Maria Lluïsa Borràs México, identidad y ruptura

Tras una generación que se esforzó por liberarse del estereotipo mexicano tradicional, tan indeleblemente marcado por el muralismo, por artistas como Rivera, Orozco, Tamayo o Siqueiros, considerados poco más que héroes, en los años sesenta aparecía la generación de “la ruptura” que rompía con la tradición e introducía en el país el expresionismo abstracto.

Veinte años después, a finales de la década de los años ochenta, el arte de México volvía a gozar de una fama perdida desde los días del muralismo y, en coincidencia con la elaboración del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos que se cerraría en 1992, se vieron grandes exposiciones en un ámbito internacional. En 1990 el Metropolitan de Nueva York presentó una magna exposición que abarcaba desde el arte precolombino hasta la modernidad, París descubre a Frida Kahlo y el Grand Palais reunía lo mejor del arte maya y azteca, mientras la Feria del Libro de Frankfurt en 1992 rendía homenaje a la literatura mexicana.

La de los años ochenta era una pintura realista que, recuperando los símbolos autóctonos, históricos y religiosos tradicionales, conformó una tendencia que Teresa Conde bautizó con el término controvertido de neomexicanismo. Aquella pintura que rayaba en el kitsch, anclada en la cultura popular, con resabios pseudosurrealistas y una nostalgia retro, representaba la exaltación del nacionalismo mexicano. Como era de esperar, su exotismo fácil le ganó un éxito comercial inmediato y fue debidamente exportada. A los Estados Unidos pero también a Europa. Basta recordar que a España llegó, aureolada como el resurgir del México de siempre, en sucesivas ediciones de ARCO.

Aquella figuración autocomplaciente tuvo la virtud, sin embargo, de provocar el rechazo de un sector importante de la nueva generación de artistas mexicanos, entonces muy jóvenes que, sin formar un grupo ni representar una tendencia u opción determinada, se vieron forzados a buscar una alternativa que los distanciara. Empezaron por poner en cuestión el mercado y el sistema establecido, buscando espacios alternativos, distintos de las galerías, y acabaron por analizar la verdadera función del arte de su tiempo, a la vez que rechazaban ciertas tendencias globalizadoras o de “modernidad” internacional para plantear en cambio las cuestiones que les preocupaban como la identidad y la memoria, cuál era la identidad que debían construir, cómo avanzar hasta conseguir un cambio radical y qué rupturas debían llevar a cabo.

Las opciones no fueron uniformes, puesto que ni los intereses ni la problemática eran los mismos para todos ellos, de modo que sus respuestas acusaron gran diversidad, tanto desde el punto de vista del lenguaje, como de la estrategia o la metodología ya que abarcó desde la vía programática a la intuitiva. No puede decirse, desde luego, que la razón de la postura radical de los jóvenes artistas estuviera basada exclusivamente en el rechazo de una pintura de éxito. La situación con que se enfrentaban los jóvenes era mucho más compleja. México era entonces una ciudad de dimensiones gigantescas que cubría una superficie que rondaba el millón y medio de metros cuadrados, atravesada por numerosas avenidas que superaban a veces los 40 km. de longitud habitada por dieciocho millones de personas. Las contradicciones internas eran inmensas: las mayores fortunas, pocas y conocidas, frente a miles de ciudadanos que vivían en el umbral de la miseria; arquitecturas brillantes e innovadoras frente a barrios insalubres; los más exclusivos automóviles frente al metro y los autobuses, siempre llenos a rebosar, además de ser una metrópoli con un índice de violencia tan elevado que contaba con una red de seguridad privada de las mejores del mundo.

Nada tan estimulante para la creación como vivir en la contradicción, la desmesura y la diferencia. Parece impensable que el trabajo de un artista sea totalmente ajeno a su entorno y más en el caso de una urbe que genera notables oleadas de antiglobalización y rebeldía. No es probable pues que el artista mexicano de las últimas generaciones fuera indiferente a un entorno tan excepcional, aunque las reacciones podían variar mucho de uno a otro artista. Los diez artistas de esta exposición son originarios de México D. F., con la excepción de Thomas Glassford y Gerardo Suter que desde luego viven y trabajan en aquella ciudad.

Otro factor a tener en cuenta fue el intercambio renovador que representó la llegada a México de una serie de artistas extranjeros en coincidencia con el regreso de varios mexicanos que, tras cursar estudios de arte en Nueva York, en Los Ángeles, en Londres, en París o en Madrid, se proponían desarrollar su actividad artística en México. Tal era el caso del belga Francis Alÿs, del español Santiago Sierra, de la británica Smith o del estadounidense Thomas Glassford. Entre los que se incorporaban, precisamente entonces, al panorama artístico de su país de origen, Mónica Castillo, Silvia Gruner o Gabriel Orozco. El caso de Víctor Pimstein es distinto. Salió de México a los 23 años para estudiar en Harvard pero no regresó a México en los años noventa como los demás, sino que asumiendo su desarraigo se instaló en Barcelona donde reside.

A todos ellos les unía entonces su marginalidad, la indiferencia general con que era acogida su obra, así como su postura de espaldas a la infraestructura cultural de nacionalismo extremo, orientada al mercado, ciega a las diversas subculturas y prácticas marginales eclécticas que eran las que ellos, entonces muy jóvenes, valiéndose, de medios alternativos, del vídeo, la fotografía, la instalación o la performance, realizaban. La carencia de espacios donde poder desarrollarlas o mostrarlas les llevó a buscar sus propios lugares de reunión y de trabajo en almacenes, garajes y locales desafectados, donde también exponían su obra al público, organizaban fiestas y conciertos, además de crear una dinámica social y propagar un modo de vida heterodoxo, así como el intercambio con otros países y culturas, cosas que en la infraestructura rígida existente no tenían cabida. La nueva generación promovió pues espacios propios, idóneos para aquellas prácticas artísticas innovadoras, espacios alternativos que aparecían por primera vez en el país y que pronto se convirtieron en nuevos lugares de encuentro enormemente frecuentados. Algunos de ellos, resistiendo al tiempo y a las transformaciones de toda índole, todavía subsisten.

En los últimos años aquella iniciativa en un principio espontánea y marginal ha pasado a ser un nuevo patrimonio del país y se halla en el origen de la aportación, tremendamente sólida, de aquellos artistas al arte occidental de nuestros días, representados muchos de ellos por galerías de ámbito internacional. Una aportación que se define en su diversidad por su carácter cosmopolita y por proponer una reflexión sobre los desafíos, tensiones y dilemas como los que caben entre individualismo o globalización, memoria o ruptura. La exposición reúne algunos ejemplos de ello, advirtiendo que no busca descubrir nuevos valores sino resumir brevemente un panorama, que incluye algunos de los artistas que figuraron en la exposición itinerante “Punto de partida” de 1997 que viajó a los estados de Ohio, Texas, Filadelfia y Carolina del Norte, entre otros, y que representó el espaldarazo internacional. Son Mónica Castillo, Yishai Jusidman, Gerardo Suter y Boris Viskin.

Hay que advertir de entrada que las prácticas experimentales no desterraron la pintura sino que por el contrario la invitaron a dar un giro considerable que situó a una serie de pintores, desde el mismo inicio, en un brillante plano internacional y que representamos aquí con Yishai Jusidman, Víctor Pimstein y Boris Viskin.

Jusidman, del que Osvaldo Sánchez pudo decir que era uno de los pocos artistas conceptuales que trabaja la pintura considerando que “la ilusión estética era el tema real de sus cuadros” ha proseguido una carrera coherente en varias etapas sucesivas que ha venido desarrollando entorno a problemas pictóricos fundamentales, siendo la titulada Narciso, que le representa aquí, una de las últimas. Víctor Pimstein es el pintor de la fractura y la memoria no vivida sino representada en este caso el paisaje, no tomado del natural sino de una carta postal. Boris Viskin, pintor del desarraigo, recurre a una pintura matérica para evocar la memoria y a la tradición: a medio camino entre la realidad y la abstracción propone una pintura matérica con la que alude al “petate” o alfombra que tendida directamente sobre el suelo se usa en lugar del colchón en climas demasiado cálidos.

Otros artistas inciden en las preocupaciones y temáticas más actuales y universales. Como la ecología, que es centro de interés de Yolanda Gutiérrez, que sabe dar a los elementos del mundo natural un sentido a la vez reivindicativo y poético. Laura Anderson Barbata, atenta también de la ecología, enriquece el carácter poético y reivindicativo de sus planteamientos con la evocación de lenguajes y etnologías primitivas en vías de desaparición.

La fotografía está representada por la crónica y la denuncia de la realidad que viene haciendo Maya Goded, con un trabajo en diferentes series sobre la mujer en México. Ofrece por primera vez la que dedica a las “enyesadas”. En el otro extremo de la fotografía se sitúa el trabajo eminentemente estético y simbólico de Gerardo Suter que basa por lo general sobre la memoria y el país.

Mónica Castillo es una artista que indaga sobre la memoria y la identidad y que ha logrado una larga serie llena de interés en torno de su rostro y de su persona, buscando en su memoria la propia identidad.

Paula Santiago lleva a cabo también una investigación sobre su identidad llevando el rigor al extremo, valiéndose de su cabello y de su sangre para trabajar sobre telas y encajes antiguos con una poética en la que lo tradicional enlaza con la modernidad.

Thomas Glassford es un creador de objetos inquietantes que pueden oscilar entre la frialdad y el erotismo, siempre sobre la memoria y la evocación de la experiencia vivida.
Las últimas generaciones han aportado tan gran cantidad de artistas de interés que proceder a una selección de sólo diez de ellos ha sido ardua tarea. Son, finalmente: Laura Anderson Barbata (1958), Mónica Castillo (1961), Thomas Glassford (1963), Yolanda Gutiérrez (1970), Maya Goded (1967), Yishai Jusidman (1963), Víctor Pimstein (1962), Paula Santiago (1969), Gerardo Suter (1957) y Boris Viskin (1960). Nos hemos propuesto simplemente representar con sus obras un amplio abanico de opciones, de la pintura a la performance, con el que brindar una primera aproximación al arte actual mexicano.

M. LL. B.