1.4 HOMO SAPIENS ASTRONAUTICUS


El 22 de marzo de 1995 el cosmonauta Valeri Polyakov descendió de la cápsula Soyuz después de haber pasado 438 días en la estación espacial Mir. Con su viaje batió el récord de tiempo de permanencia en el espacio de un ser humano. El cosmonauta fue sacado de la cápsula espacial en brazos, ya que apenas podía mantenerse en pie al volver a sentir la fuerza de la gravedad terrestre. Su organismo se había mutado, adaptándose con sorprendente facilidad a un ecosistema que le era totalmente ajeno. Desde la Tierra es difícil imaginarse lo que debe de ser una vida en la que día tras día todo flota. Ya son más de setecientas personas las que han escapado a la gravedad del planeta, acumulando un equivalente a cincuenta y ocho años de vida en el espacio. Con estas experiencias, científicos y médicos de las agencias espaciales están acopiando datos sobre los efectos físicos y psíquicos de la vida ingrávida. Pero sobre todo están planteando las posibilidades reales de algo que en el pasado resultaría inconcebible: la presencia permanente del ser humano en el espacio.


fig. 1.1 El astronauta ruso Valeri Polyakov en la Mir observando la llegada del Discovery en 1995

El homo sapiens siempre ha soñado con volar. Toda cultura tiene un surtido de relatos míticos con divinidades voladoras que mágicamente consiguen despegarse de la tierra. La cultura judeo-cristiana está salpicada de ascensiones, levitaciones y otros milagros gravitacionales en los que el ser humano trasciende el plano terrestre. En otros relatos domina la superstición: los humanos que se atreven a retar el poder de los dioses y surcan los cielos son duramente castigados, como ocurre con el desplome de Ícaro al acercarse demasiado al sol. Los poderes sobrenaturales que se les atribuía a las brujas, entre ellos su capacidad voladora, provocaron un movimiento de represión religiosa que desencadenó la quema de miles de mujeres sospechosas. Pero desde que Newton descubriera la gravedad, el deseo de liberarse de esta omnipotente fuerza invisible se instaló definitivamente en el hombre moderno. El método científico fue la llave que nos permitió descubrir las leyes de la física moderna del vuelo. Leonardo Da Vinci, los hermanos Wright o Charles Lindberg son algunos de los muchos héroes populares que a lo largo de los últimos siglos han marcado nuestra pista de aterrizaje hacia los cielos. Hoy volar en avión se ha convertido en una realidad cotidiana, cambiando para siempre al ser humano. El vuelo transoceánico nos permite desayunar en un continente y cenar en otro, pasar del invierno al verano en un mismo día y cruzar varias franjas horarias más velozmente de lo que el cuerpo necesita para adaptarse. Este tipo de alteraciones espaciales y temporales no son más que un preludio de los profundos cambios que trae consigo el viaje espacial.

El origen de la exploración espacial está íntimamente relacionado con la historia de la aviación. Pero fueron las organizaciones militares de las superpotencias que surgieron de la Segunda Guerra Mundial las que empujaron el ser hacia los límites de la estratosfera. Con la guerra fría, las estrategias militares de la Unión Soviética y Estados Unidos se trasladaron a la tabula rasa del espacio cósmico. Es en este clima cuando en 1959, a los dos lados del Atlántico, se seleccionan los primeros astronautas, elegidos entre los más brillantes pilotos militares del momento. A lo largo de los años 60, Nikita Khrushchev y John F. Kennedy inflaron el presupuesto de estas emergentes agencias espaciales hasta convertirlas en enormes aparatos burocráticos que contrataron a legiones de ingenieros y científicos con el fin último de colonizar el espacio. En estos primeros años se vio como una prioridad geopolítica de primer orden el dominar el espacio alrededor de la tierra. Para ello, se veía imprescindible conseguir que los humanos habitaran el espacio. La historia ha documentado bien los diferentes hitos de la carrera espacial. El 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en escapar a la gravedad terrestre. Tras la ignición del Vostok 1, el ascenso duró 12 minutos y 8 segundos. Al entrar en órbita, Gagarin informó a la central espacial en Kaliningrad sobre sus condiciones y las de la nave, practicó beber y comer a través de tubos, tomó notas en un cuaderno que flotaba delante de él, retransmitió un comunicado a las naciones oprimidas del mundo y contempló la Tierra desde su ventanilla. Su periplo duró un total de 108 minutos, rodeando el planeta una vez antes de volver a la tierra. Gagarin describió sus primeros momentos ingrávidos de la siguiente forma: “Me sentí fantástico cuando la gravedad empezó a desaparecer. De repente descubrí que podía hacer cosas mucho más fácilmente que antes. Y sentía que mis manos y piernas y mi cuerpo entero no me pertenecían. No pesaban nada. No te sientas ni te tumbas; sólo te mantienes flotando en la cabina. Todos los objetos sueltos flotaban igualmente en el aire y los contemplas como en un sueño”1.

Esta victoria rusa fue un duro golpe para Estados Unidos, que tuvo que admitir la superioridad soviética en materia de tecnología espacial. Pero finalmente, el 20 de febrero de 1962 un estadounidense entró en órbita. Se trataba de John Glenn, que viajó a 28.000 kilómetros por hora flotando ingrávidamente y al revés a bordo de la cápsula Friendship 7. A su lado, también flotando, tenía un atlas mundial que usó como referencia mientras sobrevolaba las distintas regiones de la Tierra. Desde este privilegiado punto de vista tomó fotografías del planeta, hizo comprobaciones del sistema y disfrutó de una vista sin obstrucciones de las Islas Canarias y de la costa africana. Entró en la noche sobre el océano Índico tras describir la espectacular puesta de sol anaranjada. La oscuridad total de la noche fue seguida por un filo de luz en el horizonte, el próximo amanecer. Tras tres órbitas alrededor de la Tierra, el Friendship 7 volvió al planeta en un descenso cardiaco repleto de problemas técnicos que casi inmola al astronauta.

fig. 1.2 El astronauta John Glenn en estado de ingravidez durante el vuelo del Frienship 7

fig. 1.3 John Glenn realiza ejercicios en un simulador de operaciones de emergencia. Langley Field, Virginia

Entre Gagarin y Glenn hubo otro cosmonauta, German Titov, que el 6 de agosto de 1961 realizó a bordo del Vostok 2 diecisiete órbitas alrededor de la Tierra en veinticinco horas y dieciocho minutos. El propósito principal de esta misión era determinar las consecuencias sobre el cuerpo de una estancia prolongada en el espacio. Desde la Tierra y a través de un monitor, doctores, fisiólogos y psicólogos observaron atentos cada movimiento del cosmonauta de 26 años. Le vieron apretar un tubo, parecido a los de pasta de dientes, del que salió exprimido un puré que flotó cómicamente delante de su cara. Tras ingerir el puré, le vieron comer pan, paté, guisantes y carne. Su bebida fue un zumo de grosella. Pero en la quinta órbita ocurrió algo inesperado: los médicos en la Tierra vieron al cosmonauta devolver lo que había comido. Fue el primer astronauta en marearse en el espacio. Después de descansar durante siete órbitas (convirtiéndose en el primer humano en dormir en el espacio) sus náuseas se apaciguaron, pero la preocupación por parte de la tripulación de tierra fue notable. Sin duda se temía que un astronauta enfermo pudiera causar una calamidad. Se cancelaron futuras misiones del Vostok y se iniciaron intensas pruebas fisiológicas y psicológicas para determinar e intentar neutralizar los efectos negativos del viaje espacial sobre el cuerpo humano.

fig. 1.4 El simulador Bell entrenaba a futuros astronautas para realizar aterrizajes lunares

fig. 1.5 En el Centro de Investigación Langley un túnel de metacrilato permite comprobar la destreza del astronauta abriendo una compuerta del vacío. Dicha compuerta previene la pérdida de la atmósfera artificial cuando el astronauta se traslada desde la nave hacia el exterior

Es a raíz de esta misión cuando las agencias espaciales comienzan a idear todo tipo de pruebas de entrenamiento para preparar futuros astronautas. Se fabricaron un sinfín de simuladores de movimiento que imitaran las condiciones de despegue y aterrizaje del cohete. En estos aparatos el astronauta se familiarizaba con todos los sistemas tecnológicos de la nave espacial, al tiempo que aprendía a solucionar posibles problemas que pudieran ocurrir durante la misión. Otras simulaciones imitaban las condiciones de gravedad alterada que el astronauta iba a experimentar durante su viaje. Máquinas centrífugas, giroscopios con múltiples ejes, piscinas de flotación neutral y vuelos parabólicos fueron algunos de los métodos usados para preparar el aparato sensor y motor humano para los rigores de un viaje cósmico. La fuerza de la gravedad que el ser humano experimenta sobre la tierra es de 1 g. Cuando el piloto de un caza realiza un looping en el cielo, siente cómo es presionado sobre el asiento con una fuerza siete veces superior al peso de su cuerpo, es decir, 7 g. Este tipo de presión g es el que todo astronauta siente al abandonar y volver a entrar en la atmósfera terrestre. En el caso del Apolo 11 volviendo de la luna, la velocidad de caída de la cápsula era tal que sus ocupantes sintieron hasta 7 g presionándoles el cuerpo. Los astronautas se preparan para recibir semejante presión en las máquinas centrífugas. Estos aparatos tienen un brazo mecánico que gira una cabina velozmente en una trayectoria circular. Dentro de la cabina, el pasajero siente cómo la fuerza centrífuga le aprieta sobre su butaca. La velocidad de giro de las máquinas centrífugas sube progresivamente para que su ocupante vaya acostumbrándose a la aplastante presión sobre su cuerpo. A partir de los 9 g, el cuerpo es incapaz de moverse. La mayoría de las personas se desmayan al llegar a 10 g, pero muchos logran superar esta barrera hasta llegar a los 14 ó 15 g. En estos casos sus músculos faciales quedan monstruosamente deformados, mostrándonos hasta qué punto el viaje espacial puede afectar al cuerpo humano.

fig. 1.6 Piloto respirando a través de un circuito cerrado de ventilación

fig. 1.7 Giroscopio de pérdida de control y recuperación de la nave

Otro aparato de entrenamiento importante es el giroscopio. El futuro astronauta se acopla en el centro de dos grandes anillas que giran 360 grados en todas las direcciones. Al inclinarse hacia delante, el giroscopio invierte el cuerpo del “pasajero”. Igualmente, si el sujeto se mueve lateralmente las anillas se recolocan para encontrar el nuevo centro de gravedad. Estas condiciones ayudan al individuo a usar su propio peso para navegar por el espacio ingrávido. En un mundo en el que no hay ni arriba ni abajo, es importante que el astronauta no se desoriente. Muchos de estos giroscopios están diseñados para imitar las condiciones de una cápsula que gira vertiginosamente al haber perdido su eje de equilibrio. En estas condiciones, el aprendiz de astronauta tiene que dominar su náusea para estabilizar la nave.

El agua es el medio que mejor imita las microgravedades del espacio. Es por esta razón por la que se crearon los tanques de flotación neutral, grandes piscinas de agua que se usan para entrenar al astronauta a realizar un EVA (Actividad Extra Vehicular); es decir, cuando el astronauta sale de una nave en órbita con su traje espacial para realizar una tarea. Se suelen colocar dentro de estas piscinas maquetas a escala natural de las naves, para familiarizar al astronauta con las maniobras necesarias para realizar una tarea con el traje espacial. Pero quizás el entrenamiento más utilizado en la actualidad por las agencias espaciales sean los vuelos parabólicos. Para este fin, la NASA dispone de un avión, el KC-135, que realiza una serie de precisas maniobras en forma de parábola, primero subiendo a gran velocidad, para luego caer en picado, consiguiendo de esta forma un entorno de microgravedad en el interior de la cabina de entre 25 y 45 segundos. En este corto periodo de tiempo, los ocupantes flotan en el interior del aeroplano, pudiendo experimentar momentáneamente cómo sus cuerpos se sentirían en la gravedad cero. Esta es la simulación más completa de ingravidez que se puede conseguir sin salir de la atmósfera terrestre. Finalmente el avión llega al punto más bajo de la parábola y comienza a ascender nuevamente para iniciar un nuevo ciclo. En el interior de la cabina los ocupantes son aplastados contra el suelo, hasta llegar a la altura suficiente para comenzar un nuevo arco de ingravidez. Un viaje normal de entrenamiento realiza entre 30 y 40 ciclos. Son muchos los que en los últimos ciclos comienzan a sentir náuseas, por lo que el KC-135 de la NASA se apoda “el cometa del vómito”.


fig. 1.8 En el Centro del Espacio Marshall se encuentra el tanque de flotación neutral, una piscina de 22,5 metros de diámetro y 12 metros de profundidad. En el, los astronautas practican técnicas de construcción en el agua, un medio que imita la ingravidez del espacio

fig. 1.9 El vuelo parabólico del avión KC-135 de la NASA permite crear entre 25 y 45 segundos de microgravedad para ayudar al astronauta a acostumbrarse a la ingravidez

Estos entrenamientos funcionan a base de choques fisiológicos, abrumando al astronauta para que su umbral de aguante aumente en resistencia y se vaya acostumbrando a los nuevos rigores de una vida en suspensión. Tras este largo periodo de preparación, el astronauta está finalmente listo para escapar a la gravedad. Ha llegado el momento del despegue, quizás la fase más peligrosa de toda misión. Bajo los frágiles cuerpos de los astronautas ocurre una inconcebiblemente potente explosión controlada que permitirá que la nave llegue a la velocidad de escape. En los actuales lanzamientos de las lanzaderas espaciales se utilizan un total de 51 motores diferentes para conseguir sobrepasar la gravedad terrestre. Tal es la fuerza de la gravedad que para escapar a ella el transbordador espacial necesita consumir en los dos primeros minutos 1.200.000 litros de hidrógeno líquido y 400.000 litros de oxígeno. En el momento del despegue, los astronautas oyen desde el interior de la lanzadera explosiones y ruidos de bombas y combustible surcando diversas tuberías. A medida que el cohete alcanza cierta altura, la lanzadera tiembla y gira bruscamente mientras se coloca en la trayectoria correcta. Los astronautas sufren 3 g en estos primeros momentos del viaje. Oyen el sonido de la nave cortando el aire, sonido que se detendrá repentinamente al batir la velocidad del sonido. A partir de este momento sólo oirán el rugido interior de los cohetes. Al acabarse el carburante de la primera fase, se oye una gran explosión, mientras se separan los contenedores del combustible. Acto seguido comienzan a operar los motores orbitales.

fig. 1.10 Despegue del Discovery con cinco tripulantes el 28 de septiembre de 1988. Fue el primer vuelo de una lanzadera espacial tras el accidente del Challenger en 1986

fig. 1.11 Skylab en su última órbita antes de volver a la Tierra en febrero de 1974. El Skylab fue la primera estación espacial

Tras pocos minutos, los astronautas comenzarán a sentir el efecto de la microgravedad. William Pogue lo describe de la siguiente forma: “Lo primero que notas es una ausencia de presión sobre tu cuerpo. Algunos se sienten ligeros de cabeza o mareados. Después de media hora más o menos, la cara comienza a sentirse roja y llena y se detecta una presión en el cuello. Al moverte dentro de la nave, todo parece girar cuando mueves la cabeza. Esto hace que muchos astronautas sientan náusea. También se tiene una sensación de congestión en la cabeza. Casi todos estos síntomas desaparecen en unos días”2.

Como media, el cuerpo tarda unos tres días en acostumbrarse a la ingravidez. La sensación de congestión en la cabeza es debido a la subida de los líquidos corporales a la región superior del organismo. El estómago e intestinos también ascienden ligeramente, razón por la que los astronautas adquieren una cintura de avispa. En estos primeros días se nota de inmediato cómo las piernas y muslos se hacen más delgados debido a que la sangre y otros fluidos surcan hacia la parte superior del cuerpo. La microgravedad también provoca un crecimiento de unos tres centímetros de media, debido al estiramiento de la columna vertebral. Los músculos faciales tienden a flotar y la estructura ósea se levanta, dando un aspecto achinado a los astronautas. Surgen bolsas debajo de los ojos y las venas de la frente y cuello sobresalen. La postura corporal también varía. En estado de relajamiento, el cuerpo tiende a una posición semi-erecta con las rodillas ligeramente dobladas, la cabeza inclinada hacia adelante, los hombros levantados y los brazos flotando a la altura del pecho con los codos ligeramente doblados. Esta postura se llama técnicamente “postura corporal del espacio neutral”. Debido a la posición levantada de los brazos, se hace difícil el trabajo a la altura de la cintura, como suele hacerse en tierra sobre una mesa. El astronauta tiene que olvidarse de la coordinación motora a la que está acostumbrado y probar nuevos grupos musculares para realizar tareas tan básicas como vestirse, lavarse o incluso trasladarse de una punta a otra de la nave o estación espacial. Por ejemplo, para atarse los cordones del zapato es más fácil doblar las piernas que bajar la cabeza. Para compensar la tendencia a la “postura corporal en el espacio neutral”, los astronautas tienen que ejercitar sus músculos abdominales mucho más que en tierra.

Cualquier actividad cotidiana cambia radicalmente en gravedad cero. Cosas tan básicas como ir al cuarto de baño, cortarse el pelo, afeitarse, comer o sudar se hacen verdaderamente complicadas en el espacio. El retrete, llamado técnicamente el compartimiento de tratamiento de residuos orgánicos, es un embudo con aspiradora que absorbe la orina, mientras que los residuos sólidos son depositados en una bolsa de plástico que es reemplazada después de cada uso. Durante la defecación es necesario utilizar un cinturón de seguridad para que el usuario se mantenga sobre la taza. Los primeros servicios se diseñaron exclusivamente para hombres. Con la inclusión de mujeres en las misiones de la lanzadera espacial, la NASA tuvo que adaptar el acabado de los servicios. Después de mucha investigación documentando a un grupo de mujeres orinando, la NASA desarrolló un cuarto de baño unisex que se ha convertido en el modelo estándar colocado en todos las lanzaderas espaciales. El afeitado o el corte de pelo se realizan necesariamente con aspiradoras, mientras que los alimentos y las bebidas se absorben en la mayoría de los casos a través de tubos. Pero siempre quedan pequeños residuos y migas flotantes que a lo largo de las semanas se van acumulando en las rejillas de los sistemas de ventilación. El ejercicio físico tiene también sus inconvenientes: el sudor, que generalmente desciende por el cuerpo, en esta ocasión se acumula en la espalda, formando una bolsa líquida que debe limpiarse con una toalla.

fig. 1.12 Ducha en el Skylab. A la vez que el agua sale por la ducha, un aspirador recoge las gotas para impedir que floten

Uno de los efectos principales de la ingravidez sobre el organismo es la pérdida de masa muscular y densidad ósea. El astronauta estadounidense David Wolf, que pasó cuatro meses y medio a bordo del Mir, comentaba que tras su periplo espacial había perdido el 40 por ciento de su masa muscular. Tardó seis meses en recuperar sus fuerzas y un año en volver a su masa ósea normal. Esta pérdida ocurre sobre todo en las piernas de los astronautas. Los músculos de estas extremidades se atrofian al ejercitarse menos que en tierra. Esto provoca un descenso de la tensión y compresión que los músculos ejercen sobre los huesos, lo cual inicia un proceso poco conocido de degeneración de la estructura ósea. La futura misión a Marte planificada para finales de la década –un viaje que duraría más de tres años– sólo podrá realizarse si se soluciona este problema. Hasta el momento, una buena dosis de ejercicio físico diario parece ser la mejor solución. Durante sus 438 días en órbita, Polyakov realizaba intensos ejercicios durante dos horas diarias, quizás uno de los factores determinantes para que pudiera mantenerse tanto tiempo en el espacio. Shannon Lucid, la norteamericana que más tiempo ha pasado en el espacio (seis meses a bordo del Mir), igualmente realizó vigorosas sesiones de gimnasia diariamente. Se están desarrollando también tecnologías de gravedad artificial que puedan imitar la gravedad terrestre. En el “Man Vehicle Laboratory” (laboratorio del hombre vehículo) del MIT en Cambridge, Massachussets, se ha desarrollado un aparato en forma de cama que gira a 23 revoluciones por minuto, produciendo de esta forma una intensidad gravitacional de 1 g, el equivalente al de la superficie de la Tierra. Maquinas centrífugas de corto radio como ésta quizás sean las que en el futuro den a los astronautas dosis diarias de gravedad. Muchos piensan que la degeneración se detendría en un 40 por ciento de pérdida de masa ósea, que es lo que suele ocurrir con pacientes que se quedan en la cama permanentemente. Pero no hay forma de saberlo con exactitud, siendo este fenómeno uno de los factores más problemáticos para la presencia permanente del ser humano en el espacio.

fig. 1.13 La nave Atlantis atraca en la Mir en julio de 1995

Con la construcción actual de la Estación Espacial International, (ISS), estos problemas se vuelven especialmente urgentes. Este complejo proyecto de cooperación internacional (en el que participan Estados Unidos, Rusia, los países miembros de la Comunidad Europea, Canadá, Japón y Brasil) es una plataforma permanente para la habitabilidad del ser humano en el espacio. El primer bloque funcional de carga se lanzó a la órbita en 1998, tras lo cual se realizarán más de cuarenta lanzamientos que irán transportando los diferentes módulos hasta finalizar su construcción en el año 2006. Al acabarse tendrá unas 400 toneladas de peso y 1.200 metros cúbicos de espacio útil (el equivalente a dos cabinas de pasajeros de un Boeing 747) en el que podrán convivir cómodamente hasta siete astronautas. La estación dispondrá de 33 armarios empotrados en los laterales de los módulos para realizar experimentos científicos. La energía para la estación se obtiene de los cuatro paneles solares de 34 x 12 metros que se extienden de los laterales de la estación espacial como las alas de un pájaro. En la actualidad, la ISS lleva habitada dos años seguidos, con tres pasajeros que permanecen en la estación tres meses. Esta pequeña ciudad flotante en constante órbita alrededor de la Tierra cuesta anualmente a cada ciudadano estadounidense (los que más contribuyen al proyecto) ocho dólares, una importante cantidad que muestra el interés que la población tiene por mantener ingrávido a un pequeño grupo de habitantes del planeta.

El ensamblaje a base de módulos de la estación está directamente relacionado con la arquitectura modular de los años sesenta, sobre todo con proyectos como Habitat del arquitecto israelí Moshe Safdie, que veía en la construcción prefabricada una solución utópica a la crisis de la vivienda. Otro utópico de la época, Buckminster Fuller, patentó la cúpula goedésica construida a base de triángulos. Fuller concebía sus módulos como burbujas domésticas listas para usar que se podían transportar y adaptar fácilmente a cualquier entorno. Estas concepciones futuristas de lo doméstico, entre muchas otras que aparecieron en los años sesenta y setenta, anticipaban el hábitat modular de la ISS. Presagiaban la autonomía tecnológica y aislamiento contextual de la estación espacial. Son proyectos arquitectónicos que no surgen espontáneamente de un diálogo con el entorno inmediato; más bien, se cierran completamente a él. Si además introducimos el factor de la ingravidez, aparece una arquitectura que transforma completamente el orden natural de las cosas: no hay ni arriba ni abajo y cualquier pared puede ser simultáneamente suelo o techo. Un cuerpo ingrávido necesita una casa ingrávida, profunda contradicción si pensamos que el hogar simbólicamente siempre implica un enraizamiento a la tierra. Pero quizás esta concepción no debiera resultar tan sorprendente para una cultura, la occidental, en la que todo está en perpetua circulación.

La ISS será un interesante entorno para estudiar cómo concepciones de lo doméstico cambian o se adaptan en la ingravidez, y si permanecen o no los roles sexuales relacionados con el hogar aún tan presentes en la tierra. Son varios los problemas emotivos que pueden surgir en la estación espacial. El confinamiento en un espacio tan reducido durante largos periodos de tiempo, y con el mismo grupo de personas, puede provocar importantes conflictos emocionales y sentimentales entre la tripulación. Los rusos han estudiado este problema con resultados poco esclarecedores. Después de ocho meses de confinamiento de un grupo de voluntarios internacionales, dos rusos no podían dejar de sollozar en el año nuevo, la mujer canadiense protestó por ser forzosamente besada por uno de los rusos y el voluntario japonés pidió dejar el experimento debido a la conmoción. Lo cierto es que el ser humano necesita orden y variedad, dos cosas que la naturaleza sí ofrece en la Tierra. Pero en el espacio el astronauta sufre demasiado orden y poca variedad. El aburrimiento y la ansiedad son emociones que casi todos los astronautas sufren en algún momento de su estancia en el espacio. Hay además un problema adicional: a cada emoción se le asocia una experiencia corporal, pero estas manifestaciones corporales quedan seriamente alteradas por la microgravedad. El pataleo o golpe seco en expresión de rabia son prácticamente imposibles en la gravedad cero. En su ensayo “Sentic Space Travel”, Manfred Clynes medita sobre estos registros emocionales: destaca cómo la alegría, por ejemplo, se manifiesta somáticamente con un sentido de ligereza, un sensación de levitación expresada a través de un brinco o salto. La euforia que se siente al experimentar la microgravedad posiblemente sea a causa de su cercanía a esta sensación de levitación asociada con la alegría. El pesar, por el contrario, se caracteriza por una sensación de pesadez, un colapso del cuerpo, sobre todo de los brazos. “La cuestión es hasta qué punto estas imágenes inherentes del cuerpo se echarán de menos en el viaje espacial y hasta qué punto se alterarán o reprogramarán. Si no hay gravedad, ¿cómo se puede expresar somáticamente la sensación de pesar? ¿El pesar dejará de manifestarse con pesadez corporal o sencillamente será imposible expresar o sentir pena?”3. Llevamos poco tiempo en órbita para poder contestar a esta pregunta, pero lo que sugiere la interrogante es una posible reescritura fundamental del carácter emocional del ser humano liberado de la gravedad.

fig. 1.14 Mark Lee realiza un EVA (Actividad Extravehicular) con el sistema de navegación SAFER, 1994

En su escrito Neuropolitics, el mordaz Timothy Leary escribe: “Vivimos en el fondo de un pozo de gravedad de 40 millas de profundidad. Nos ha costado cuatro mil quinientos millones de años de evolución terrestre producir un sistema nervioso capaz de inventar una tecnología que nos permita salir de este pozo y lanzar cilindros de colonización migratoria al espacio. Ya no hay razón para descender al agujero planetario. Nuestra misión evolutiva es volar libres a través del tiempo y el espacio. El pecado original del Génesis es la gravedad: la caída”4.

Aunque no formemos parte de la elite de 700 personas que han escapado a la gravedad de la Tierra, todos de alguna forma ya nos hemos convertido en astronautas. Existe un deseo colectivo irreprimible de alejarse del planeta, de abandonar el ecosistema que nos ha visto nacer y evolucionar, para volar hacia el abismo cósmico que parece no tener fin. En su libro Technology as Symptom and Dream (La Tecnología como Síntoma y Sueño), el autor Robert Romanyshyn explora esta necesidad colectiva de dejar atrás el planeta tierra. Romanyshyn ve el origen de este escape en el Renacimiento, cuando el ser occidental se reescribe profundamente. Es en este periodo cuando la ciencia comienza a observar el cuerpo humano de una forma radicalmente diferente. Con Vesalio y su inspección anatómica, el organismo es diseccionado y abierto para la inspección médica. El cuerpo se convierte en una máquina con bombas y bielas, un robot del que ha desaparecido el sujeto. Esta visión mecanicista del cuerpo humano nos prepara para el viaje espacial; el cuerpo se convierte en una mera concha, un caparazón del que ha volado el ser. El organismo es visto como un saco lleno de órganos, un contenedor maloliente, oscuro y torpe del que deseamos escapar inmediatamente. Queremos salir volando de nuestros cuerpos, para alzarnos ingrávidos, etéreos y, de paso, sentirnos inmortales.

fig. 1.15 El astronauta Schweickart durante una actividad extravehicular en la misión Apolo 9, en 1999. Fotografía tomada desde el módulo lunar Spider

Vivimos una profunda contradicción existencial, ávidos de despegarnos de nuestra realidad corpórea, pero aún sujetos a nuestros organismos torpemente anclados a la tierra. Esta contradicción se manifiesta en diversos fenómenos sociales y productos culturales que encierran este profundo deseo de despegue, pero que se desarrollan en la tierra. Pensemos en el cine, la televisión e Internet, que nos transportan a mundos oníricos y nos ayudan a escapar de nuestra propia miseria cotidiana. Recordemos la avidez con la que consumimos simulaciones fantásticas, ya sea en parques temáticos, películas IMAX o vídeo-juegos digitales, prácticas sociales que parecen engullir al espectador, llevándole lejos de su realidad inmediata. Buscamos escapar constantemente del peso específico de nuestra existencia, de la gravedad de nuestras vidas, anhelando la liberación casi erótica de una vida ingrávida que promete evitarnos el dolor del cuerpo.
“El cuerpo del astronauta da un nuevo giro en la espiral evolutiva del ser humano. Es el cuerpo vuelto del revés, revestido en términos de funciones técnicas y preparado para ser descartado. Es el primer paso, quizás, en el camino hacia una evolución “exosomática”, un puente temporal que nos une a la máquina y nos enchufa al ordenador” escribe Romanyshyn5. El cuerpo del astronauta es el cuerpo eléctrico, un cuerpo ciborg conectado a diversos sistemas de medición, un organismo dependiente de complejos mecanismos tecnológicos para su supervivencia. Pero este nuevo giro evolutivo del ser humano puede significar más que una escapada de la tierra, una vuelta a nuestros orígenes. El científico Francis Crick, que junto a James Watson codificó la estructura del ADN, especula en su libro Life Itself que el material del que está compuesto el código genético del ser humano originalmente sólo pudo haber venido de las estrellas. Si es cierta esta afirmación, entonces el mensaje codificado en nuestros genes significa en realidad un viaje a las estrellas. El cuerpo está programado por el ADN para abandonar el planeta, lo cual indicaría que estamos testimoniando un nuevo estado evolutivo con un propósito cósmico.

Nos hemos convertido en robots neurogenéticos programados para escapar de la Tierra, un planeta que de paso estamos destruyendo ecológicamente. En efecto, una vez que hemos conocido la viabilidad del proyecto espacial, la destrucción de la Tierra ya no nos resulta tan catastrófica. La posibilidad de abandonar la Tierra aminora nuestros miedos ante la destrucción del planeta. En este sentido, la Tierra ya ha sido psicológicamente abandonada.

Al acabar con nuestro encadenamiento a la gravedad hemos roto con mucho más que una sujeción física. Hemos radicalmente alterado nuestra relación a una de las fuerzas básicas de la vida diaria. Esta fuerza invisible nos sujeta a la Tierra, y por tanto, nos hace sujetos. Surgen nuevas identidades con este cuerpo ingrávido. El presente proyecto intenta definir y acercarse a este nuevo sujeto insujeto, este individuo flotante que ha perdido definitivamente su anclaje a la realidad terrestre.

Notas
1. Burrows, William E.: This New Ocean: The Story of the First Space Age, The Modern Library, New York, 1998, pág. 312.
2. Pogue, William R.: How do you go to the bathroom in Space?, Tom Doherty Associates, New York, 1999, pág. 22.
3. Clynes, Manfred E.: “Cyborg II, Sentic Space Travel”, en The Cyborg Handbook, editado por Chris Hables Gray, Heidi Figueroa-Sarriera y Steven Mentor, Routledge, New York, 1995, pág. 40.
4. Leary, Timothy: Neuropolitics, Starseed/Peace Press, Los Angeles, 1977, págs. 70-71.
5. Romanyshyn, Robert D.: Technology as Symptom and Dream, Routledge, New York, 1989, pág. 18.