Víctor Pimstein Ratinoff

México D. F., 1962

La obra de este pintor parte de su reflexión sobre lo que observa en su entorno y que, debidamente elaborado en un diálogo consigo mismo, da origen a una serie pictórica completa sumamente personal alrededor de un tema, como por ejemplo la que dedicó a Vermeer de Delft.
Después de estudiar arquitectura en Harvard, literatura comparada en la Columbia University de Nueva York, cine y televisión en la Syracuse University, en 1989 fijó su residencia en Barcelona donde todavía vive y donde expone regularmente. Ha definido así su sentimiento nómada: “Cuando uno se ha trasladado de lugar en lugar, de lengua en lengua y de cultura en cultura durante tantas generaciones, la antigua y natural continuidad entre identidad personal y social queda inmediatamente fracturada. El territorio físico y simbólico deja de aparecer como si fuera una extensión natural de nuestro propio ser, esta fractura saca a la luz la artificialidad e intencionalidad que existen tras la construcción del paisaje”.
Hay que buscar en esta declaración del pintor el sentido de la pintura fracturada que presenta en esta exposición y que entiende el paisaje no como una contemplación sino como una relación entre el pintor y el lugar, en la que su yo se enriquece y se modifica en un contexto que va más allá de los límites de la experiencia directa. Y declara: “Aparecían los saturados azules y turquesas de las tarjetas postales al tratar de imaginar un paisaje primordial y se me presentaban las imágenes de las películas del Oeste, un desierto rodeado de las ruinas de una peculiar geografía topografía cuando pensaba en un paisaje épico. Pensar en la generosidad y benevolencia de la tierra, me traía fragmentos de cerámicas, de textiles pastorales y decorativas. Estas imágenes son mi bandera y mi país. A pesar de todos los lugares vistos y oídos no he conocido ningún cielo tan azul, ningún mar tan transparente, ningún rincón más entero y perfecto que los que hallo brillante, como un esmalte bizantino, en una tarjeta postal de un lugar de vacaciones cualquiera”.

Víctor Pimstein Ratinoff Esencia

A diferencia de las imágenes pálidas que generalmente llamamos “recuerdo”, hay momentos privilegiados en que un perfume, una esencia, nos asalta por sorpresa, arrancándonos violentamente del lugar y el tiempo que ocupamos para transportarnos a un lugar escondido, a un tiempo olvidado. La experiencia nos sacude con la intensidad de una tormenta y agita en el aire ante y dentro de nosotros los fantasmas de una habitación perdida, de una voz, de la luz que ilumina otros rostros, de un aire distinto.

Así, por un instante, tenemos el privilegio de vivir simultáneamente en tiempos distintos, de ocupar varios lugares a la vez. Desafiamos la tiranía del presente que nos encadena día tras día y lo relegamos a su justa importancia en el continuo tránsito del vivir: la de convertir nuestro deseo en memoria y nuestro anhelo en nostalgia e imaginación.

Durante esos momentos la vida se despliega en dimensiones y progresiones simultáneas y contradictorias. Somos simultáneamente un fuimos y un seremos. El presente se convierte en el cuerpo del tiempo, en la superficie tensa y vibrante en que convergen los reflejos de la luz cambiante de los cielos y la luz densa que empuja desde las profundidades. En ese instante, el mundo adquiere una corporeidad tan exultante y rica, tan detallada y precisa que al pasar nos deja como náufragos, sorprendidos de encontrarnos aún con vida sobre la misma orilla donde estábamos al partir.

La esencia, intensa, pasajera y volátil, que desencadenó la tormenta, no es sino la llave de acceso a nuestra memoria, al territorio más íntimo de nuestra imaginación. La memoria se sirve de esa esencia para lograr hacerse presente, así como un espíritu puede servirse de cualquier cuerpo para manifestarse, dejándonos al desvanecerse el gusto amargo y pleno de nuestra propia mortalidad.

Busco que mis cuadros sean eso: caminos de acceso a la materialidad del tiempo. Quisiera que fueran capaces de extinguirse en el momento de ser vistos, así como ese perfume que parece desvanecerse, mientras realmente se ramifica a oscuras, trabajando la profundidad de nuestra memoria.

Como un perfumista, el abstractor de la alquimia medieval, busco destilar esencias, encontrar lo que hay de más puro, más permanente en las cosas, el principio que las define y que se me escapa una y otra vez. Destilar es hacer violencia a la integridad del mundo material, a la aparente integridad de la memoria, es fragmentarlo usando la fuerza, es una forma de crueldad que renuncia al todo en el intento de apoderarse de esa partícula densa y volátil en que reside el secreto de su ser y su verdad última.

Espero que mis cuadros sean inquietantes como un déjà-vu, y que con una violencia contenida asalten a quien los mira, obligándole a buscar dentro de sí el lugar preciso que reclaman. Que sean de quien, al verlos, los hiciese tan suyos que sintiese que el pintor ha sido tan sólo el instrumento de quien él, como espectador, se ha servido para acceder a su propia visión.



VICTOR PIMSTEIN DE LA SERIE RIO Y MONTAÑAS 2002
Óleo sobre tabla, 96 x 127 cm.



VICTOR PIMSTEIN SERIE VALLE 2001 - 2003
Óleo sobre tabla, diez piezas de diferentes tamaños, entre 45,5 x 45,5 cm. y 23 x 23 cm. con una longitud total de 450 cm.



VICTOR PIMSTEIN SERIE PLAYAS 2001 - 2003
Óleo sobre tabla, quince piezas de diferentes tamaños, entre 13,5 x 23 cm. y 15,5 x 23 cm. con una longitud total de 362 cm.