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De 1900 a 1924:
Primeros años en Oviedo, Barcelona y París


Luis Fernández nace el 17 de abril de 1900 en el número 14 de la céntrica calle Fruela de Oviedo. Esta fecha, recogida en su partida de bautismo, parece más probable que la del 29 de abril del mismo año, fecha que normalmente aparece en sus biografías y que en realidad hace referencia al día en que fue inscrito en el Registro Civil 1. Su padre, Enrique Fernández, catedrático de matemáticas en la Universidad de Oviedo, era oriundo de Logroño. Su madre, María Cristina López, había nacido en Málaga. El pintor fue el tercero de los cuatro hijos que tuvo el matrimonio.

Parece que desde sus primeros años demostró una clara inclinación hacia la pintura. Se recoge con frecuencia la anécdota de un posible cuadro realizado por el pintor con tan sólo un año y él mismo contará en diversas ocasiones cómo, con seis años, consiguió que finalmente su padre lo inscribiera en unas clases de dibujo, actividad que abandonó al no poder realizar las tareas que se le exigían. Luis Fernández, recordando este período confiesa que: «la cosa me pareció tan difícil que me dije que yo nunca llegaría a ser pintor. Desanimado, no quise volver a esa escuela, donde no estuve más que un solo día» 2. Este nivel de autoexigencia lo arrastrará Luis Fernández toda su vida hasta convertirlo en el pintor minucioso y extremadamante lento de sus años de madurez.

Viendo el entusiasmo de su hijo hacia la pintura, don Enrique Fernández lo lleva a conocer el Museo del Prado, visita que le provoca al pintor una intensa emoción y le hace exclamar: «Si no ha visitado nunca el Prado, le será muy difícil saber hasta donde puede llegar la pintura» 3. También de esta temprana época recuerda su afición a acompañar a su padre a la Universidad y recrearse en la contemplación «de un cuadro muy grande y muy oscuro que a mí me gustaba mucho» 4. Este cuadro, El Campo de San Francisco. Primer grito de Independencia, 1808, gran cuadro de tema histórico que tanto impresionaba al todavía niño Luis Fernández, era obra de un pintor local, José María Uría y Uría (Oviedo 1861-Vigo 1937). Pintor de cuadros de historia en sus primeros años, destacó como acuarelista y dibujante. La obra que tanto gustaba a Fernández obtuvo la segunda medalla de la Exposición Nacional de 1887. Adquirido por el Estado, quedó en depósito en la Universidad de Oviedo donde desapareció en el incendio de 1934 5.
Sin embargo, la tranquilidad familiar se ve interrumpida bruscamente con las sucesivas muertes de los padres. En 1906 muere su madre y dos años más tarde su padre, pasando los hijos a depender de diferentes familiares. Luis Fernández, con apenas ocho años, sale de Oviedo para no volver más a su ciudad natal, trasladándose, primero a Madrid, bajo la tutela de su abuelo materno, y un año más tarde a Barcelona, a casa de un hermano de su madre, que a partir de ese momento se convierte en su tutor. La primera consecuencia negativa de este segundo traslado será el alejamiento de sus hermanos, a quienes verá en lo sucesivo en contadas ocasiones.

Al cumplir doce años entra en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y retoma así su precoz pasión por la pintura, simultaneando, durante ocho años, sus estudios con el trabajo, primero en una joyería y después en un taller fotográfico. De sus años en la Escuela siempre guardó un gran recuerdo del profesor José Mongrell Torrent, discípulo de Ignacio Pinazo y de Joaquín Sorolla. Mongrell lo toma bajo su protección y le invita a continuar las clases en su propio domicilio.

Con tan sólo diecisiete años, Luis Fernández se «libera» de la tutela familiar, iniciando a partir de este momento su propia vida y encauzando sus pasos definitivamente hacia la pintura, aunque tendrá que seguir trabajando para sobrevivir, casi siempre en oficios relacionados con la tipografía donde se especializa en la técnica de «offset». El propio artista nos relata este momento de su vida:

    «Mi tío y su familia se oponían a que yo fuera pintor y por esta razón me separé de ellos cuando tenía diecisiete años. Desde entonces viví solo y me ganaba la vida dando lecciones de pintura y haciendo trabajos de decoración» 6.

Antes de su definitiva partida a París, el pintor viajó en algunas ocasiones a Madrid. En 1920 trabaja en el Museo de Artes Industriales de esta ciudad, junto a otros jóvenes artistas, en un taller que el propio director del centro les había puesto a su disposición. Este museo le compró ese mismo año una pintura decorativa en seda 7 de la que actualmente se ignora el paradero, pero de la que se tiene noticia a través de Mercedes Guillén 8. En estos viajes ocasionales a Madrid apenas si mantuvo contactos con el resto de sus hermanos. Sólo con el más pequeño residió una breve temporada al tener que hacerse cargo de él tras la muerte del abuelo. Pero esta convivencia duró poco pues su hermano, aquejado de una enfermedad mental, tuvo que ser recluido en un hospital psiquiátrico.

Su temprana orfandad, con la consiguiente falta de estabilidad familiar explica su carácter tímido y un tanto taciturno, que le hará replegarse con los años a una vida rutinaria y sencilla. También esta carencia de lazos familiares le dejan libre para tomar la gran decisión de su vida: el abandono de los estrechos límites pictóricos de su país y su marcha a París, ciudad en la que fija su residencia y en la que comienza a imbuirse de las nuevas tendencias que se inician en la pintura contemporánea del momento, tendencias que inician la ruptura con las concepciones más tradicionalistas del arte.

En noviembre de 1924 ya está instalado en la capital francesa. Entra a trabajar en una imprenta y, por mediación del profesor de la Sorbona Henri Laugier, inicia sus primeros contactos con los artistas e intelectuales más destacados del momento: Braque, Le Corbusier, Ozenfant, Lipchitsz, Matisse y los poetas André Breton, Paul Eluard, Jean Cassou y René Char, entre otros, pasan a formar parte de la larga lista de amigos que el pintor comienza a frecuentar en París. En poco tiempo Luis Fernández se vincula a las últimas tendencias artísticas demostrando con ello una gran capacidad de comprensión y asimilación, sorprendente si tenemos en cuenta que sus conocimientos sobre «las vanguardias históricas», antes de llegar a París, eran prácticamente nulos como el mismo confiesa:

    «Cuando yo llegué aquí, conocí por primera vez el arte francés de vanguardia, que era completamente desconocido en España en aquel momento. Yo no había visto en España más que la reproducción de un dibujo de Picasso; era todo lo que conocía» 9.

En los años veinte y primera mitad de los treinta se forma lo que se ha dado en llamar Escuela de París, término genérico un tanto confuso de definir pero que ha servido para reunir a un considerable número de artistas que estaban participando activamente en las vanguardias, la mayoría dentro del gusto postcubista, pero que era difícil encuadrarlos en un movimiento concreto.

Dentro de la Escuela de París el número de artistas españoles era importante. Julián Gállego 10, cuya participación en la vida artística parisina en el período comprendido entre los años 1952 y 1968 fue intensa, distingue dos grupos de entre los artistas españoles: los «arraigados» en París y los «temporeros» y «expositores». A los primeros los caracterizaba el hecho de haber fijado su residencia en esta ciudad, bien por ideología política y/o estética, y su activa participación en la vida artística. El segundo grupo, sin embargo, la visitaba esporádicamente, deseoso de recibir ráfagas de aire fresco, aunque sin atreverse a establecer una ruptura definitiva con el arte oficialista de la España de postguerra.

Asimismo, Gállego ordena cronológicamente la llegada de los artistas españoles en cuatro etapas, que irían desde principios de siglo la primera, en el período de entreguerras la segunda, una tercera que vendría a coincidir con el exilio republicano y, finalmente, una cuarta, hacia los años cincuenta, época en que las fronteras se abrieron parcialmente propiciando el que un buen número de artistas e intelectuales salieran hacia el país vecino.

Es fácil de entender que a Luis Fernández lo tendremos que catalogar entre los artistas «arraigados» en la capital francesa desde una edad bastante temprana, y que su llegada se produjo en la «segunda etapa», producto no tanto de una posición ideológica de izquierdas, aunque sus preferencias políticas se decantarán por esta vía, sino más bien por la necesidad de conectar con una forma de entender el arte más libre y rupturista de lo que se hacía en España.

1. En la partida de bautismo, con fecha del 17 de mayo de 1900, se cita el 17 del mes anterior como día de su nacimiento. Juan Vega, Luis Fernández. 1900-1973. Pintores Asturianos, Oviedo, 1986, p. 42, da por válida esta fecha al considerar más fiables a los religiosos en materia de letras frente a la dudosa capacidad de rigor que en tiempos pasados demostraron los funcionarios civiles del Estado.
2. Este dato aparece por primera vez en un artículo de José María Alín publicado en La Nueva España el 3 de abril de 1960, donde se incluye una carta que el pintor dirigió al periodista el 25 de marzo de 1960 y que fue reproducida íntegramente en el catálogo de la exposición de Luis Fernández, Oviedo, 1984.
3. Hoctin, L., «Luis Fernández», L’Oeil, n.º 27, París, 1957, p. 37.
4. Alín, J. M.ª, op. cit.
5. La fotografía procede del archivo fotográfico del Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. También se reproduce en el vol. de Antonio García Miñor de la colección, Pintores Asturianos, Oviedo 1976.
6. Alín, J. M.ª, op. cit.
7. El Museo de Artes Industriales de Madrid estaba situado en la calle Sacramento. Al desaparecer su colección pasó al actual Museo de Artes Decorativas. Interesados en la localización de la obra, la dirección del centro nos confirmó su desaparición al no aparecer en ningún registro ni catálogo del museo.
8. Guillén, M., Artistas españoles de la Escuela de París, Madrid, 1960, p. 127.
9. Chao, R., «He sido un eremita de la pintura», Triunfo, n.º 515, Madrid, 1972, p. 35.
10. Gállego, J., «Artistas españoles en París» en el catálogo de la exposición: Treinta artistas españoles de la Escuela de París, Madrid, 1984, sin paginar.


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