ExposiciónLuis Fernández, Oviedo 1900, Inauguración: Fundación Telefónica Del 27 de abril CatálogoComisario: Con textos de Ana C. Más, Luis Feás, Valeriano Bozal y Francisco Jarauta. Ilustraciones en color Castellano 606 páginas Precio 5.000 Ptas. ISBN 84-89884-13-7
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Luis Fernández,
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El interés de Telefónica por Luis Fernández no es nuevo. A raíz de la exposición presentada en 1984 en Madrid por la Fundación Banco Exterior de España, inició la adquisición de la obra del artista y hoy en día posee un importante número de cuadros que se han expuesto tanto en Madrid como en distintas ciudades españolas, europeas e iberoamericanas.
Asimismo, coincidiendo con la muestra que se va a presentar, la Fundación Telefónica ha elaborado y editado la Primera Catálogación de la Obra de Luis Fernández, junto al trabajo de investigación llevado a cabo por Ana C. Más Hernández. Éste supone una recopilación de casi 300 fichas razonadas, sobre la obra del autor que se encuentran dispersas por Europa y Estados Unidos, y principalmente en colecciones privadas.
La muestra ha sido presentada en las últimas semanas en la ciudad natal del pintor, Oviedo, a iniciativa de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo, Cajastur y el Principado de Asturias, y la Fundación Telefónica.
PARÍS: ENTRE LA ABSTRACCIÓN Y EL SURREALISMO EL ACERCAMIENTO A PICASSO UN ESTILO PROPIO
Luis Fernández tomó contacto en París, en los años 20, con las dos corrientes de vanguardia que en ese momento dominaban el panorama pictórico: la Abstracción Geométrica y el Surrealismo de Bretón, dos movimientos opuestos pero al mismo tiempo complementarios. También se relaciona con el cubismo tardío sostenido por Braque, Picasso y Gris, tendente a la abstracción que les lleva a una simplificación de los medios plásticos y a una reducción de lo visible en mínima expresión de signos. En esta primera época, recibe también influencias de otras corrientes efímeras como el purismo de Le Corbusier o el neoplasticismo de Piet Mondrian.
A mitad de los años 30, Luis Fernández abandona definitivamente la abstracción y recupera la forma a través del Surrealismo. En estas fechas, tres acontecimientos influyen de forma directa en su obra: su incorporación al surrealismo, su amistad con Picasso y la guerra civil española. En 1936, participa en la exposición Arte fantástico. Dadá y Surrealismo, organizada por el MOMA de Nueva York, mostrando en sus obras una visión deformada salvaje y violenta, tanto en sus temas como en la utilización del color, observará el mundo a través de la anamorfosis.
Con las tauromaquias, de inspiración picassiana, y las cabezas de animales muertos comienza el pintor un ciclo de obras en las que persigue la vinculación con lo telúrico que le conduce a la asimilación de la realidad y el sueño, de la unión de la materia y la imaginación. Sus recreaciones monstruosas de la anatomía humana, reflejan su vinculación con el expresionismo alemán. El tema sexual lo aborda abiertamente presentándonos su faceta más provocativa.
Hacia 1940 Luis Fernández ha roto casi definitivamente con el Surrealismo y su obra se acerca más libremente a la de Picasso. En esta época su obra cobra un fuerte dramatismo, de intensa expresividad rayana en la violencia, con tintes barrocos en sus luces dirigidas, de fuertes contraste lumínicos, y en su búsqueda de efectos teatrales tan del gusto de la época. Su dimensión trágica, debe también imputarse a la influencia de la Guerra Civil española.
A mitad de los años 40, Luis Fernández se aleja definitivamente de la influencia de Picasso, dejando la tensión y la violencia contenida que aparecía en obras anteriores, para ir realizando representaciones cada vez más serenas, con pinceladas bien definidas y colores más ricos en matices. Definitivamente se aleja del expresionismo, impuesto de alguna forma por su devoción hacia Picasso, para entrar definitivamente en una etapa más personal.
A partir de ahora los pequeños objetos van tomando posiciones más firmes y protagonistas, y pasarán a componer sus naturalezas muertas, tan definidoras del espíritu creativo del pintor.
Paralelamente, su lentitud en el trabajo se acentúa cada vez más creando a su alrededor esa estela de misterio, de pintor solitario y eremita que le ha dado fama. Luis Fernández, recluido en su pequeño taller, comienza a independizarse de las lecciones anteriormente aprendidas y su obra se vuelve cada vez más intimista, más personal, reconocida sólo por un número restringido de amigos, pero olvidada por la crítica.
En estos años es cuando comienza a trabajar dentro de una línea cada vez más personal, en la búsqueda de un estilo propio, llevando a cabo un trabajo metódico, casi preciosista, elaborando bocetos previos a la creación, para posteriormente aplicar el color, según nos lo muestra en su escrito, Etapas del nacimiento del cuadro.
En esta etapa, prosigue sus investigaciones del color y la luz a través de sus naturalezas muertas, a veces en forzadas representaciones geométricas y otras en bodegones dentro de la más pura tradición naturalista. Realiza también, una serie de obras marcadas por la técnica postcubista, investigando en una serie de retratos, paisajes y naturalezas muertas.
En 1950 consigue realizar su primera exposición individual, la muestra tuvo lugar en la Galería Pierre de París en la que se plantea por primera vez el sentimiento místico, la idea religiosa y el carácter sagrado de las cosas sobre las cuales el creador hace caer la luz de su espíritu. Un año después María Zambrano escribe un artículo muy bello en el que manifiesta que el pintor somete su obra a un silencio lindante con lo absoluto, capaz de cambiar los objetos cotidianos que pueblan sus cuadros en elementos sacralizados.
Liberado de toda la tensión exterior, se encierra en un mundo propio, atento sólo a aquello que la reflexión sobre su propia creación artística le sugiere. Luis Fernández que se había integrado en la masonería en 1927, retoma los análisis teóricos de sus primeros años, y los pone en práctica en sus series de cráneos y rosas que simbolizan el mundo iniciático, saciando su deseo de profundizar en la pintura pura y llegar a los elementos vitales del cuadro: la forma y el color. Su pertenencia a la masonería que fundamenta ideológicamente toda su obra, se aprecia de manera especial en su obsesiva dedicación al aprendizaje del oficio, al que dedicó buena parte de su tiempo.
A partir de 1954, fecha en la que fallece su mujer, su interés se centra en las marinas, iniciando una nueva serie en la que utiliza una pincelada cada vez más sutil, más leve, con una técnica transparente y delicada. Todo queda resuelto en leves manchas de color, que caracterizan su obra de madurez. Así mismo dedica su trabajo al estudio de algunos animales a los que convertirá en protagonistas de sus nuevas series, las palomas, que representan la espiritualidad y el poder de sublimación así como el caballo y el conejo.
En 1956 tiene lugar una segunda exposición individual en la Galería Cahiers dArt, que tuvo una importante repercusión incluso en España, donde por primera vez se habla de su obra. De 1963 a 1966, Fernández repetirá incansablemente el mismo esquema compositivo de la que será su serie más numerosa: dos palomas posadas sobre una superficie se buscan en lo que parece un juego amoroso. En 1965, consigue su tercera exposición individual en la Galería Galatea de Turín y más tarde en Roma, Nueva York y Madrid.
Un año antes de su muerte, recibe un homenaje tardío del Estado francés, que organiza una exposición retrospectiva en el Centro Nacional de Arte Contemporáneo, CNAC, con un total de 89 de sus obras. Fallece al año siguiente en París sin haber sido reconocido en su propio país.

Información Prensa: Obdulio Martín Bernal (e-m: obdulio.martinbernal@telefonica.es; Tel. 915848996; Fax: 915840697) y Carmen Mañueco (e-m: carmen.manuecogrinda@telefonica.es; Tel. 915840424; Fax: 915323287)