar la maniobra de regreso y reentrada, Komarov debía encender un retrocohete con la nave orientada correctamente. Se consideró necesario entonces proceder a retroignición manual en la siguiente órbita. Puesto que la maniobra estaría ocurriendo en la cara nocturna de la Tierra, Komarov no podría utilizar el mecanismo de alineación óptica Vzor para orientar el aparato para la retroignición. Komorov se apresuró a improvisar entonces un sencillo pero práctico método de alineamiento mirando la Luna a través del periscopio, anticipando varios años el método manual usado en la aventura del Apolo 13.

 

Desde el centro de seguimiento pintaban bastos. Belyayev aseguró personalmente a Ustinov, para tranquilizarlo, que el sistema podía funcionar, basándose en su experiencia a bordo del Voskhod 2. Komarov realizó la retroignición manual usando este método, pero la falta de combustible le impedía controlar la dirección de la cápsula durante el descenso. Para intentar estabilizarla, decidió hacerla girar sobre su eje longitudinal, pero luego no pudo detener el ritmo de giro de la cápsula. En el momento de eyectar el paracaídas, un nuevo infortunio, un fallo en un sensor de presión impidió que el paracaídas principal se desplegase. Komarov accionó entonces el paracaídas de emergencia, pero los cordajes se enredaron trágicamente con los del paracaídas principal. El módulo se estrelló a más de 500 km/h. en un campo cerca de Orenburg, en los Urales, a las 7 a.m.

El comandante de la fuerza aérea local notificó al centro de control el trágico fin del cosmonauta. Ustinov fue informado por el General Kamanin a las 11 a.m. de que Komarov había muerto. A las 12 del mediodía, Ustinov telefoneó a Breznev, entonces en Checoslovaquia intentando solucionar por vía diplomática lo que luego resolvería expeditivamente con los tanques. El mundo fue informado por la agencia Tass siete horas más tarde. Las cenizas de Komarov fueron enterradas en el muro del Kremlin en una ceremonia multitudinaria. Hay historias de quienes trabajaban en los servicios de escucha estadounidenses en Turquía, que dicen que Komarov estaba enfurecido con su trasto de nave y que no cesaba de maldecir a quienes le embarcaron en aquel gafado artefacto. Por parte rusa hay rumores que sostienen que la zona de impacto no fue debidamente limpiada por los equipos de rescate y un grupo de Pioneros(1) encontró restos de Komarov, dándoles allí un segundo lugar de enterramiento.

Las autoridades soviéticas acusaron nerviosamente el golpe ya que retrasaba sus aspiraciones a una rápida conquista de la Luna. Como primera medida, optaron por negar sistemáticamente que el país estuviera inmerso en un programa lunar (luego alegarían que se trataba de un despilfarro descomunal, por lo que era preferible enviar pequeñas sondas no tripuladas). Y para más inri, Gagarin, que se había entrenado como "sombra" (cosmonauta suplente) en la misión de Komarov, falleció en un accidente junto a su instructor, pilotando un Mig-15 biplaza, el 27 marzo de 1968, en un vuelo de entrenamiento rutinario. El fatal desenlace de este otro "héroe de la URSS" continúa plagado de interrogantes. En Moscú circula todavía hoy el rumor de que, en realidad, Gagarin no murió sino que fue "retirado" a un asilo psiquiátrico para así atajar su pujante popularidad y el consiguiente ascenso a la cúpula del PCUS. En cualquier caso, su desaparición frustraba las expectativas de los dirigentes del complejo espacial, que ya daban por hecho que aquel risueño provinciano que encarnaba las virtudes del pueblo soviético, se convertiría en el primer embajador humano en la Luna. Sin Gagarin ni Korolev, se había perdido una gran parte del espíritu impulsor de todo el programa soviético durante los años pioneros. Terminaba una página gloriosa de la cosmonáutica y se abría un nuevo pero incierto futuro.

(1) Estadio previo, para los adolescentes, a la obligada afiliación al Konsomol (de 14 a 28 años) y luego al Partido Comunista. (Nota del trad.)


VIAJE A NUNCA JAMAS

Michael Arena

   

En un frío anochecer de invierno, a finales de 1967, dos limusinas negras Zil atravesaban la Plaza Roja de Moscú. En el primer automóvil viajaban un grupo de veteranos cosmonautas: Andrian Niko-layev y su esposa Valentina Tereshkova, Aleksei Leonov, Vladimir Kornieyev y Georgi Beregovoi. Detrás suyo, en la segunda Zil, se encontraban los dos más altos dignatarios de la jerarquía soviética, el presidente Leonid Brezhnev y el primer ministro Aleksei Kosygin. Al cruzar las puertas del Kremlin camino de una recepción, la comitiva aminoró la marcha. De repente un hombre vistiendo el uniforme oscuro de la policía surgió de la sombra. Empuñaba una pistola automática en cada mano y, con un fiero fulgor en los ojos, empezó a acribillar el primer coche. Las balas fulminaron al conductor e hirieron a Kornieyev. Aquel hombre, preso de un estado de enajenación (luego se supo que se debía a su reclutamiento forzoso), se confundió de limusina y creía estar atentando contra los dos mandatarios. Vaciados sus cargadores, fue a su vez alcanzado por los disparos de la escolta. El episodio tuvo dos repercusiones inmediatas: el cese del responsable de los servicios de seguridad por su incompetencia manifiesta y la entrada en escena de Ivan Istochnikov, "sombra" hasta entonces de Kornieyev que, a causa de su herida, quedaba descartado para pilotar el Soyuz 2, es decir, el que debía ser el siguiente vuelo tripulado soviético despúes del descalabro del Soyuz 1.

Ustinov quería sacarse esa espina clavada y había ordenado los preparativos para un nuevo vuelo tripulado del programa Soyuz. Mishin no volvería a cometer los mismos errores que provocaron la muerte de Komarov. El acoplamiento de los Soyuz en órbita se efectuaría primero con naves automatizadas y, una vez verificado el buen resultado, se procedería con naves tripuladas. En octubre de 1967 el Kosmos 186 y el Kosmos 188 se acoplaron con éxito. Idéntico resultado satisfactorio se logró con el Kosmos 212 y el Kosmos 213, lanzados el 14 y el 15 de abril. La dirección del proyecto podía acariciar ahora la idea de un vuelo circunlunar a mediados de 1968 y un alunizaje hacia 1970.

No obstante, pocos días antes, se había lanzado el Apolo 6, el primero en valerse del Saturno 5 como cohete lanzador. Estados Unidos se encontraba ya claramente más avanzado y preparaba su primer vuelo tripulado Apolo. Mishin recibía fuertes presiones de las altas esferas: había que acelerar el proyecto circunlunar. La CIA había averiguado que el destino de la futura Zond 5 ya sería la Luna. Notificado a mediados de julio, el presidente Johnson urgió a la NASA a preparar alguna réplica que pudiese anticiparse a la eventualidad de que una nave soviética efectuara la circunvalación lunar antes que EEUU. De hecho, la NASA aún no había realizado ningún vuelo tripulado a bordo de la nave Apolo, pero, como las noticias procedentes de la URSS eran apremiantes, aceptó modificar su plan de vuelos para 1968: si la misión Apolo 7 se desarrollaba con normalidad, el Apolo 8 viajaría ya hacia la Luna.

Sin embargo, la pretensión comportaba serios riesgos. Sería el primer Saturno 5 tripulado y, además, el módulo lunar no se hallaba aún listo. Por ello, la misión, comandada por Borman, se limitaría a rodear la Luna y a obtener una órbita estable (algo que los soviéticos no podrían hacer nunca con su L-1). Las sospechas de la CIA se demostraron fundadas: el 14 de septiembre de 1968, se lanzaba al espacio la Zond 5, que se convertiría en la primera nave terrestre que realizó una circunvalación lunar y fue luego recuperada. Pero de nuevo un fallo en el sistema de orientación hizo que la reentrada en la atmósfera resultara bastante accidentada. La cápsula de descenso cayó en el Océ-ano Índico, lejos del lugar previsto, después de un descenso durante el cual se alcanzaron grandes desaceleraciones y temperaturas de 13.000 grados centígrados, algo que una tripulación humana jamás hubiera sido capaz de resistir.

Los próximos meses serían muy intensos, con un ritmo de trabajo cada vez más vertiginoso. El lanzamiento del Apolo 7 y sus ocupantes finalizó con total fortuna (11-22 de octubre). Para contrarrestar el impacto de este éxito, los soviéticos habían imaginado una misión muy efectista. Para empezar repetirían el ensayo de Komarov, lo cual ya conllevaba un cierto morbo, y superarían los errores de aquella misión logrando un ensamblaje entre dos Soyuz. Pero esto ya se había conseguido con los Kosmos, por lo que había que incorporar ingredientes adicionales. La Academia de Ciencias y el factótum de su Presidium, Mstislav Keldysh, sugirieron la solución. El Soyuz 2, como novedad, llevaría a bordo una tripulación mixta compuesta por un cosmonauta y un perro. Este perro protagonizaría el primer paseo espacial de un animal, y regresaría en el Soyuz 3, estableciendo así dos nuevos récords (convivencia humana-zoológica y EVA realizado por un animal). Además, dada la vigencia adquirida por el asteroide Kadok, se lanzaría desde la órbita una sonda "suicida" que se posaría en su superficie y transmitiría imágenes y datos sobre la composición de su suelo. Ambos cometidos eran perfectamente prescindibles, pero proporcionaban la coartada científica adecuada a la misión conjunta de los Soyuz 2 y Soyuz 3.

Korneyev fue elegido piloto del Soyuz 2 y Beregovoi, del Soyuz 3. Como "sombras" tenían, respectivamente, a Istoch-nikov y a Shatalov. Además dispusieron de una segunda "sombra" pivote, Volynov, quien después del atentado del Kremlin se concentró en el plan de trabajo de Istoch-nikov. Todos ellos pasason por un arduo período de entrenamiento que se iba in-tensificando a medida que se acercaba la fecha del lanzamiento. En el pabellón del simulador de vuelo se repitió hasta la saciedad la maniobra de acoplamiento en todas las condiciones y percances imaginables. En la piscina, el cosmonauta preparaba los fatigosos movimientos que luego debería hacer en el vacío absoluto.

Se eligió además a la perra que debía embarcarse en la nave y se hicieron pruebas en la cámara de ingravidez. Normal-mente los animales en vuelo eran alimentados por medio de un tubo que introducía el agua y los nutrientes directamente en el estómago. Pero para que el perro se moviera con libertad y pudiese realizar una EVA, necesitaba poder comer y defecar por el sistema habitual. Cualquier anomalía, por ejemplo, la simple persistencia de una vibración no prevista, podía causar una sobreexcitación al animal y dar al traste con la misión.

Y llegó el día D: todo el teatro para la culminación del clímax había sido ya ejecutado. La hora prevista para el lanzamiento era las 19:00 p.m. de un oscuro y frío atardecer en Baykonur (17:00 en Moscú y 14:00 GMT). El día anterior los depósitos habían sido preparados para su habituallamiento. Seis horas antes, se instalaron las baterías en los cohetes y un poco después se llenaron los depósitos con oxígeno líquido. A pesar de recibir la visita de familiares, a los cosmonautas no se les había permitido tener ningún contacto físico con ellos, ni lógicamente dormir con sus mujeres la noche antes, para erradicar cualquier posibilidad de contagio.  

El servicio epidemiológico les obligaba a un extremado aislamiento y sólo unos pocos especialistas que pasaron una cuarentena tenían permiso para ayudarles en labores como vestirse el traje espacial. Todavía en la residencia del cosmódromo, en Leninsk, los doctores hicieron un último reconocimiento; diez días antes habían detectado una infección de estafilococos dorados en las paredes de las cavidades bucal y nasal de Ivan, pero comprobaron que había remitido completamente. En ese momento, su pulso era de 66, la presión sanguínea sistólica era de 100 y la diastólica de 75; la temperatura, 36,2 grados. Subieron a un autobús que les esperaba cerca de la puerta del MIK y recorrieron unos pocos kilómetros de la estepa de Karaganda. El grupo de personalidades que debía presenciar el lanzamiento estaba aguardando. Irina también se encontraba allí, con los ojos vidriosos y una sonrisa forzada que no disimulaba su inquietud. La procesión iba por dentro.

Ivan se separó de su "sombra"; pensó que era una especie de desgajamiento metafísico. A partir de este momento estaría él solo, tan solo que hasta la sombra le abandonaba. Se operaba además una metamorfosis que lo convertía en una especie de cyborg, cuya vitalidad sería regida por microcircuitos, sensores y ondas electromagnéticas. La mecánica de la nave constituiría una prótesis, una extensión tecnológica de sí mismo, con poderes tanto en la Tierra como en el cielo. Eran las 16:30. Se sentía pletórico. Saludó por última vez y algunos destellos de flash lo cegaron. Luego el ascensor de la torreta le llevó hasta la cúspide del cohete. Se introdujo en la cápsula a través de la escotilla del módulo orbital y se instaló en el módulo de comando. En las dos horas y media que faltaban para el despegue solía radiarse música para que el cosmonauta se relajase. Ivan había escogido algunos discos con esmero, y no faltaba el de melodías tradicionales que Yuri Gagarin, muy poco antes de su accidente, le regaló en el Día de las Fuerzas Armadas, el 23 de febrero de 1968 (vigilia además de su cumpleaños). Kloka se hallaba también en su compartimiento; la habían sedado y el efecto duraría toda la fase de lanzamiento. Realizó algunas comprobaciones rutinarias y luego palpó su bolsillo para notar el bulto de su diminuto ajedrez plegable. Seguidamente tomó su cuaderno de notas y empezó a escribir sus impresiones. Durante tres o cuatro días ese cuaderno sería su diario de a bordo.

La secuencia de su vida pasó por su mente como una proyección que ralentizaba en los fotogramas más importantes. Sopesó sus anhelos y sus desengaños, y resolvió que habían valido la pena. Recordó también un poema de Ievtuchenko que Irina le pasaba por las narices cada vez que el glorioso cosmonauta tenía un pronto y se le subían los humos:

No existen hombres poco interesantes.
Sus destinos son como historias de planetas.
Cada uno es único, solo, él solo,
no hay nadie más que se le parezca.

Y si alguien ha vivido en silencio,
feliz en su rincón,
su misma insignificancia
lo ha hecho interesante.

Cada uno tiene un mundo secreto, bien suyo,
en el que se esconde el mejor instante,
donde se esconde la hora más terrible.
Pero nosotros no sabemos nada.

Y si un hombre muere,
muere también su primera nevada,
y el primer beso, y el primer combate...
Todo se lo lleva.

Sí, quedan libros y puentes,
máquinas y telas de pintor,
sí, muchas cosas han de permanecer,
pero hay algo que huye.

Ésta es la ley de este juego sin piedad.
Desaparecen mundos, no personas.
A los hombres, pecadores y terrenales, los recordamos,
pero, en realidad, ¿qué sabíamos de ellos?

Ivan pensó también, a pesar de tratar pronto de tú a la inmensidad del firmamento, en su propio destino como historia de planeta, y en su vida en silencio, y en su mundo secreto muy suyo, y en su mejor instante, y en su hora más terrible, y en su primera nevada, y en su primer beso, y en su primer combate. Se sobrecogió con estos pensamientos, mientras garabateaba en el cuaderno. A su espíritu le repugnaba sentirse en manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no estaban presididas por ningún dios. Una parte de su vida insignificante había transcurrido buscando las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. La impotencia para descubrirlas le llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darle (él era un soñador y no un racionalista como su padre). Cuando los cálculos complicados resultaban falsos, o dudosos, era excusable volverse hacia el lejano contrapeso de los astros.

Pronto abandonaría un mundo extraño. Un mundo que mezclaba aleatoriamente felicidad y sufrimiento. Estaba siendo un año movido. En los países occidentales los estudiantes habían iniciado su revuelta, la Primavera de Praga había sido aplastada, el napalm seguía cayendo sobre las aldeas vietnamitas, Latinoamérica veía sucederse los golpes de estado, en Irlanda del Norte se desataba la violencia más intensa de su historia, los magnicidios (Robert Kennedy y Martin Luther King) proseguían en los Estados Unidos ¿Cómo encontraría este mundo a su regreso?

A falta de cinco minutos para el despegue todos los sistemas de control de la nave se activaron cortando sus ensoñaciones. En la sala de control del búnker de lanzamiento, el primer asistente de Mishin insertó la llave de lanzamiento en su contacto. Todo estaba listo. A dos minutos y medio del momento final empezó la presurización de los tanques de propelente. A un minuto, una de las dos torretas umbilicales se separó. Cuarenta y cinco segundos más tarde, lo hizo la segunda. Seguía la cuenta atrás. Diez segundos: la turbobomba del motor alcanza velocidad de vuelo. Cinco segundos: los propulsores de la primera fase, a máxima potencia. Cero: la torre de combustible se separa. Des-pegue. Un minuto después el cohete tiene una velocidad de ascenso de 500 metros por segundo. A los dos minutos, de 1.500 metros por segundo. Los cuatro propulsores de la base se desprenden. A los tres minutos el cohete deja la atmósfera; la torreta de escape y las cubiertas de lanzamiento son eyectadas. Los tres módulos del Soyuz quedan a la intemperie en la cúspide del cohete. A los cinco minutos el cohete central se desprende, después de colocar a Istochnikov a 170 km. de altitud. Ignición de la tercera fase. A los siete minutos la velocidad es de 6.000 metros por segundo. A los nueve minutos, la tercera fase se corta. El Soyuz se separa y se posiciona en la órbita. Las antenas y los paneles solares se despliegan.

Istichnikov se situó en una elíptica cuyo perigeo era de 180 km. y su apogeo de 215 km.; el período orbital, de 88,5 minutos. Poco antes de sobrevolar Baykonur, en la decimosegunda órbita, a las 12:33 p.m. (7:33 GMT) fue lanzado el Soyuz 3, que realizó un ascenso directo de encuentro. Beregovoi se acercó a Istochnikov en su primera órbita, sirviéndose de un sistema automático para maniobrar a una distancia 180 metros o menos. Las naves estuvieron volando en mantenimiento de formación, llegando a estar sólo separadas por unos pocos metros. Durante la fase de "captura" se estableció contacto por radar entre los dos vehículos; los ordenadores de a bordo detectaban distancia, velocidad relativa, velocidad angular, y ángulo relativo del vehículo, e iban informando de las posiciones exactas, lo cual era vital si se tiene en cuenta su elevada velocidad de casi 8 km/seg.

En la fase de amarraje, que precedía al ensamblaje final, Beregovoi actuó como nave activa e Istochnikov como nave pasiva. A pesar de que Beregovoi llevaba el peso de la maniobra, Istochnikov debía hacer una leve corrección de actitud para reorientar el vehículo alineándose en el mismo eje del Soyuz 3. Pero fatalmente algo funcionó mal. El procesamiento erróneo de una información del radar o la contaminación del ordenador por una señal de interferencia activaron uno de los cohetes del Soyuz 2, que ascendió disparado a una órbita superior. Cuando Istochnikov pudo estabilizar la nave de nuevo, había perdido contacto con Beregovoi y era preciso recalcular las correcciones de órbita para un próximo rendez-vous.

A partir de este instante no se sabe qué sucedió con exactitud. El doble sistema bidireccional de radiotransmisiones falló e Istochnikov terminó por quedar incomunicado. Al cabo de horas, el Soyuz 3 pudo ejecutar una transferencia de Hohmann para acceder a la nueva órbita de aparcamiento del Soyuz 2. Las dos naves volvieron a encontrarse el 27 de octubre, pero Istochnkov y Kloka habían desaparecido sin dejar rastro.

 


INDICIOS DEL INCONSCIENTE

Piotr Muraveinik

Ivan Istochnikov llevaba a bordo un cuaderno en el que hizo anotaciones diversas de tipo personal y trazó algunos dibujos esquemáticos. Para las diligencias del caso los investigadores repararon en un fragmento donde fragmentariamente se narraba el desarrollo de un sueño. El diario de a bordo constituía la prueba A-68/Soyuz 3/7821 del sumario. Se transcriben los párrafos donde se hace referencia a este episodio onírico.

"He tenido unos momentos de somnolencia y mi mente ha vivido una extraña pesadilla. La anoto antes de que la concentración en mis trabajos de vuelo me haga olvidar sus detalles:

El guerrero respiraba con dificultad y hablaba con voz entrecortada:

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos D brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

Era un gigante pero cabía en la cápsula. No sé cómo había penetrado, ni cómo yo podía sobrevivir. Su fuerza era tan podersosa como su belleza.

"Intentaste violar a Artemis, pero la diosa te castigó enviándote un escorpión. ¿Sientes todavía la picadura en el talón?"

Tanto el animal como el gigante fueron transformados en constelaciones. Por eso Orión huye eternamente de Escorpión. Las paredes de la cápsula se habían vuelto blandas y pegajosas. Ahora flotábamos en el vacío, sólo unidos por nuestro ectoplasma.

"Irina me ha pedido que te ayude. El rumbo no está definitivamente errado. Selene está asustada y tratará de interponer su poder. Cuidate de naufragar contra sus rocas volantes. Cuidate de los profundos cráteres de Kadok."

De sus manos salió una paloma blanca que aleteó vigorosamente mientras se alejaba hacia septentrión, pero con coordenadas de vuelo indefinidas. Kloka ladró dos veces mientras miraba en esa dirección."

Este texto y los dibujos que lo acompañaban fueron elevados a examen del psiquiatra forense, Dr. Yevgueni Sheindlin, que improvisó un breve diagnóstico.

"Desdoblamiento de la personalidad de signo regresivo (sexualidad primaria) y posible estado alucinatorio de origen edípico. Cuadro esquizo-paranoide, con sentimientos de despersonalización antropomórfica, de carácter paranoico, y mesianismo cósmico."

La nota del Dr. Sheindlin no fue tomada en consideración por los investigadores, pero cayó como un jarro de agua fría sobre el equipo médico del Dr. Volovich. El estado mental de un cosmonauta soviético no podía ser puesto en duda. El Dr. Sheindlin fue desautorizado y, además, en su ficha encontraron algún matiz en torno al Artículo Cinco (eso significaba "de origen judío"). Fue un duro golpe. Asisitiendo con la delegación soviética al Congreso Internacional de Icarofobia de Los Angeles, huyó y pidió asilo político. Hoy tiene un consultorio de éxito en Beverly Hills.

 



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