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La ventana hacia el alma
Sobre los nuevos traba jos de Paloma Navares Barbara Wally La vista no constituye ningún modo especial del pensamiento ni de un presente propio, es mi medio para estar ausente de mí mismo, para estar presente desde el interior, desde el interior de la división del Ser a través de la que soy consciente de la división mía propia por mí mismo»1. La obra de Paloma Navares fluye desde la década de los setenta como una corriente amplia que abarca constantemente las cuestiones físicas y espirituales de la condición humana. La artista trata cada base existencial del Ser que atañe por igual a todos los hombres. Incluso especifica las condiciones particulares de la existencia femenina en la historia de la humanidad llegando hasta nuestros días y se plantea reiteradamente la situación del Yo, de lo individual, de lo personal y sus posibilidades de supervivencia en un mundo futuro en el que la humanidad cada vez más se manipula y normaliza con sus recursos científicos y técnicos. Desde y hacia esta corriente temática fluyen diversos temas laterales como, por ejemplo, la imagen ideal del hombre y la cuestión de la belleza corporal, del envejecimiento y de los intentos de mantener éste a raya. Navares analiza la influencia creciente de la investigación genética en la raza humana, la pérdida de individualidad y la mutación de las bases biológicas mediante la manipulación genética y los bancos de órganos. En este sentido, un tema clave es el papel de la mujer como espejo de todas las intenciones humanas de mejorar el cuerpo, intenciones en las que el cuerpo asume cada vez más el papel del hombre en su totalidad (pars pro toto). Estas corrientes temáticas se unen, se vuelven a dividir, adelantan el tema principal con velocidad variable y aspectos diversos. A lo largo de su trabajo, Paloma Navares comprobó un desprendimiento del alma y del cuerpo porque los componentes espirituales son más libres y menos mensurables que la vida material, física, del hombre, que debido a los descubrimientos, sobre todo médicos, de los últimos 50 años (como, por ejemplo, la píldora anticonceptiva, el trasplante de órganos, la investigación genética, los clones, las operaciones de cirugía estética, análisis de ADN) han experimentado enormes modificaciones. Las consecuencias de estas transformaciones se reflejan en la percepción de la existencia humana y en especial en un colapso de la tradición humanística. La tesis de la unicidad del individuo, la ética de la reproducción y la ideología anclada en el llamado derecho natural del control masculino sobre el cuerpo femenino ha resultado ser una tesis romántica, incluso absurda. En la obra de Paloma Navares se manifiesta la fisura entre el cuerpo y el alma en la elección de los medios y de las formas de expresión. Mientras que los ámbitos correspondientes al alma se traducen en lenguaje artístico, preferentemente en vídeo o en proyecciones de imágenes, en movimiento, baile, música, una luz cálida, trémula, un lenguaje místico e imágenes de procesos en el interior del cuerpo, el ámbito corporal se manifiesta en un mundo de objetos frío y artificialmente rígido. El cuerpo (femenino) está sometido a medidas disciplinarias extremas a través de los ideales de belleza, se lo corrige, sufre operaciones y procesos que sirven para mejorar o al menos conservar el status quo. Una serie de productos cosméticos, laboratorios de incubación para la reproducción de bebés, estanterías con prótesis de órganos, una luz fija gélida, materiales artificiales tentadores, la ilusión óptica, imágenes de fragmentos de cuerpo sobre láminas transparentes, muñecas de escaparate y anuncios publicitarios forman el repertorio de este infierno frío en el que se trata el esfuerzo de Sísifo de conservarse eternamente joven y bello, de mantener la edad a raya, de parar el tiempo, de congelarse. Los sectores económicos rentables considerando sólo la moda, la medicina, la farmacia, la cosmética, la forma física, el bienestar se alimentan hoy en día de este deseo de perfección corporal de juventud y belleza eternas y al mismo tiempo se atan las energías creativas, la libertad de pensamiento y acción de los hombres a través de estos deseos. El motivo de que este tema despierte un interés continuo en Paloma Navares reside en el hecho de que el alma es invisible mientras que el cuerpo es visible. Y la evidencia del cuerpo va unida a su mensurabilidad y comparabilidad. La categoría de poner de manifiesto, de copiar y representar constituye una categoría fundamentalmente artística. El ojo, la mirada y la transformación de lo visto en un medio artístico forman por así decirlo la condición previa de toda actividad artística, de la interacción entre percepción y representación. Sin embargo, la imagen del hombre nunca fue menos espejo de su alma que hoy en día. En el año 2000, Paloma Navares sufrió una experiencia profunda y dramática en la vista y, por ende, en su existencia artística. La artista sufre desde su infancia una enfermedad de la vista, una degeneración ocular, que en el transcurso de su vida le ha deparado una y otra vez fases en las que estaba casi ciega, percibía los colores incorrectamente o las imágenes distorsionadas, reticuladas. Entre una y otra siempre había épocas en las que su sentido de la vista funcionaba correctamente desde la perspectiva de la norma. A raíz de estas experiencias, la artista ha desarrollado una sensibilidad especial para la vista. Una y otra vez refleja la percepción visual, la producción de imágenes, la relación entre ver y representar, entre lo visto y lo representado. En su constante miedo de volverse ciega un día, la artista ha aprendido a conservar en la memoria imágenes e imágenes en movimiento como películas. En relación con el tratamiento médico y su enfermedad que conllevó varias intervenciones quirúrgicas que se alternaban con prolongados periodos de reposo, se ha generado una serie de trabajos en la que el ojo como ventana del mundo se sustituye sucesivamente por un ojo interno. Durante la convalecencia, la artista permanecía semanas enteras inmovilizada y sin poder ver. Este estado lo ha documentado en fotografías cibatrans de gran formato con el título de Unidad y Desde la fragilidad del ser, por así decirlo desde fuera con una visión de cámara fotográfica de su cuerpo con los ojos vendados tendido sobre una cama o en una bañera. Estas grandes fotografías en colores en cajas iluminadas dan la impresión de un ensimismamiento peculiar que se origina a partir de la unión de lo acogedor y de lo extraño. Acogedor porque el descanso sobre una cama transmite la sensación de recogimiento, descanso y paz, mientras que los ojos vendados despiertan el miedo. Tan pronto como este entorno acogedor, familiar se convierte en invisible, vuelven lo extraño, la imposibilidad y el desamparo. Otras obras que se han inspirado en cualquiera de las fases de ceguera inmóvil son las imágenes creadas desde su interior, desde el estado melancólico, casi parecido a la muerte. Ella misma designa al complejo de obras en su totalidad como Tránsito de la vida a la muerte. En estas semanas prolongadas de un sueño similar a la muerte ha ahondado en los conceptos de libertad y muerte reflejándolos en artistas que se han suicidado y una vez restablecida ha creado obras dedicadas a Silvia Plath, Virginia Wolf, Alejandra Pizarnik y Paul Celan. El complejo de obras abarca, entre otros aspectos, fragmentos de texto, sobre todo líricos, escritos con un lápiz de plata en fotografías en blanco y negro o en tiras de papel enrolladas en cabezas de vidrio (Regenerador de sentidos y emociones). Son palabras visuales, imágenes convertidas en palabra, imágenes que se superponen en la memoria. Mientras que los cibertrans, que reflejan su estado de entonces, documentan en colores intensos una realidad externa, las imágenes ciegas creadas a partir del recuerdo y de la imaginación, los vídeos y objetos tridimensionales están en blanco y negro con dibujos y escritos en plata. Una característica típica de los trabajos ciegos consiste en la disposición en capas de varios planos de texto, dibujo e imagen que se concentran superpuestos. En el complejo de obras Sueños de la memoria, se incluyen vídeos en los que en parte se mezclan en fragmentos dentro de un collage el color con el blanco y negro, es decir, realidad, sueño y recuerdo, lo interno con lo externo y en parte se funden en imágenes de sueño-vigilia. Situaciones claustrofóbicas (túnel, hombres oprimidos) se intercalan con movimientos alegres en paisajes, escenas de playa y escenas de baile introvertidas en una esencia fantástica del pasado lejano y reciente. Normalmente, los ojos siempre le han interesado a Paloma Navares, los ojos constituyen un tema preferente de su obra. En sus depósitos de prótesis combina imágenes de ojos ideales extraídos de la publicidad de productos cosméticos para los ojos con imágenes de ojos naturales de los miembros de su familia. Al lado están situados objetos colgantes que ocupan una especie de móvil con imágenes de ojos en láminas transparentes, así como esculturas que hacen referencia al tema de las lágrimas como expresión de los sentimientos que irrumpen del cuerpo pero también como topos de feminidad. Debido a su disposición personal es consciente de un modo doloroso de su dependencia de la vista, de sus ojos. El ojo para ella no representa únicamente la ventana al mundo, sino también un recipiente de comunicación que permite la armonía entre el alma y el cuerpo, entre el mundo exterior y el interior y su existencia artística. «El ojo (...) a través del cual se abre a nuestra contemplación la belleza del mundo, tiene un valor tan importante que incluso el que aceptase su pérdida se privaría de conocer todas las obras de la naturaleza cuya visión haría posible que el alma permaneciera contenta en la cárcel del cuerpo gracias a los ojos que hacen presente al alma la infinita variedad de la creación: el que los pierde entrega el alma a una oscura cárcel en la que desaparece toda esperanza de volver a ver el sol, la luz del mundo».2 1. Maurice Merleau-Ponty: Das Auge und der Giest. Philosophische Essays. Rowohlt Paperback, 56, Hamburgo, 1967, pág. 39. Original: Loeil et esprit, Editions Gallimard, París, 1964. 2. Rainer Maria Rilke: Auguste Rodin. París, 1928, pág. 150. |
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