Paula Santiago

Guadalajara, 1969

Se graduó en artes plásticas en la Universidad de Guadalajara, México, después de haber estudiado ingeniería industrial. Tomó clase privada de dibujo y pintura en París, donde además estudiaba lengua y literatura francesa, y allí decidió emprender el camino del arte. Después de una estancia en Londres, regresó a México y se dedicó a estudiar arte precolombino. Cuando finalmente emprendió el camino del arte, declaró que no quería representar imágenes sobre una tela sino trabajar con su propia vida.
Al ser invitada por ArtPace Foundation dejó definitivamente los pinceles y empezó a trabajar con sus manos; se apropió de bordados y encajes que guardaba su familia, objetos en definitiva relacionados con el cuerpo. Paulatinamente pasó a convertir su propio cuerpo en material de arte, a extraer su propia sangre para utilizarla como color, a tomar su propio cabello en lugar de pincel con que dibujar, coser los fragmentos de tela o de papel. Luego abandonó la materia textil para explorar las posibilidades del papel de arroz y de otros materiales de apariencia frágil pero lo suficientemente resistentes. El siguiente paso fue crear obras en tres dimensiones y en su primera exposición en la galería Iturralde de Los Ángeles en 1999 mostró una serie de pequeños trajes que parecían extraídos de un pasado remoto, cada uno en una diferente urna de cristal.
Hemos querido exponer dos obras, Guerrero (1998) y el tríptico Las tres gracias, que datan de esta primera época hoy muy buscada y difícil de obtener. Porque por consejo médico, la artista no pudo seguir pintando su obra con su propia sangre.

Laurel Reuter Entrando en la luz

La artista Paula Santiago fusiona los mundos de la oscuridad y la luz, del tiempo olvidado y hoy, del arte antiguo de las culturas pre-colombinas y el México moderno de hoy, que es el suyo.
Empezó de la forma más corriente. Nacida en 1969, Santiago se crió en Guadalajara, México, se matriculó en ingeniería industrial en la Universidad Panamericana cerca de casa. Fue buena alumna pero la ingeniería no le satisfacía. A los 21 años partió hacia París. Sería artista.
Recibió lecciones particulares de dibujo y pintura; estudió la lengua francesa y su literatura en la Sorbona; frecuentaba los museos. Se trasladó a Londres donde trabajaba en el estudio de un artista, y una vez más, frecuentaba los museos. Volvió a México y se matriculó en más clases de arte, y se sumergió en el arte primitivo de Meso América: el arte pre-colombino de los Olmec, los primeros Maya, los Toltec, los Mixteca, y las culturas Aztecas. Daba la impresión de que buscaba su sitio legítimo.
A la edad de 23 años Paula Santiago dejó la pintura; no quería crear imágenes en un lienzo que servirían para representar algo. Necesitaba trabajar por sí misma, empezar a crear desde su interior. “No quería trabajar con conceptos; quería trabajar con mi vida.”
Sólo tenía 27 años cuando ganó una plaza de alumna residente en la ArtPace Foundation for Contemporary Art en San Antonio, Tejas. Y luchaba tenazmente por encontrar su propia voz.
Habiendo abandonado la pintura, Santiago volvió a crear arte con sus propias manos al bordado, una actividad rescatada de su niñez. Para su exhibición en la ArtPace se hizo con los tesoros familiares realizados por su tía Lupita, quien, 80 años antes, había pasado las horas bordando un surtido de preciosos pañuelos blanco sobre blanco. Santiago los convirtió en sus lienzos y con puntadas diminutas impartió nuevos significados a las superficies antiguas. Ocasionalmente añadía pequeñas semillas decoradas con apliques, las cuales con el tiempo mancharían la tela adyacente con variaciones sutiles de color.
El viaje interior de Paula Santiago empezó en San Antonio y duraría los siguientes cinco años de su vida. Incluso los materiales que empleaba llegaron a ser profundamente personales. Empezó a extraer su propia sangre, manchando las superficies con ella. La sangre venosa, privada del oxígeno que encuentra en su viaje por el cuerpo humano, aparenta un color rojizo que el tiempo convierte en tonos marrón y beige, como los de la tierra. Dejando a un lado los hilos de seda tradicionales del bordado incorporó el uso del cabello humano, el suyo propio, el de su abuela y el de sus amigos. El pelo se convirtió en su hilo unificador, su forma de unir partes dispares. Lo encontró enigmático, protegía el cuerpo a la vez que se alejaba de él mientras crecía. Además, dado que el cabello contiene la memoria del pasado del cuerpo, podía hacer referencia al paso del tiempo.
Abandonó la tela como base estructural de su arte y empezó a trabajar con la cera y el papel de arroz, materiales engañosos ya que aparentan ser frágiles pero en realidad son fuertes y resistentes. Dado que los dos materiales pueden ser transparentes u opacos tanto el uno como el otro representan ideas de mayor importancia del saber y del no saber, de buscar lo oculto y de ocultar lo visible. Al principio Santiago trabajaba en una sola dimensión, sin embargo la artista aclara, “Necesitaba añadir más volumen. Necesitaba más de una capa.” De la misma manera que sus materiales servían de metáfora para el tiempo recubierto de otra capa de tiempo, necesitaba construir imágenes esculturales, capa a capa.
En el año 1999 cuando Santiago inauguró su exhibición en solitario en la Galería Iturralde de Los Ángeles ya había alcanzado su plena madurez artística. Había aprendido a crear conjuntos de obras con cada pieza terminada formando un fragmento de una totalidad. Dar nombre a esta totalidad resultó ser tan difícil como era dar nombre a las piezas individuales. A su primera exhibición en la Iturralde la llamó Moan, la palabra maya para el pájaro que vuela más alto en todo el mundo. Poca gente ha visto este pájaro ya que vive por encima de las nubes, muy cerca del cielo. Aquellos que sí lo han visto dicen que se parece a un quetzal, tan hermoso que se asemeja a la luz en sí misma. El título que la artista ha dado a esta exhibición actual es Septum, palabra del latín que significa la membrana impermeable que separa y entra en contacto con las dos cámaras del corazón y que sólo se desarrolla cuando nacemos y la sangre empieza a correr por los canales normales del corazón.
Moan fue una exhibición oscura e inquietante que hirió la sensibilidad de muchos visitantes. La galería se llenó de mostradores de cristal, cada uno con una prenda pequeña que algún ser desconocido hubiera podido vestir en un sueño remoto. Algunas llevaban paquetes; todas estaban hechas de cabello y sangre, de papel de arroz japonés y papel de malla. El sentimiento de ausencia fue palpable. Era como si todos los que hubieran importado realmente de alguna forma u otra hubieran partido hace mucho tiempo dejando atrás una tierra vacía. Sólo permanecería su esencia espiritual. Dice la artista, “Quiero que mi obra aparezca como pendiente, inacabada. Quiero que mi obra esté en movimiento, que dé la idea de lo fugaz del conocimiento, del saber. La exhibición viajó al Museo de Arte de North Dakota en Grand Forks y entre el público había visitantes que se quedaron parados en la entrada, incómodos, reacios a entrar, conscientes de la oscuridad que albergaba la sala. De la misma manera que la verdadera poesía puede comunicarse antes de que se la entienda, se puede sentir la inquietante presencia espiritual en el arte de Santiago mucho antes de que se pueda explicar. Tal como ocurre con el arte azteca antiguo, el espectador intuye una violencia subyacente que no le atrae. Para crear Moan la artista hizo un viaje al borde de un abismo personal solitario y privado. Su arte presenta marcas visibles de aquel viaje. No obstante, como ha escrito el poeta Theodore Roethke, “En tiempos de oscuridad, el ojo empieza a ver”.
Poco tiempo después a Paula Santiago se le descubrió un melanoma en su brazo derecho calcinado por el sol. De forma casi milagrosa su vida cambió de rumbo: hacia la luz, hacia la salud.
Nunca más extraería su propia sangre. Al contrario, reunió los dibujos hechos con sangre en papel de arroz que aún le quedaban y los cubrió de capas finas de cera de abejas traslúcida. Los cortó en tiras finísimas y tejió membranas delicadas con las tiras. Construyó otros fragmentos de cera, formas que surgían de su viaje particular de pasos perdidos a la profundidad de su vida interior, formas vacías que se asemejaban a escudos, pieles, armaduras y fundas para seres ausentes. De forma gradual las partes se unieron en forma de pequeñas esculturas de cera, cada una colocada, acompañada de una bocanada de aire, en un reluciente mostrador de cristal. El cristal no sólo es un elemento sutilmente reflectante, sino que además da un aspecto más frío a la cera amarilla a la vez que resalta el rojo de la sangre que se encuentra enterrada en la cera de color más pálido.
Estas formas flotantes nos remiten a memorias fugaces de las esculturas de hueso de los esquimales, las máscaras del mar de Bering, una figura griega, un pájaro egipcio o una serpiente azteca. Encapsulados en cristal estos objetos misteriosos son los parientes vivientes del arte eterno de culturas anteriores. Es como si tanto la artista como su arte se hubieran alimentado de Xipe-Totec, el Dios mesoamericano de la primavera. Cargado del espíritu del renacimiento y la renovación, un curandero potentísimo —sobre todo de los ojos— viste la piel de otro, producto de un sacrificio ritual.
Aun cuando se encontraba emocionalmente vulnerable y físicamente frágil, y antes de que su obra actual existiera, Santiago viajó a la India. Allí aprendió que podía “encender una luz dentro”, que podía construir un hogar interior para ella misma. Entonces, mientras visitaba Tenochtitlan en el corazón mismo de la moderna Ciudad de México, tropezó con dos guardianes del Templo Mayor. Incrustados en la piedra o quizás saliendo de la piedra, sus pechos se cubrían de fragmentos de piedra. Aquellas pepitas de ideas.



PAULA SANTIAGO GUERRERO 1998
Papel de arroz, sangre y cabello humano, 85 x 55 x 20 cm.
Colección Galería Iturralde, Los Ángeles



PAULA SANTIAGO LAS TRES GRACIAS (TRIPTICO, DETALLE) 1995
Papel de arroz y cabello tejido 32 x 28 x 5 cm.
Colección Claudia y Adrián Guerra, México



PAULA SANTIAGO LAS TRES GRACIAS (TRIPTICO) 1995
Papel de arroz y cabello tejido 32 x 28 x 5 cm.
Colección Claudia y Adrián Guerra, México