Textos del catálogo SPUTNIKEnglish Version |
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ÍNDICE@ PRESENTACIÓN @ A MODO DE INTRODUCCIÓN @ TRAS LA PISTA DE IVAN ISTOCHNIKOV @ EPISODIOS DE UNA VIDA LIBRADA AL COSMOS @ EL IMPERIO CONTRATACA @ VIAJE A NUNCA JAMÁS @ INDICIOS DEL INCONSCIENTE @ LA COSMOPERRA @ EL ENIGMA DEL METEORITO @ ANÁLISIS DEL ASTEROIDE |
TODO ES FICCIÓN - TODO ES FiCCIÓN- TODO ES FiCCIÓN |
PRESENTACIÓNL. Ishi-Kawa
Pero si les decís "El planeta de donde venís es el asteroide B612", entonces quedarán convencidos y os dejarán en paz con sus preguntas. Son así. Y no hay que guardarles rencor. Los niños tienen que ser muy indulgentes con los mayores. El Principito, Antoine de Saint-Exupéry |
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Después de tantos años de testimonios fidedignos de la presencia humana en el espacio curioso nombre: el espacio siguen mezclándose en la mente los sueños y aquello que, necesitados de referencias estáticas para movernos, hemos dado en llamar realidad. Algunos de estos sueños son los que Ernest Bloch, en El principio esperanza, llama "sueños diurnos". Poseen éstos una naturaleza anticipadora, proyectiva, creadora que los diferencia claramente sostiene Bloch frente a Freud de los sueños nocturnos, por la libertad, la identidad y la proyección de futuro de que disfruta el sujeto durante aquellos. Indudablemente, ha habido muchas personas antes que nosotros, que han ido, a lo largo del tiempo, proyectando sus "sueños diurnos" creadores de nuevas realidades; que han ido insistiendo, relevándose, efectuando ajustes y correcciones de sueños, hasta convencer e involucrar a aquellos que pudieran darles la forma material necesaria para desanclar a unos pocos seres humanos de su hasta ahora hábitat natural, permitiéndoles salir (con vida y por un tiempo al menos) fuera de su atmósfera, abriendo nuevos territorios a nuevos sueños diurnos. También ha habido, y hay, gente que, olvidándose de los muchos y lúcidos sueños creadores que hay en el origen de nuestro mejor presente, intentan monopolizar la realidad, establecer su correcto modo, su existencia oficial. De una u otra forma, esta exposición es, entre otras cosas, un pacífico y algo equívoco aviso contra los peligros del establecimiento formal de una correcta realidad. Ivan Istochnikov, el protagonista de esta muestra, es un personaje como salido de una leyenda. Un ser ignorado que, de pronto, al conjuro de pruebas tangibles y datos reveladores, se hace visible. Un pequeño Orfeo rescatado a su vez de los infiernos de la "Razón de Estado" cuya peripecia nos conmueve y nos intriga. Un fantasma recuperado que ya no respira, ni emite calor, salvo aquel que le presta nuestra mente mientras contemplamos las imágenes que nos recrean su infancia, su trayectoria, su viaje. La Fundación Sputnik, a cuyos responsables, la Fundación Arte y Tecnología agradece sus admirables esfuerzos investigadores y su actitud de colaboración, es una de esas instituciones necesarias y escasas para que la historia de cualquier país, de vez en cuando, verifique sus datos y advierta hasta qué punto pudieron ser manipulados. Porque hay un margen tan pequeño entre la verdad y la apariencia de verdad que permite a los escépticos (y a los ventajistas) creer que, en el mejor de los casos, no es posible descubrirla, y en el peor, no existe. Pero no es cierto. Sólo hay que usar el sentido adecuado para percibirla. O, dicho también con palabras de Saint-Exupéry: "Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos." |
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A MODO DE INTRODUCCIÓNOlga Kondakova
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Más allá del pequeño paso que esto supone y de la modesta envergadura de esta exposición, esperamos que nuestra colaboración pionera con la Fundación Arte y Tecnología sirva de puente y abra camino al mutuo conocimiento entre los pueblos de dos países que justamente marcan los límites de Europa a Oriente y Occidente. Los avatares políticos durante dos tercios de este siglo han mantenido a España y Rusia en posiciones ideológicas de signo contrapuesto y, en ambos casos, los ciudadanos han sufrido los rigores de gobiernos totalitarios. Pero también en ambos casos podemos vislumbrar la entrada en el nuevo siglo en unas condiciones mucho más esperanzadoras. La democracia española se encuentra ya plenamente consolidada; nuestro gobierno reformista, en cambio, debe todavía superar muchas dificultades y por este motivo el fortalecimiento de los lazos internacionales constituye para todos los demócratas rusos una labor prioritaria. Es imprescindible que los avances logrados en pos de la paz, la libertad y la justicia resulten ya irreversibles. "Todos podemos aprender de todos" auguraba el poeta Ievtuchenko. Nuestras universidades y centros de investigación están abiertos a los estudiantes de otros países deseosos de compartir su esfuerzo y su talento. En justa reciprocidad, nosotros aspiramos a poder enviar a algunos de nuestros jóvenes más cualificados al extranjero, para que así puedan formarse en los centros especializados más avanzados en materias poco implantadas en Rusia. En el terreno de la música, de la danza, de la literatura, de la pintura o del cine, un conocimiento más profundo, tanto de los clásicos, como de los creadores emergentes de ambos países, supondrá, sin lugar a dudas, un enriquecimiento espiritual y favorecerá el conocimiento recíproco de maneras de ser y pensar de unos y otros. Se impone, pues, un flujo de colaboración de doble sentido. La Fundación Sputnik es una entidad aún muy jóven pero que anhela erigirse en un símbolo de la nueva Rusia, de la misma manera que otras entidades análogas hacen lo propio en el campo del comercio, del deporte, de las comunicaciones, del control de los recursos naturales y la ecología, del patrimonio histórico y arquitectónico, de la divulgación de la lengua y la literatura, etc. Nuestra fundación es hija de la glasnost emprendida por Mihail Gorbachov en 1986 y nace justamente con el impulso que recibe la perestroika al año siguiente. El escalonamiento de una serie de medidas encaminadas a evidenciar el cese de la belicosa política de bloques, como la retirada definitiva de las tropas en Afganistán, las concesiones plenas a las reivindicaciones nacionales de las Repúblicas Bálticas, la reforma constitucional mediante el Tratado de la Unión, la disolución del Pacto de Varsovia, o la firma de los acuerdos de reducción de armamento nuclear START-91, debía corresponderse con otros signos de transparencia y buena voluntad. Numerosos miembros de la Academia de Ciencias presionaban asimismo para liberarse de las férreas restricciones en que se desenvolvía su trabajo y de las cortapisas para el contacto e intercambio de información con colegas extranjeros. Durante la "guerra fría", se suponía que cualquier científico soviético, sobre todo si tenía acceso a altos secretos tecnológicos, era el blanco de los servicios de espionaje de las potencias occidentales y, en consecuencia, sus movimientos debían estar vigilados por los agentes de la K.G.B. Pero con la perestroika esta situación devenía absurda. Fruto de esta misma convicción se había creado el Ins-tituto de Investigaciones Cósmicas (Institut Kosmicheskij Isledovani), cuya misión consistía en canalizar y coordinar estudios y trabajos técnicos en un ámbito global de la astronáutica, es decir, astronomía, geofísica, aeronáutica (control de vuelo y navegación espacial), telecomunicaciones, ingeniería y diseño de vehículos espaciales, de cohetes, motores de reacción y combustibles, medicina y biología en el espacio, sistemas de soporte vital, y Derecho del espacio. En los últimos años, la eficacia del I.K.I. en lo teórico y de la Glavkosmos en lo práctico, ha sido sobradamente reconocida por la comunidad científica internacional y por los profesionales de la astronáutica. Porque, a pesar de los recortes presupuestarios, el programa espacial ruso puede alardear de logros muy importantes: bastaría sólo mencionar la estación orbital MIR, un enorme laboratorio al servicio de toda la humanidad. Sin entrar en temas excesivamente especializados, se podrían añadir otros datos a modo de ilustración. Por ejemplo, es cierto que Moscú va por detrás de Washington en lo concerniente a materia de observación ópticoelectrónica, pero por el contrario le aventaja en lo tocante a técnica fotográfica de alta resolución. De ahí que parte de los fondos fotográficos del archivo del Servicio de Inteligencia Militar haya sido vendido a la CIA. Igualmente, la NASA ha adquirido la patente de los últimos modelos de trajes espaciales diseñados por la empresa Zvezda. En fin, nuestro programa de entrenamiento de cosmonautas y astronautas ha merecido fundados elogios porque aporta una formación, no sólo profunda sino también amplia y completa en lo relativo a las diferentes ramas de la astronáutica. Tanto es así que, el Centro de Preparación Yuri Gagarin en Zvezdny Gorodok (Ciudad de las Estrellas), acoge hoy a futuros cosmonautas y astronautas procedentes de todas las nacionalidades (¡incluso norteamericanos!) que han preferido las cualidades de nuestro sistema. Déjenme añadir que también en Zvezdny Gorodok se ha formado el, hasta la fecha, único cosmonauta español, Miguel López Alegría. En el seno del I.K.I., algunos pensábamos que toda la labor de investigación debía ser complementada con una acción divulgativa orientada hacia la opinión pública. Así creamos el 4 de octubre de 1987 el embrión de la Nauchno Isledova-telski Institut Sputnik (Fundación Sputnik), en conmemoración del 30º aniversario del lanzamiento del primer satélite artificial. De hecho, la formalización estatutaria y, en la práctica, la puesta en marcha efectiva de la entidad, no llegaría hasta dos años más tarde. La denominación no sólo rendía un homenaje a aquel rudimentario satélite que supuso el inicio de la carrera espacial, sino al sentido de su mismo nombre. "Sputnik" significa en ruso "compañero de viaje" y la Fundación Sputnik quería también recuperar el tono protector y educativo de quien, como un guía, nos acompaña en una travesía de descubrimiento e iniciación al cosmos. La historia de la cosmonáutica soviética, a diferencia de la estadounidense, ha estado sumida en el oscurantismo. En la antigua URSS el programa espacial quedaba englobado dentro de la estrategia militar y, por tanto, preservado en el más riguroso secreto. Las autoridades, no sólo no desvelaban públicamente sus planes ni sus actividades, sino que ocultaban celosamente toda la información que pudiese sugerir algun indicio. Sólo los eventos de mayor efecto propagandístico salían a la luz. Pero, incluso así, la información no se daba ni puntual, ni completa, por lo que los estudiosos debían someterla a una crítica de filtraje y reconstrucción cuyo resultado sólo podía ser aproximativo. No es extraño, en esas circunstancias, que los mejores especialistas, como James Oberg u Otto Zimmer, fueran extranjeros. Pero aún quedaban enormes lagunas, datos inexactos o simplemente ignorados. Esta situación también cambiaría radicalmente con el advenimiento de la perestroika. Los documentos que no comprometían la seguridad del Estado empezaron a poder ser libremente consultados y los últimos legajos fueron desclasificados a instancias de Viktor Ierin, después de su nombramiento, en julio de 1995, por el Presidente Yeltsin, como responsable de los Servicios de Seguridad y Espionaje, que sustituían a la antigua KGB. Nuestra entidad reclama ahora la custodia de la parte de los archivos que se refieren a la cosmonáutica soviética y rusa, aunque entendemos la legitimidad de las solicitudes de otras instituciones en áreas específicas, como el Museo Estatal K. E. Tsiolkovsky de Historia de la Cosmonáutica en Kaluga, el Museo-Memorial de Cosmonáutica de Moscú, la Casa de la Aviación y la Cosmonáutica de la Academia Militar de Aviación Zhukovsky, o la biblioteca y centro de documentación del Instituto Gagarin en Zvezdny Gorodok. En cualquier caso, lo que hay que evitar es que el archivo se disperse demasiado; existen en la Federación Rusa cuarenta museos dedicados a la cosmonáutica, englobados administrativamente en la AMCOS (Asociación de Museos de Cosmonáutica) cuyo presidente es el piloto-cosmonauta P. R. Popovich. Pero lo que urge atajar es que, como lamentablemente ya ha ocurrido, algunos documentos valiosos salgan del país de forma fraudulenta (los cuales, a veces, nos consta que hasta han sido vendidos con total desfachatez en subastas públicas). La riqueza y exhaustividad de estos materiales, en su mayoría inéditos, nos permite por fin ahondar de forma totalmente fiable en el conocimiento de nuestro programa espacial, incluso en sus detalles más recónditos. Tanto es así, que nuestra Fundación se ha propuesto acometer una serie de exposiciones que ayuden a difundir episodios poco conocidos o decididamente censurados de la historia de la cosmonáutica, o que pongan de relieve el papel de figuras destacadas cuya memoria ha sido poco mimada (como Korolev, Feoktistov o Keldysh) o de proyectos harto ingeniosos pero que, por razones de diversa índole, terminaron en vía muerta. En esta ocasión le toca el turno a un héroe-mártir de los viajes espaciales, Ivan Istochnikov, piloto-cosmonauta de la Soyuz 2. Su nombre no aparece en los anales de la cosmonáutica, ni en las placas recordatorias de las víctimas; su cuerpo no reposa en panteón alguno, ni sus cenizas fueron esparcidas ceremoniosamente desde los muros del Kremlin. El Coronel Istochnikov parece no haber existido nunca, como borrado de la faz de la tierra, o, mejor dicho, como si la tierra o el cosmos se lo hubiera tragado. A un enigma para el que la ciencia encontrará tarde o temprano una explicación racionalmente plausible, se superpone la descabellada voluntad de ocultar un fracaso, probablemente un accidente imprevisible, pero un fracaso al fin y al cabo. Enclavado este fracaso en una particular coyuntura política, la enfermiza mente de algunos altos funcionarios llegó a la aberrante decisión de borrar su existencia por vía de confinar a su familia, chantajear a sus compañeros y manipular los archivos. A efectos oficiales, Ivan Istochnikov no existió nunca. La realidad superaba el más delirante argumento de ciencia-ficción. Pero sí que existió: vivió, precisamente, para protagonizar una de las páginas más apasionantes y trágicas de la historia de la cosmonáutica. Este libro, y la exposición itinerante que le acompaña, quiere rehabilitar la figura del Coronel Istochnikov. Por un lado, se reclama justicia para con la memoria de un hombre que dio calladamente su vida por la pasión de llegar más lejos en la exploración de lo desconocido. Tal vez, sólo quienes hemos vivido de cerca con cosmonautas de carne y hueso, podemos hacernos una idea de la fuerza mística de esa pasión. Mi hermana es la cosmonauta Elena Kondakova, que estuvo ciento setenta días en la estación MIR y ostenta el récord femenino de permanencia en el espacio. Elena suele hablar de la pasión por el espacio como de un sentimiento tan intenso e incomprensible como el enamoramiento. El cosmos ciertamente enamora; no en balde, etimológicamente, el origen griego de la palabra se bifurca en dos acepciones: "el todo" y "la belleza". |
TRAS LA PISTA DE IVAN ISTOCHNIKOVMichael Arena |
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El azar está en el inicio de muchos descubrimientos; la inspiración también. Por eso, como decía Edison, "cuando lleguen, que nos encuentren trabajando". Trabajando y con las antenas bien orientadas, añadiría yo para adecuarlo al tiempo de los satélites y de las transmisiones hertzianas. El azar en esta historia empezó a producirse la noche del viernes 10 de diciembre de 1993. La tarde había sido apacible y me paseaba con mi mujer Sarah en las afueras de nuestro bungalow para fines de semana, en Connecticut, buscando un montículo despejado donde instalar el telescopio. Se anunciaba para dos días más tarde una lluvia de meteoros, y no queríamos perdernos el espectáculo. Previsiblemente, las Gemínidas que esperábamos tendrían un brillo medio de 2,7. Procedían de un cometa muerto, que había detectado el satélite IRAS. Al anochecer, la atmósfera seguía limpia y podía apreciarse, con nitidez, Venus entre Sabik y Antares, y Júpiter entre Sabik y Kaus Autralis. Absorta en el cielo, Sarah introdujo el pie en un pliegue del terreno y se torció el tobillo. Nada serio, pero lo suficiente como para renunciar a las estrellas fugaces y regresar a Nueva York. Esto me dio la oportunidad para acercarme a Sotheby's la mañana del sábado. Estaba prevista la primera subasta de material espacial ruso, un acontecimiento que no me hubiera importado perderme porque ya había estado examinando los lotes con calma el mismo día que abrió la exposición al público. El padre de la subasta, David N. Redden, vicepresidente de Sotheby's, se había pasado casi tres años convenciendo, a los cosmonautas y a sus familiares, de que diesen lo que guardaban como recuerdo. El dinero de esta subasta permitiría mejorar su situación, ya que, las más de las veces, malvivían de unas pensiones muy devaluadas por la inflación. Pero, la mayoría de objetos, procedía de la gigantesca empresa paraestatal Machinostroenia, fabricante de los equipos espaciales, o de Zvezda, fabricante de los trajes. En alguna ocasión, incluso, David me había pedido datos sobre estos materiales o que intercediera por él para conseguirlos. La idea era tan novedosa que chocaba con el recelo por parte de los rusos. Durante los largos preparativos, pues, él me iba poniendo al corriente de los progresos que hacía o de los problemas en que se atascaba. Este contacto le convenía ya que yo, no sólo podía echarle un cabo de vez en cuando, sino que, también, actuaba como un importante cliente potencial en la sombra. En el seno del Smithsonian Institute, yo pertenecía a la junta del National Air and Space Museum en Washington, D.C., y, por ejemplo, me había ocupado de las gestiones para obtener una nave Soyuz, en acoplamiento a una Salyut, que es una de las grandes atracciones de la colección permanente. Pero la última decisión sobre adquisiciones correspondía al director Donald S. López y a la comisión de la sección del espacio. Donald era de origen hispano como yo, por lo que congeniábamos mucho. Conmigo no tenía reparos en reconocer que, lo que a él verdaderamente le interesaba, era la aviación (había sido piloto de caza en los Chennault's Flying Tigers durante la Segunda Guerra Mun-dial) y que de astronáutica no entendía un borrajo, por lo que recababa, a menudo, mi punto de vista. Al anunciarse la venta de Sotheby's, Donald me pidió un breve informe señalando qué lotes me parecían dignos de ser considerados y las consiguientes cantidades máximas que era razonable ofertar. Cumplí el encargo discretamente tenía además la certeza de que mis opiniones serían contrastadas con las de otros expertos y ahí terminó mi interés por la subasta. Porque la perspectiva de las Gemínidas, era mucho más tentadora. Pero ya que estaba en Nueva York decidí acercarme. Siempre podría encontrar rostros conocidos y saciar la curiosidad respecto a los avatares de la venta y a la identidad de los compradores. Entre las piezas que yo había recomendado, estaba un pesado traje, diseñado en 1968 para explorar la Luna, que probaba que los soviéticos tenían preparado mandar un hombre al satélite, cuando nosotros nos adelantamos en 1969, aunque entonces lo negaran. Donald se hizo con él y, a la voz de "adjudicado", buscó mi mirada para hacerme un guiño de complicidad. Gagarin era, desde luego, la estrella de la jornada. Aparte de la presencia de su viuda, que no se cansaba de firmar autógrafos, se puso a la venta su traje de entrenamiento, el discurso manuscrito que dio dos días antes de su hazaña, y el telegrama de cuatro páginas escrito por Nikita Kruschov para felicitarle a su vuelta. Otro lote interesante era el maniquí-cosmonauta bautizado como Ivan Ivanovich, que había sido enviado al espacio el 23 de marzo de 1961 en una cápsula Vostok. El éxito de este ensayo significaría la luz verde para el vuelo de Gagarin. Luego, había otra categoría de enseres, bastante curiosos, como una bolsa para la recogida de orina en condiciones de ingravidez (el subastador precisó, ante las sonrisas del público, que todavía no se había utilizado nunca y que se garantizaba su total asepsia). Por esta pieza, disputaron un coleccionista tejano y una empresa de sanitarios en Oregon; ganó Texas. El tenedor y abrelatas utilizados el 6 de agosto de 1961 por German Titov, el primer hombre que comió en el espacio y segundo cosmonauta soviético, se lo llevó el representante de una gran conservera japonesa y me imaginé, inmediatamente, el tipo de explotación publicitaria que podría efectuarse. David se frotaba las manos de satisfacción y no había para menos: al final la facturación global fue de 6.817.198 dólares. Veinticinco equipos de televisión ha-bían filmado la venta y, como guinda, el N.A.S.M. anunciaba que una parte sustancial de las piezas adquiridas, constituirían el corazón de su exposición permanente dedicada a la carrera espacial, a instalar definitivamente en 1997. A mí, no obstante, me fascinaban las fotos dedicadas, los diarios, los dibujos técnicos, los diagramas y los papeles personales de los cosmonautas. Por ejemplo, me parecía increíble que, en un vuelo espacial que involucraba tecnología punta, el piloto llevase las instrucciones de las maniobras a realizar escritas a lápiz, como si se tratase de una chuleta para un examen de instituto, o que las copias de importantes documentos se realizasen con papel carbón. Pero así era y ese cúmulo de detalles redimensionaba la presencia humana en la supremacía avasallante de las máquinas. Un lote compuesto por escritos y fotos que había pertenecido a Giorgi Beregovoi, no recibió ninguna puja. Beregovoi había sido el piloto del Soyuz 3 en 1968, y poco después de su misión abortada, asumió la dirección del Centro de Entrenamiento Gagarin. Su labor callada como administrador, no presagiaba el entusiasmo de los compradores. El precio de salida me pareció asequible y me hice con él sin ninguna competencia. En aquel momento, la adquisición no me resultaba especialmente excitante, más bien una simple contribución al éxito de la subasta. El resultado, excelente, debería acallar las críticas ramplonas de quienes objetaban que So-theby's rapiñaba el patrimonio nacional de la antigua Unión Soviética, explotando su desesperada situación económica. Sin prisas, días después, me decidí a abrir la carpeta y a saborear su contenido. Si valía realmente la pena, terminaría haciendo una donación al museo. Bási-camente se trataba de notas tomadas en la fase de preparación, algo relacionado con las maniobras de aproximación y ensamblaje de los Soyuz. Tenían el aspecto de apuntes de estudiante y recuerdo que me pregunté por las razones que impulsarían a Beregovoi, o a quien fuese, a guardar estos papeles. ¿Tal vez la consciencia de su dimensión histórica? Yo, desde luego, los habría echado a la papelera en cualquiera de esos arranques de poner orden y buscar sitio en mi despacho que me sobrevienen periódicamente. No sé, tal vez los astronautas se creían ciertamente elegidos para la gloria y, por consiguiente, estaban convencidos de que cualquier mínimo elemento que les atañese, revestiría un inusitado valor con el tiempo. Como los botones de la chaqueta de Elvis Presley o la almohada de no-sé-qué hotel en la que reposó una noche la cabeza de John Lennon. A veces, en efecto, el valor del documento y el mero fetichismo se confundían. En la URSS de los años sesenta, y parte de los setenta, este fetichismo tenía su explicación: los astronautas eran figuras nacionales, ídolos de las masas. La gente seguía con fervor sus aventuras, se sabían al dedillo sus logros, cuántas órbitas habían dado a la Tierra, cuántas horas habían permanecido en el espacio. Se les invitaba a dar discursos, a poner la primera piedra de nuevas escuelas, a inaugurar factorías. Se les recibía con pancartas y ramos de flores. Su efigie ilustraba sellos y medallas. Los adolescentes coleccionaban sus cromos y les admiraban tanto o más como en los países occidentales se admira a los cracks del deporte o a las estrellas de la música pop. Esta liturgia, en los Estados Unidos, nunca alcanzó cotas semejantes; Norman Mayler y Tom Wolfe escribieron libros, Hollywood hizo películas, pero el americano medio nunca llegó a mitificar a sus cosmonautas. Más que eso: cuando los paseos lunares se convirtieron en rutina, es que no les hacían ni caso. Sumido en estos pensamientos, seguía ojeando la carpeta hasta llegar a media docena de fotografías. Eran retratos de Beregovoi en diferentes ocasiones oficiales, ya fuera sólo o en grupo. Una de estas últimas atrajo mi atención: reunidos en las inmediaciones del Kremlin, un grupo de cosmonautas, posaba ante la cámara antes del inicio del desfile conmemorativo de la revolución de Octubre. La firma de cada uno de ellos aparecía estampada en el margen inferior de la imagen, junto a la fecha: 7 de noviembre de 1967. De izquierda a derecha figuraban A. Leonov, A. Nikolayev, un tal I. Istochnikov, V. Rozhdestvensky, G. Beregovoi y V. Shatalor. Conocía a todos de nombre, a excepción de Istochnikov. Pero había algo en el retrato que me resultaba familiar, como si estuviese ante un dejà-vu. Esa fotografía, o una toma muy parecida, ya la había visto antes en alguna parte, pero ¿dónde exactamente? Busqué en varios libros y almanaques, infructuosamente, hasta que, de repente, se me encendió la luz: el álbum gráfico Rumbo a las estrellas (1975), compilado por Boris Romanenko. Todavía agradecido al caprichoso funcionamiento de mi memoria, no tardé en encontrarlo en la segunda hilera de libros de una estanteria. Mal impreso, peor encuadernado, había ganado el polvo necesario para dejar de ser viejo y convertirse en antiguo. Otra cosa que seguía sorprendiéndome de las publicaciones rusas de entonces, es que el diseño continuase tan apegado a las recetas constructivistas de los años veinte y treinta, y que la impresión hiciese gala de una calidad tan pobre: papel excesivamente poroso, tramas gruesas, cuatricromías descontroladas En fin, no podía negarse que esos rasgos terminaban por fijar una identidad de fuerte personalidad y fácilmente reconocible. Pasé las páginas primorosamente has-ta dar con el retrato del grupo. Entonces tuve una sorpresa inesperada: se trataba, no había duda, del mismo cliché, pero en el libro faltaba un personaje. Mediante un retoque no excesivamente hábil, Istoch-nikov había desaparecido como por arte de birlibirloque. La técnica no era novedosa. En tiempos de Stalin, el pobre Trotsky había padecido la misma transmutación: la liquidación de su imagen de las páginas oficiales era un acto simbólico que actuaba sobre la memoria colectiva, pero que también anticipaba la verdadera desaparición física del adversario, una forma de hacer coincidir el deseo con la realidad, de corregir los accidentes de la dialéctica y hacer cuadrar la historia. El éxito de la operación alentó a repetir su aplicación a miembros del Politburó caídos en desgracia, así como a toda suerte de traidores y disidentes, que, durante el mandato estalinista, brotaron como setas en otoño. Hoy sabemos que los maestros pedían a sus alumnos que tacharan ciertos nombres y ennegrecieran ciertos retratos de antiguos líderes del país que aparecían en sus libros de texto; los niños debían escribir luego "enemigo del pueblo" en la página. Probablemente los escolares se asombrarían de la cantidad desmedida de enemigos que previamente habían ocupado lugares prominentes en la historia y en los libros de texto. Pero, si estas prácticas entraban dentro de lo previsible en la clase política, con un cosmonauta el hecho resultaba de lo más intrigante. ¿Qué pecado habría cometido el desdichado Istochnikov para merecer tal castigo y entrar en el rango de los proscritos?
Aguijoneada mi curiosidad, intenté desvelar el misterio. Mi primer paso fue navegar por Internet, pero no constaba ninguna mención del nombre "Istochnikov". Decepcionado, decidí ponerme en contacto con la Asociación de Exploradores del Espacio, que agrupa a cosmonautas y astronautas de todas las nacionalidades, sobre todo, claro está, norteamericanos y rusos. Conocía a algunos de sus miembros fundadores, como Mike Murphy o Jim Hickman, quienes, a su vez, podrían indagar a través de sus consocios. Des-pués de una impaciente espera, siempre obtuve el mismo resultado descorazonador: o no sabían nada o respondían con evasivas. Insistí para que hablasen con Alexei Leonov, otro de los miembros de la Asociación y que salía en la foto, por lo que forzosamente debía de conocer a Istochnikov. Mejor que eso: obtuve su dirección electrónica personal y envié un mensaje apadrinado por algunos de los exploradores americanos. Entretanto, telefoneé a James Oberg, a Charles Vick, a David Woods y a Mark Wade. Sólo a Char-les le sonaba el nombre, aunque tampoco podía precisarme de qué exactamente. Llegó la respuesta de Leonov: Istochnikov había sido uno de los cosmonautas entrenado para el programa Soyuz, pero me recomendaba dirigirme a Beregovoi, también miembro de la Asociación, para más señas. Así lo hice y durante días estuve pendiente del ordenador, esperando su reacción. Al cabo de algo más de una semana por fin llegó un E-mail de Moscú. No era de Beregovoi sino de Piotr Muraveinik, un especialista ruso en la historia del espacio. Disculpaba a Beregovoi, cuyo inglés era precario, y me decía que mis preguntas habían provocado un efecto dominó de grandes consecuencias, incordiando a muchos de los cosmonautas de la vieja guardia. Había habido, sí, un "caso Istochnikov" y éste permanecía hoy sumido en el olvido porque la mayoría de los implicados se avergonzaban, todavía, de su pasividad y de su prolongado silencio. A grandes rasgos, el relato de los hechos que Muraveinik había podido obtener era el siguiente: el 25 de octubre de 1968 fue lanzado el Soyuz 2 con el piloto-cosmonauta coronel Ivan Istochnikov a bordo. La nave debía servir de blanco para el Soyuz 3 que, tripulado por el teniente coronel Giorgi Beregovoi, realizaría al día siguiente un ensayo de ensamblaje orbital de las dos cápsulas. Eran los tiempos en que los Estados Unidos y la URSS trabajaban contra reloj para llegar los primeros a la Luna. Las presiones políticas prevalecían sobre las garantías técnicas y la carrera espacial se había cobrado ya algunas víctimas. En el vuelo que les había precedido, el Soyuz 1, las cosas fueron mal desde el principio y terminaron en un estrepitoso desastre: Komarov se estrelló al regresar, debido al mal funcionamiento del paracaídas. Se impuso revisar todos los sistemas a fondo; luego se llevaron a cabo pruebas de acoplamiento automatizado con las Kosmos 186-188 y las Kosmos 212-213 con resultados positivos. A pesar del tiempo perdido, volvía a reinar el optimismo. Extremadas las precauciones para la siguiente misión Soyuz tripulada, todo auguraba el éxito. Desgraciadamente no sería así: después de un intento fallido de acoplamiento, el Soyuz 2 y el Soyuz 3 se distanciaron y perdieron el contacto. Cuando al día siguiente se reencontraron, Istochnikov había desaparecido y su modulo presentaba el impacto de un meteorito. En realidad nunca se supo a ciencia cierta qué había ocurrido y el enigma se saldó con una suma de conjeturas. Pero, decididamente, las autoridades soviéticas no estaban dispuestas a admitir un nuevo fiasco y maquinaron una solución maquiavélica: declararon que el Soyuz 2 había sido un vuelo automatizado, no tripulado. A efectos oficiales Ivan Istochnikov habría fallecido a causa de una enfermedad unos días antes. Para evitar voces reprobatorias se confinó a la familia, se chantajeó a sus compañeros, se manipularon los archivos y se retocaron las fotografías. Muraveinik reconocía que la realidad superaba el más fantástico argumento de ciencia-ficción. Aunque la historia de Istochnikov rebasaba todos los límites, yo ya sabía de casos de accidentes que los soviéticos mantuvieron durante años en secreto. Por ejemplo, la explosión ocurrida el 23 de marzo de 1961 durante el programa Vostok. Durante la comprobación rutinaria de una cámara de aislamiento, el cosmonauta Valentin Bondarenko murió debido a una ignición relámpago en una atmósfera de oxígeno puro. Los soviéticos no desvelarían el percance hasta 1986. Otro episodio trágico, del que todavía se desconoce la magnitud concreta de los daños, había tenido lugar un poco antes, el 24 de octubre de 1960. Durante los preparativos finales para el lanzamiento del nuevo misil balístico intercontinental SS-7, se produjo una fuga de combustible. Lo lógico y prudente hubiese sido vaciar los tanques del cohete antes de proceder a la reparación; sin embargo, para ganar tiempo, los técnicos no tuvieron reparo en realizar los arreglos sin descargar previamente, porque un problema similar en el transcurso de un lanzamiento de un Vostok meses antes ya se había solucionado sin problemas por la vía rápida. Los trabajadores soldaron la fuga y se inició una nueva cuenta atrás. Treinta minutos antes del despegue, el mariscal Mitrofan Nedelin, comandante en jefe de la Fuerza Estra-tégica Soviética de Cohetes (con el mismo rango que los comandantes en jefe del Ejército, la Marina o la Fuerza Aérea), observaba como los técnicos terminaban de reconectar el sistema eléctrico de los depósitos todavía llenos, cuando, de pronto, la segunda fase del propulsor del cohete inició la ignición accidentalmente por causas desconocidas, tal vez un cortocircuito. Las llamas causaron una impresionante explosión causando la muerte a más de ochenta operarios, ingenieros y al mismo comandante en jefe. La lista de este tipo de siniestros es desgraciadamente extensa; nuestros aviones espía detectaron, a lo largo de los años sesenta, al menos media docena de explosiones y fugas radiactivas, en localizaciones vinculadas al programa espacial soviético, que daba la impresión, por la actividad frenética que se desplegaba alrededor inmediatamente después, que no se trataba precisamente de pruebas controladas. Y, naturalmente, estamos ha-blando de pérdidas humanas; si nos ocupásemos de los animales lanzados al espacio habría materia suficiente para provocar ataques de corazón a manta en la sede de la Worldwide Wild Foundation. Por desgracia para esos especímenes zoológicos, conejos, monos y perros fundamentalmente, esa sensibilidad contra la experimentación con animales no existía entonces y, muy a su pesar, se convirtieron en la avanzadilla de una peligrosa Arca de Noé intergaláctica. El caso más emblemático lo protagonizó la perrita Laika, que pasó en noviembre de 1957 una semana en el espacio. Sus ladridos y su hocico blanquinegro dieron la vuelta al mundo. En realidad, un pollo frito, puro cadáver calcinado. Laika regresó a la Tierra, sí, pero absolutamente abrasada. Su cápsula estaba mal aislada térmicamente y la temperatura comenzó a aumentar nada más despegar; el resultado fue una especialidad gastronómica china. Pero a grandes males, grandes remedios: se hizo el cambiazo y la carbonizada Laika fue sustituida por otro can, muy parecido, en su comparecencia ante las cámaras de los informadores. Nadie se enteró, y el caso fue aireado como un gran triufo ante el regocijo de quienes maquinaron tal patraña. En fin, la conquista del espacio se ha cobrado numerosas víctimas anónimas que las generaciones actuales deberían rehabilitar. La vida de Ivan Istochnikov ejemplifica un sacrificio doblemente doloroso: su generosa muerte se suporpone al incómodo silencio que produce su evocación. Esta injusta memoria de apestado, que pesaba sobre su fantasma, nos espoleaba a Muraveinik y a mí, que pronto nos pusimos de acuerdo para investigar el caso. Deseábamos tanto reivindicar la figura de Istochnikov como denunciar el oscuro conjuro que lo había postergado a las cloacas de la historia. Terminada la represión que había asolado el país, terminaría también el pacto de silencio. Se podrían consultar las fuentes, entrevistar a los implicados, reconstruir el hilo de los acontecimientos. Muraveinik sugirió trabajar al amparo de la Fundación Sputnik, una decisión que se me antoja absolutamente acertada. Para nosotros representó disponer de una plataforma institucional de gran apoyo, a la Fundación, por nuestra parte, aportábamos el símbolo que Istochnikov encarna en Rusia para una memoria que para volver a cabalgar en la historia tiene puesta su esperanza de redención más en lo universal de sus saberes que en una salida airosa de su laberinto político. La verdad es que tan seguro estaba el valor informativo, literario, cinematográfico, científico, etc, de "nuestro" Istochnikov que durante unos momentos estuve tentado de ofrecer la historia a Spielberg y Lucas; mejor aún, se me hacía la boca agua pensando en el episodio de "Expedientes X" que Chris Carter podría condimentar con ese argumento. Porque persiste una gran dosis de enigma no aclarado en el fin de esta tragedia, un enigma que quizás termine dando visos de realidad a "3001: la última odisea" de Arthur C. Clarke: el astronauta Frank Poole se perdió en el espacio debido a un desperfecto en el superordenador Hal; pero un milenio más tarde su cuerpo es encontrado, perfectamente preservado, y puede ser reanimado. Si encontrásemos y reanimásemos a Istochnikov, ¿qué nos contaría? Lo que sigue puede enterderse como una respuesta aproximada. |
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EPISODIOS DE UNA VIDA LIBRADA AL COSMOSPiotr Muraveinik |
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Era el invierno de 1942, durante el cerco de Moscú. Las maltrechas tropas del Ejército Rojo se defendían del avance alemán como gatos panza arriba. El frente había quedado establecido a pocos kilómetros de la capital, en una línea dibujada por pequeñas ciudades del extrarradio: Bielev, Kaluga, Maloïaroslavsk, Naro Fominsk y Rjev. La escasez de armamento apropiado con el que oponer resistencia a las arrolladoras divisiones acorazadas del VI Ejército de von Paulus no mitigaba el ardor de los defensores. A la desesperada, mujeres y niños daban iguales muestras de bravura. Sin proyectiles que pudiesen penetrar en el blindaje de los tanques, se imponía la imaginación y el arrojo, cuando no la temeridad. Una táctica de guerrilla urbana frecuente consistía en descolgar a adolescentes, mediante cuerdas, de edificios altos y posarlos encima de los carros de combate enemigos; desde allí lanzaban un cóctel Molotov en su interior o, en su punto más vulnerable, justo debajo de la torreta; antes del estallido eran izados de nuevo a cobijo. En Kaluga, un mozalbete al que cariñosamente apodaban Malienky Ivan Grozni ("el pequeño Iván el Terrible") batió el récord: entre la fiesta de la Re-volución en noviembre y la rendición alemana a finales de enero de 1943, él solito puso fuera de combate a siete inexpugnables Panzer. Su nombre auténtico era Ivan Fiodorovich Istochnikov. Había nacido el 24 de febrero de 1930 en Kaluga. El padre, tercer hijo en una humilde familia de origen ucraniano, se llamaba Fiodor Ivanovich Istochnikov; vino al mundo en 1905 en Novosibirsk, una de las florecientes ciudades de la Siberia occidental, cuyo crecimiento requería un incesante flujo de inmigración. Su precaria salud le impediría proseguir el oficio de sus antecesores, tradicionalmente leñadores o ferroviarios, para dedicarse a la enseñanza. Fiodor Ivanovich se habría resignado a convertirse en un anodino maestro de escuela de no haber sido por la Revolución, que insufló nuevos bríos en su pecho. Asumiendo su granito de responsabilidad en la regeneración del país, decidió trasladarse a Moscú para vivir más de cerca los nuevos vientos de la historia. También decidió estudiar matemáticas, no sólo obedeciendo una íntima obsesión por la exactitud, sino también convencido de buena fe que el rigor y la lógica de esta ciencia abstracta debía necesariamente coadyuvar al fortalecimiento de un nuevo régimen que abandonaba la irracionalidad intrínseca de Dios y del Zar. Su fervor revolucionario y las entusiastas arengas de adoctrinamiento dirigidas a sus camaradas estudiantes impresionaron a Elena Andreievna Kornakova, entonces taquillera en un teatro y aventajada alumna del elitista Conservatorio de Música Glinka. Después de un corto noviazgo en el que Fiodor Ivanovich demostró que detrás del pelmazo engreído se escondía un ser tierno y cariñoso, la pareja se casó en 1927. Elena Andreievna procedía de Kaluga; era hija de madre soltera. Al parecer la madre fue violada por un cosaco de paso, en una noche de cogorza colosal; pero éste era un episodio turbio, del que no se hablaba. Al enfermar la madre poco después de la boda, Elena Andreievna y Fiodor Ivanovich terminaron recalando en Kaluga, donde al joven matemático le fue ofrecida pronto una plaza de profesor en el instituto local. Se instalaron en una bucólica casa de madera, en las afueras del casco urbano, probablemente una antigua dacha que podía haber pertenecido a algún potentado moscovita huido después de la Revolución. El ondulado paisaje de los alrededores, con bosques de hayas y abedules flanqueados por pequeñas lagunas, aportaba el marco idílico al que cualquier pareja de recién casados podía aspirar. No obstante, Fiodor Ivanovich sentía ciertos remordimientos por considerarlo "sospechosamente burgués"; para paliar su mala conciencia, dispuso un cobertizo al que invitaba, cuando las nieves cedían, a algunos alumnos aventajados a seminarios de profundización en los misterios del álgebra. Ya el primer embarazo disipó las dudas vocacionales que la esposa todavía albergaba, entre ser pianista o bailarina. Primero vino al mundo la pequeña Maria, en 1929; luego llegaría Ivan, y finalmente Yuri, dos años después. Desde luego los cuidados de la prole eran mucho más compatibles con el piano que con los es-cenarios. Los tres niños cursaron sus estudios básicos en la Escuela 2 hasta la interrupción de la guerra. El padre dirigía la organización Komsomol en Kaluga y eso otorgaba una aureola especial a los pequeños en el seno del colegio. Ivan heredó de su madre el interés por el piano y de su padre, la pasión por el ajedrez. Su nivel de juego llegó a ser remarcable, incluso a una edad temprana, con meritorios triunfos no sólo en torneos interescolares sino también de ámbito regional. Su pericia frente al tablero hacía las delicias de su padre, que idolatraba a los grandes maestros como Tal, Alekhine, Smilov, Tchigorin, Korchnoi o Spasski, que habían hecho de Rusia la primera potencia ajedrecista mundial. Tanto era su entusiasmo que, en una ocasión, pretendió que la Federación Soviética de Ajedrez reconociera, con el nombre de Istochnikov, una apertura semiabierta de gran contundencia táctica que solía practicar su hijo con asiduidad y que al final, hechas las oportunas averiguaciones, resultó ser una simple variante de la Defensa Ufimtsev. En cambio, la madre nunca vio en Ivan a un futuro Tchaikowski. Tenía las manos excesivamente gruesas para la finura del instrumento y aporreaba las teclas sin piedad. La sensibilidad musical había recaído más generosamente en los otros hermanos. Pero Ivan poseía muchas otras cualidades y aficiones: le gustaban los animales y tenía una paciencia infinita amaestrándolos, era bueno en la gimnasia, le gustaba coleccionar toda clase de cosas pero a diferencia de otros niños era constante en sus colecciones, y, sobre todo, era extraordinariamente curioso y estaba dotado de una memoria prodigiosa. Éstas y otras habilidades sobresalientes que no tenían parangón en sus progenitores directos, se atribuían a los genes del misterioso cosaco violador, quien, a pesar de su bellaquería, había terminado por enriquecer la estirpe. Pero lo que por encima de todo acaparaba los sueños del joven Ivan eran las máquinas volantes, lo cual estaba en estrecha consonancia con la época y con el lugar. El país no había aún terminado de recuperarse de la devastación de la Pri-mera Guerra Mundial y de la encarnizada guerra civil posterior. Persistían además agudos conflictos que causaban una confrontación interna de creciente magnitud: Stalin se apoltronaba en el poder y para alcanzar el control ilimitado de la nación se hacía preciso la eliminación de los kulaks, la única clase que aún se oponía al sistema comunista: agricultores ricos que producían el grueso de los alimentos del país. A pesar de su contribución económica vital, Stalin consideraba su deportación y persecución como una necesidad revolucionaria. Para la operación represiva hacía falta imbuir a la población de una visión grandiosa, convencer de que se habían embarcado en una misión de proporciones históricas: llevar a la práctica los principios del "comunismo científico". Para desviar la atención de las miserias cotidianas, Stalin proponía como lema "la conquista de la naturaleza", alentando las analogías que vinculaban el natural impulso ruso hacia la exploración y la aventura con imperativos ideológicos. La propaganda promovía a los valientes pilotos de aviación, a los exploradores polares y a los ingenieros que inventaban máquinas milagrosas como héroes de la época. Llegó la manía de los récords y las primicias: récords de vuelo aéreo a la velocidad, a la mayor distancia, para alcanzar las cimas más altas en avión o en balón estratosférico, de vuelo sincronizado, de acrobacia Para infiltrar en la sensibilidad popular tales hazañas, el Estado fomentó una visión casi mística de la nueva tecnología y las nuevas máquinas. El país se comparaba a una gigantesca maquinaria en la que los trabajadores eran las piezas, la sociedad a un tren avanzando a toda velocidad hacia el comunismo. Los aviones nunca eran simplemente aviones sino "pájaros de acero"; incluso, para dar ejemplo, Vasili, el hijo de Stalin, se hizo piloto. Vistas retrospectivamente, estas metáforas propagandísticas nos parecen hoy casposas y, en algunos casos, peor aún, dignas de batir el récord del cretinismo. Por ejemplo, cuando Laurenti Beria aconsejó a los matrimonios rusos que abandonasen la "postura del misionero" en sus encuentros íntimos, por considerarla retrógrada y con tufos del opio del pueblo, y la sustituyeran por la "postura del aviador", más acorde con la ideología de progreso que se pretendía inculcar. Tres décadas más tarde, ya en la era de los viajes al espacio, esta posición fue rebautizada como "postura del cosmonauta": el varón tomaba a su compañera como se suponía que un cosmonauta lo hacía con los mandos de su cápsula. De todos modos, el lanzamiento de Valentina Tereshkova en junio de 1963, la primera mujer-cosmonauta, trastocó este esquema tan machista. La ciudad de Kaluga, por su parte, añadía un ingrediente adicional a la receptividad de toda esa atmósfera tecnologista: era desde 1898 la ciudad adoptiva de Konstantin Tsiolkovsky, conocido como el fundador de la cosmonáutica moderna y padre de la tecnología de cohetes. En sus años mozos ejerció de maestro en una remota región rural. Era autodidacta y había recibido su diploma de enseñanza de un modo poco convencional, aprobando todos los exámenes sin asistir nunca a clase. Una escarlatina padecida durante la infancia le había dejado casi completamente sordo y tal vez supliera las dificultades de comunicación con el mundo exterior construyendo su propio mundo de fantasía, lleno de modelos de máquinas voladoras y artilugios para surcar el cosmos. Su aportación científica más decisiva fue la fórmula, publicada en 1903, que relaciona la velocidad característica de un cohete con la velocidad de su combustible de propulsión (u) y el logaritmo del cociente entre la masa del cohete en el despegue (Mo) y la masa final (Mf) que queda después de restar la masa del combustible propulsor gastado (Mp): A pesar de que con el régimen comunista Tsiolkovsky recibió un cierto reconocimiento, se hace difícil imaginar a este profeta de los vuelos interplanetarios, inventor del principio del cohete multifase y de un precursor remoto del transbordador espacial, enclaustrado en una vida rutinaria de simple maestro en una escuela femenina de Kaluga, constantemente inmerso en un mundo imaginario de invenciones y sueños técnicos. Ajenos a toda esta riqueza interior, los padres de Ivan conocían a Tsiolkovsky únicamente como colega del profsoyuz local de pedagogía. Le tenían por una especie de viejo "profesor chiflado", pero cuyas locuras eran inofensivas y divertían a los menores. Sólo cuando Tsiolkovsky fue invitado a pronunciar un discurso desde el podio más prestigioso de la Plaza Roja de Moscú en la manifestación del 1 de mayo de 1935, los que le rodeaban cotidianamente tomaron conciencia de su inmenso calibre como científico y como inventor. Elena Andreievna y Fiodor Ivanovich, junto a sus hijos, le hicieron una visita de cortesía poco antes de su muerte. A pesar de su corta edad, Ivan quedó deslumbrado por los juguetes del inventor y por el entusiasmo desbordante y contagioso con el que aquel abuelo de barbas blancas y sordo como una tapia lograba persuadir a todo el mundo de que pronto aquellos juguetes serían realidad. Durante el té contó que había ideado el ángulo de penetración aerodinámica de los cohetes inspirándose en las lukovitsi (literalmente "cebollas", esas cúpulas puntiagudas que coronan las torres de los templos ortodoxos), de la iglesia Kasankaya en Kolmenskoye, erigida en tiempos de Ivan IV. Ante su hipnotizada audiencia vaticinó: "Quizás alguno de vosotros tendrá la oportunidad de viajar en el interior de una de estas naves extraatmosféricas." Todos lo juzgaron una mera ilusión utópica de su casi octogenario anfitrión, a excepción de Ivan, que ese día tomó la firme decisión de llegar a ser piloto de una nave extraatmosférica. Después de la victoria contra Alemania, Ivan Fiodorovich ingresó en el Aviatsioni Teknikum. Más adelante, en 1948, pasó a la Escuela Técnica Secun-daria Saratov, cerca de Moscú, donde inició estudios de ingeniería aeronáutica bajo la guía de Viktor Muskadov, que luego sería uno de los colaboradores más próximos de Sergei Korolev, luminaria soviética del espacio y fundador del Despacho Técnico Energiya. Simultáneamente ingresó en el Ejército del Aire, reservando plaza en la Escuela de Pilotos de la Fuerza Aérea 1ª Chkalov. Poco a poco fue relegando la ingeniería teórica para concentrarse en su formación como piloto; a los mandos de un Mig logró una de las puntuaciones más altas en los anales de la aviación militar soviética. Graduado con el rango de teniente, sirvió en la guerra de Corea oficialmente como observador militar aunque su verdadera misión fue ayudar como instructor de vuelo de los inexpertos pilotos norcoreanos. La VPK, la Comisión para Asuntos Militar-Industria-les, vendía aviones de combate a China y Corea del Norte, pero el contrato incluía el adiestramiento en el manejo de los mo-dernos aparatos a reacción. Esta etapa, sin embargo, permanece por razones obvias muy oscura y se carece de información desclasificada completa. Fuera la que fuera su auténtica actividad en Corea, lo cierto es que Istochnikov regresó a Moscú con una hoja de servicios impecable, que le valdría el ascenso a capitán. Por indicación de sus superiores, que ya habían aprobado su solicitud de traslado al programa espacial, se matriculó en la Academia de Ingeniería de la Aviación Militar y del Espacio Zhukovsky. En el transcurso de estos elitistas estudios, un seminario le llevaría a Novosi-birsk, la ciudad natal de su padre. Allí Kruschov había erigido Akademgorodok ("Ciudad Académica"), con voluntad de dar un empuje cultural y tecnológico a Siberia, pero sobre todo como un intento de restañar las heridas infligidas al sistema por el "culto a la personalidad" de Stalin. Este viaje tuvo importancia porque cruzaría en su destino a Irina Yurievna Kudasheva, una joven física que preparaba el doctorado y que terminaría convirtiéndose en su esposa. Irina procedía de Leningrado (actual San Petersburgo), donde frecuentó el Instituto Físico-Técnico, cuna de la física fundamental y aplicada en la URSS. Prosiguió su carrera en el Instituto de Energía de Moscú estudiando con el eminente físico Alec Galeev, y se trasladó a Akademgorodok con éste. Akademgoro-dok se había convertido ya en un oasis intelectual y científico en medio de la taiga siberiana, al que se "fugaban" muchos cerebros de otras universidades y centros de investigación soviéticos. Allí ingresó en el Instituto de Física Nuclear, bajo la tutela de Andrei Budker, y se propuso concentrar su investigación en la fusión controlada, basada en el confinamiento magnético del plasma caliente. Estos estudios revestían una enorme importancia en la navegación aeroespacial porque el plasma se refiere a los gases eléctricamente cargados; los plasmas permean el espacio y rodean los planetas en corrientes contínuas de origen solar que se conocen como "viento solar". A partir de los años cincuenta, los físicos del plasma del mundo entero se hallaban influidos por la predicción del teórico norteamericano David Bohm sobre la conducta última del plasma en un campo magnético. Según Bohm, un campo magnético nunca podría conseguir el resultado de control apetecido: el plasma se escaparía y se difundiría por las vallas magnéticas del campo con excesiva rapidez para acumular suficiente temperatura en el proceso de calentamiento bajo parámetros oscilantes. Irina era una científica más crea- tiva que experimentalista, y su línea de trabajo se reorientaba hacia la ordenación física del caos. Pero su brillante intuición fue captada por Budker, que le pidió que colaborase con un equipo de la casa integrado por Leonid Rudakov y Roal Z. Sagdeev entre otros, supervisados por el académico Mijail Leontovich. Pronto fueron capaces de formular una teoría bastante plausible para explicar la misteriosa difusión de Bohm, proponiendo como causa la inestabilidad de la onda de deriva, es decir, el hecho de que una torsión leve pero suficiente del campo magnético podía eliminar o contener fuertemente la inestabilidad de la onda de deriva. Si bien la simpatía y modestia de Irina Yurievna ya eran largamente apreciadas por sus compañeros, su participación en este descubrimiento le granjeó notoriedad intelectual en el campus y le valió el apodo cariñoso de Spasitielnaia volna ("Onda Salva-vidas"). Mijail Lavrientiev, presidente de Akademgorodok, estaba especialmente satisfecho. Al comienzo de cada trimestre todos los departamentos y laboratorios tenían que hacer lo que se llamaban "promesas y compromisos socialistas", indicando cuántos productos finales serían entregados por encima del plan establecido. Como aquí no se trataba de salchichas o tuercas, Lavrientiev obligaba al Instituto de Física Nuclear a producir un descubrimiento científico de categoría mundial, dos descubrimientos de rango nacional, y tres descubrimientos de trascendencia siberiana. La onda a la deriva salvaba la vida al cupo prometido. Ivan e Irina se conocieron casualmente, pero de un modo poco original, en el comedor del Instituto de Física Nuclear: con un choque aparatoso de sus bandejas que dio con sus tazas de té y sus raciones de pastel de manzana (él) y de queso con arándanos (ella) en el suelo. Envueltos en un mar de risitas mal disimuladas, los dos ruborizados jóvenes se disculparon recíprocamente para, como es de rigor, presentarse y terminar tomando el té juntos en una mesa apartada. Fue el inicio de un gran amor. Irina era una muchacha eslava típica: rubia, de piel clara, esbelta, y una mirada que indicaba una inteligencia despierta y vivaz. Ivan era un ejemplar del sur que evidenciaba el mestizaje: mediana estatura, tez morena, velloso con el cabello muy negro, ojos oscuros, pobladas cejas (según el patrón que luego popularizaría Breznev) y una sonrisa socarrona. Tal vez el contraste fue lo que los atrajo; lo cierto es que la finura, el pedigrí aristocrático de la vieja San Petersburgo, y un temperamento extremadamente nervioso, no sintonizaban con el carácter de patán tranquilo de aquel vástago ruso-ucraniano-georgiano-cosaco (contando sólo hasta dos generaciones antes). Pero como Irina decía: "El ruso y el oso, cuanto más pelo, más hermoso." El lluvioso inicio de otoño siberiano de 1962 y el paisaje de abedules de los alrededores de Novosibirsk fueron testigos de unas apasionadas efusiones destinadas a terminar en boda.
Ivan prodigó los viajes a Novosibirsk aprovechando que en la localidad vivían tíos y primos hermanos, pero con el prioritario propósito de reunirse con Irina mientras ésta finalizaba el curso y preparaba su vuelta a Moscú, concretamente a Zvezdny Gorodok, donde la pareja ya tenía asignado un apartamento en el bloque de residencias de cosmonautas (dado que Ivan había iniciado ya su período de entrenamiento para el programa Soyuz). Irina exigió que la ceremonia tuviese lugar en el registro civil de Leningrado, ante la imposibilidad de celebrarlo por el rito ortodoxo como deseaba fervorosamente su familia. Una simple insinuación llevada a oídos de sus superiores le podría haber costado a Ivan su carrera. La familia Ku-dashev, sin pertenecer declaradamente a la disidencia, se reconocía en público seguidora del semiclandestino patriarca de todas las Rusias, y crítica con el sistema comunista. Tanto es así que se sugirió a Ivan la pertinencia de vestir un simple traje civil y no su uniforme militar. Ivan accedió a regañadientes, para no indisponerse con la familia de su futura esposa, porque la verdad es que le fastidió no poder lucir ni sus galones ni sus medallas. Irina continuó absorta en su carrera desde la sede del Instituto Zurchatov de Energía Atómica en Moscú mientras su marido era adiestrado a vivir en condiciones de microgravedad o a soportar aceleraciones equivalentes a varias veces el valor de la gravedad terrestre. La vida en Zvezdny Gorodok resultaba plácida y tranquila, y hasta el lanzamiento de Ivan al espacio fueron cinco años felices, sólo trastocados por la súbita muerte de sus padres en Leningrado, a causa de un accidente en junio de 1965. Irina no llegaba a congeniar con otras familias de cosmonautas, cuyas mujeres se limitaban a ser pacientes amas de casa, "floreros del programa espacial" les llamaba maliciosamente en privado. Participaba de mala gana en sus encuentros sociales y en los actos oficiales de obligado cumplimiento. Se sentía orgullosa de tener su propia proyección profesional, y, si bien se interesaba por las cuestiones de su marido, no veía ninguna necesidad de supeditarse a ellas. ¡Por mucho que tuviese todos los puntos para convertirse en un futuro "hé-roe de la Unión Soviética"! Ella era de Leningrado y todavía había clases (por mucho que los comunistas no admitiesen más que una clase, la proletaria). Hizo pocos méritos, por tanto, para ganar el título de "heroína consorte". Uno de esos pocos méritos fue viajar al cosmódromo de Baikonur el 23 de octubre de 1968 para desear suerte a su marido en la empresa más importante de su vida. Dos días después, desde la plataforma de observación, presenciaba el espectáculo. Entre las enormes llamas y el humo denso que acompañó la ignición de la primera fase del cohete, el Soyuz 2 salió despedido hacia el cielo con Ivan Fiodorovich a bordo. Fue la última vez que lo vió. Irina lo ignoraba entonces pero comenzaban días aciagos para ella. Regresó a Zvezdny Gorodok, desde donde se realizaba el control de la misión (pocos años después, en 1973, empezó a funcionar para esta función exclusiva el complejo de Kaliningrado, también cerca de Moscú y mejor equipado). Las noticias pasaron del optimismo a la incertidumbre, y finalmente al más absoluto abatimiento. La información era todavía confusa. Irina pasó el mal trago con entereza, recibiendo como único consuelo la solidaridad de la comunidad de cosmonautas que antes había repudiado. En sus adentros pensaba que ya no sería heroína consorte sino viuda de héroe. El mismo día 28 recibió la visita del general Kamanin, comandante en jefe y el más alto responsable de los cosmonautas, para darle el pésame formal y garantizar que se estaban haciendo grandes esfuerzos para averiguar con detalle lo ocurrido. Le conminaba a controlar su estado anímico deseperado y a mantener la mayor discreción, pues se trataba en definitiva de materia reservada. También le previno que estuviese preparada para cualquier acto o comparecencia que desde la VPK o los ministerios afectados tuviesen a bien requerirla. Irina pensó que eufemísticamente quería decir "funeral". Posteriormente la visitó el doctor V.I. Yazdivsky, responsable médico de los cosmonautas, que, en un tono más paternal, intentó igualmente calmarla. Irina tomó un sedante para descansar. Al despertar se encontró con dos individuos que habían penetrado en su domicilio. Vestían chaquetas de cuero y tenían aspecto de la KGB. Le ordenaron acompañarles inmediatamente sin hacer preguntas. La introdujeron en un Volga negro y tomaron rumbo a Moscú, entrando luego en el recinto del Kremlin. En unas dependencias del Ministerio de Defensa, la recibió el comisario político Andrei S. Marchuk. La charla fue breve y la dejó helada; su reconstrucción, omitiendo el preámbulo protocolario con las expresiones de conduelo, sería más o menos como sigue: "He recibido la orden de transmitirle un comunicado. Dice así: Por imperativos de estado, la versión oficial que se hará circular sobre los hechos que atañen a la misión del Soyuz 2 es que: Primero, el camarada coronel Istochnikov ha muerto debido a una intoxicación fortuita que le sobrevino el 24 de octubre. Segundo, el Soyuz 2 pertenecía al programa de exploración robótica del espacio, su control de navegación era totalmente automatizado y por tanto es absurdo pensar que llevase tripulación humana. Tercero, lo único que viajaba en la nave era un perro, para experimentación biológica, así como equipos de medición científica. Cuatro, la nave Soyuz 3 con el camarada teniente coronel Beregovoi como piloto fue lanzada al día siguiente para interceptar al Soyuz 2 y efectuar una prueba de ensamblaje que reconoceremos que ha fallado en parte. Cumplidos todos los demás objectivos, consideramos que el resto de la misión ha sido un gran éxito que demuestra nuestra supremacia en el espacio." Irina quiso protestar pero Marchuk no improvisaba, cada paso había sido minuciosamente calculado buscando el mínimo riesgo: la fecha de la muerte, el lugar, las pocas personas que tenían conocimiento de los úlitmos movimientos de Istochnikov. En Zvezdny Gorodok se hacía prácticamente vida monacal, impermeable al exterior, agravada por la naturaleza militar de la institución: la disciplina y el secreto serían fáciles de imponer. Pero aun así la gente sabía del proyecto, incluso las potencias extranjeras estaban al corriente. La cínica explicación de Marchuk se anticipó a la pregunta. "La propagando americana nos ha estado atribuyendo accidentes mortales desde principios de los sesenta. Muchas de nuestras primeras cápsulas llevaban grabaciones de voces para hacer pruebas de transmisiones, y los servivios de escucha americanos los tomaban por pilotos reales que luego, claro está desaparecían. Cuando no queríamos provocar esa confusión simplemente poníamos los coros del ejército del Don. Hubiese sido muy fuerte imaginar a todo el coro dentro de la cápsula; se dieron cuenta de que picaban nuestro anzuelo haciendo un ridículo espantoso. Después de todos estos precedentes, nadie se atreverá a relacionar al Soyuz 2 con cosmonautas muertos en el espacio. Es decir, nadie la hará si carece de pruebas. Y nadie las tiene, ¿no es cierto, querida Irina Yurievna?" Irina quedó atemorizada bajo la mirada inquisitiva del comisario, pero sacando fuerzas de flaqueza osó decir: "¡Estoy yo!" "Sí, -replicó amenazadoramente- éste es a la vez nuestro problema y el tuyo. Pero siempre hay una solución. Tú estás sola y lo que te interesa es ordenar el caos sin que te molesten. Muy bien, pues te trasladaremos a una sharaga(1) y te montaremos un magnífico laboratorio para que puedas trabajar en paz. Tus suegros y cuñados han vivido muy de lejos los sucesos y creerán nuestra versión. Buscaremos una buena excusa para justificar que se les ha notificado tan tarde la defunción. Exigiremos silencio y amenazaremos. Ya está." "¿Y si yo hablo?" "Nos preocupan tus antecedentes anticomunistas y tu actitud antipatriótica, camarada doctora. ¿Qué es el honor de un hombre comparado con la vergüenza de todo un país? Ahora, aunque nos duela tanto, ya nada puede devolver la vida a tu marido. Por tanto, acepta nuestra solución o atente a las consecuencias. Nos apenaría muchísimo que tú o alguno de tus amigos sufriese un desgraciado accidente. Tú eres una científica inteligente, no me obligues a conducirte a la Lubianka".(2) Irina Yurievna Kudasheva estuvo retenida e incomunicada en la sharaga de Irkutsk hasta 1984. Aprovechando un relajamiento del sistema, el 14 de abril huyó con destino a San Petersburgo, para luego refugiarse en Finlandia. Desde entonces reside en una celda del monasterio ruso-ortodoxo de Vanha Valamo, en la Karelia finlandesa occidental.
(1) Una forma especial de gulag o prisión para intelectuales, donde los reclusos trabajan en proyectos de defensa (nota del trad). (2) Nombre con que se conoce popularmente el cuartel general de la KGB (nota del trad).
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