Thomas Glassford

Laredo, 1963

Formado en la Universidad de Texas, llegó a México en 1990, integrándose de inmediato en el ámbito del arte emergente mexicano. Sus primeros paisajes de un colorido sordo, hechos de material deleznable, de papel, piel acharolada, plástico, etc., no propiamente enmarcados sino estirados mediante un dispositivo de tensores metálicos industriales, incorporaban elementos insólitos como cremalleras, hebillas, broches, como en una paráfrasis del arte povera. Ello pareció marcar su trayectoria posterior en la que iba a manejar toda suerte de objetos y materiales de producción industrial en una crítica velada del minimalismo.
En Autogoles, dispuso espejos murales susceptibles de incorporar al público a la obra a la vez que en un vídeo él mismo se contemplaba en el espejo y lo besaba, para denunciar el narcisismo del artista. Sus piezas en tres dimensiones se sitúan entre una simbología fría e inquietante y un erotismo voluptuoso. Ha presentado tanto piezas antisépticas ortogonales y metálicas como otras que denuncian una preocupación por poner de relieve la línea curva, las superficies redondeadas, los volúmenes esféricos.
Las obras con que le representamos, toda ellas recientemente salidas de su taller, son exponente de una tendencia a ironizar sobre la supuesta perfección del minimalismo, logrando producir, a partir de materiales “fríos” como el aluminio, el metal dorado, el espejo o la luz fluorescente, una sensación emotiva y cálida. Tanto en piezas como Partitura de 2002 como en otras de este mismo 2003, Tower, 9 Slat Tall y Aster 140.

Thomas Glassford Ciudad de México. Torre de los Vientos. Galería OMR

La eliminación de consideraciones de gusto era un objetivo común durante la edad de oro del arte minimalista y conceptualista. El propósito era lograr desvincular el arte, tanto de la frivolidad del Pop como de la hipocresía burguesa. Por eso es irónico que en esta última década el look minimalista / conceptualista haya gozado de una popularidad cada vez mayor y haya engendrado un mercado floreciente. Y dicho look se ha convertido en el estándar del buen gusto inteligente, elegante y sano.
Esta serie de hechos se hace patente en la reciente obra del artista, nacido en Laredo (Tejas), Thomas Glassford. Glassford ha explorado el potencial funcional de la escultura desde que se trasladó a la Ciudad de México a principios de los noventa. Durante años empleaba calabazas secas para crear ensamblajes barrocos, sexualmente provocativos, incorporándolas a otomanas, espejos, luces de arañas y piezas de joyería. Ahora las resonancias simbólicas que dieron impulso a su obra anterior han sido superadas por intereses de eficacia óptica. La forma en que maneja los tubos fluorescentes, la moldura del aluminio y el plexiglás quizás nos recuerde a Dan Flavin, Donald Judd o Laddie John Dill. Sin embargo, en la recreación de Glassford el objeto específico se convierte, de forma deliberada, en un elemento decorativo al que no le importa ser considerado una mercancía.
La primera de las nuevas luces de araña en forma de estrella de Glassford fue creada para el interior de un zigurat construido para las Olimpiadas de 1968 por Gonzalo Fonseca (recientemente reformado para albergar proyectos contemporáneos). Las treintas luces fluorescentes del Aster 500 (Explosión 500; todas obras de 2001) están unidas de forma concéntrica por una base esférica. El descomunal artilugio estelar transforma los tubos, en otras ocasiones claramente humildes, en delicadas luminarias axiales, llenando la sala de forma cónica con una luz de otro mundo, a la vez fría y aplanante, produciendo una sensación de lujo excesivo que enmascara su utilización diaria en oficinas y tiendas. Una luz de araña fluorescente más pequeña, Aster 250, adornaba el vestíbulo estilo finales de siglo de la Galería OMR. Decir que era preciosa no es un cumplido de naturaleza superflua, sirve para confirmar que, desde la perspectiva post-minimalista de Glassford, estaba cumpliendo su función.
Otra estrategia para extraer belleza de elementos de mal gusto se presenta en las Partituras de Glassford, ensamblajes rectangulares monocromáticos que a efectos prácticos funcionan como pinturas. Las superficies están compuestas de una serie de motivos verticales formados por tiras de molduras de aluminio. Estas grandes topografías geométricas (picos, valles, cañones, estepas) acentúan la interacción del metal con la luz ambiental, sea natural o sea artificial. El brillo y la sombra se transforman en graduaciones rítmicas de color, saturación y tono, de tal forma que estas cualidades visuales parecen estar totalmente separadas de su soporte metálico. Este hecho no es un simple ejercicio de la psicología de la percepción. De repente, los acabados despreciables de color bronce y plateado del aluminio anodizado se convierten en el soporte de un fenómeno óptico, igual que ocurre con piezas similares realizadas en burdeos aristocrático hecho por encargo y en un acabado color rosa kitsch. No obstante, la forma en que Glassford entiende la perspectiva minimalista, sazonada con Op y guarnecida con un poco de Pop, nunca depende de la pirotecnia a nivel técnico o de la indiferencia fingida. Al contrario, es de una elegancia total de principio a fin.
Quizás la prueba final para el arte que coquetea con la decoración (desde Klimt a Matisse y Pardo) es asegurarse de sus virtudes, de la misma forma que lo hace todo “buen arte” al final, a pesar de lo haga con buen gusto. La obra de Glassford encierra un riesgo distinto: cuando nuestra debilidad para el look minimalista / conceptualista haya recorrido su camino, puede que sus méritos artísticos más sutiles pasen inadvertidos. Pero incluso en este caso seguiría siendo bella.



THOMAS GLASSFORD 7 SLAT MIRROR 2001
Acrílico y aluminio anodizado, 120 x 150 x 11 cm.
Galería OMR, México



THOMAS GLASSFORD ASTER 140 2001
Luz fluorescente y cromo sobre metal, 140 cm. de diámetro
Galería OMR, México



THOMAS GLASSFORD 39 PSIOS DE AMOR UTOPICO 2002
Aluminio anodizado y platos de melamina, 238 x 50 x 44 cm.
Galería OMR, México