CONCLUSION


El ser humano ha soñado con flotar desde tiempos ancestrales. Al materializarse estas fantasías con el proyecto espacial, conseguimos sumergirnos dentro de un estado que pertenece al espejismo de la imaginación. Esta inmersión tiene un equivalente social fundamental: nuestra compulsiva necesidad de rodearnos de imágenes. Nuestra cultura de la simulación ha producido en tiempos recientes poderosos efectos de realidad en los que desaparece el marco y nos sentimos dentro de una representación ficticia. La similitud entre el universo de las representaciones y el estado de ingravidez es sorprendente.

Tanto uno como otro surgen por el deseo de escaparse de la realidad. Para este fin, recurren a procedimientos tecnológicos. Provocan similares reacciones somáticas sobre el sujeto: vértigo, exultación y sensación de salirse del cuerpo. En ambos casos desaparece el horizonte de la realidad terrestre, que es un alejamiento del referente primordial. La figura del astronauta es una idónea metáfora del espectador contemporáneo. Su ingravidez sugiere la existencia de otras realidades paralelas, y en este sentido capta el paréntesis existencial entre realidad y ficción en el que nos sume la imagen.

fig. 4.21 El 1 de febrero de 2003 el transbordador espacial Discovery se convirtió en una bola de fuego al entrar en la atmósfera terrestre. Los restos de la nave se desperdigaron sobre Tejas. Este casco perteneciente a uno de los inmolados astronautas nos recuerda los peligros inherentes al viaje espacial

En la actualidad testimoniamos una compulsiva búsqueda de experiencias ingrávidas, que es sintomática de un profundo deseo de abandonar nuestros cuerpos. El creciente número de casos de anorexia, bulimia y otros desórdenes de alimentación, junto con la normalización de la cirugía estética, son ejemplos de la problemática relación que tenemos con nuestros cuerpos en Occidente. Este rechazo tiene profundas raíces en nuestra cultura judeocristiana. Venimos de una tradición que ha concebido el cuerpo como un cavernoso y oscuro contenedor del alma. El espíritu finalmente emerge luminosamente de la jaula del organismo en el momento de la muerte. Esta narrativa de ascensión mística está presente en la exploración espacial. Los astronautas han tomado el lugar de los ángeles pintados en las bóvedas de catedrales e iglesias. El fresco ha sido reemplazado por pantallas mediáticas, ventanas que nos permiten imaginar otros mundos posibles. La ciencia es la nueva religión que da forma a estas fantasías colectivas de escapatoria.

Pero en todo este proceso, el ser humano sigue dependiendo de su existencia terrestre para sobrevivir. Soñamos con ser dioses ingrávidos, pero toda criatura voladora necesita un lugar de reposo, y nosotros estamos destruyendo nuestras pistas de aterrizaje. La negación del cuerpo y la destrucción ecológica del planeta significa la pérdida de nuestros hogares más inmediatos. Estamos realizando un trayecto sin retorno a pesar de que la aventura espacial no garantiza de momento que podamos construir un refugio permanente en el desierto cósmico.

Como todo viaje, nuestra salida al espacio nos ha cambiado para siempre. Es hora de hacer una parada en el camino y reflexionar sobre el terreno que hemos cruzado. ¿Cómo se está redefiniendo al ser humano en el espacio? ¿Qué es lo que dejamos atrás en este arriesgado camino? Las respuestas a estas preguntas quizás nos den ciertas pautas de comportamiento ante un proyecto al que tantos recursos y energía dedicamos, pero sobre el que apenas reflexionamos. Saber cuáles son los orígenes ideológicos de la carrera espacial y entender cómo su discurso está íntimamente conectado a la sociedad del espectáculo pueden ser puntos de partida para comenzar a llevar las riendas de este viaje sin rumbo. Este tipo de reflexión nos permitirá, antes que escapar de la Tierra, alejarnos de nuestro hogar terrestre con un paso más firme.