"Vértigo y abismo ante la inmensidad del blanco" por José Manuel Álvarez Enjuto Como ahora, ante esta misma situación de entrega y entrada al blanco en su desnudez más absoluta, pues los blancos de los folios antes de comenzar a escribir en ellos se abren a un vértigo desasosegador, una vez más siento ese miedo a la página vacía (blanca) que he de recorrer sin ayuda y con la sola participación de mi pensamiento despierto o de los arrebatos espasmódicos del ingenio formativo que me haya impuesto. Jamás he dejado de apreciar esa sensación de desamparo y de miedo al ponerme delante de una cuartilla en blanco a la que he tenido que abordar y llenar de gráficos escritos. Siempre ha sido algo que he temido porque también, y además, notaba una incómoda sensación de culpabilidad por haber maculado lo inmaculado. El blanco tiene ese atributo congénito. El blanco por su condición de aparente neutralidad, sobrepasa el orden coherente. El blanco por blanco, no debería notarse por su misma ausencia de tensión, por la falta de ritmo, por el vacío de sus registros dinámicos, por su incapacidad de detalle, por la desconsideración de las sombras. El blanco aparentemente no dispone de carácter, más aún, logra ocupar un territorio confuso e indeterminado por su condición de nada. Sin embargo su sola presencia neutral nos asusta, nos intimida, consigue reducirnos al embarazo y a la inseguridad. Ante su poder tan solo, por su silencio implícito, y desde ahí la reductibilidad de nuestro límite, de nuestro encogimiento ante su indeterminación. El blanco por sí mismo desconoce límites. Tampoco sabe ofrecer el descanso presumible ante su falsa inocencia. El blanco contiene un poder y una energía inusitada y sorprendente por su revelación y apariencia natural. Y la mayor perplejidad, curiosamente, puede encontrarse en la configuración de la ausencia total. Un aspecto que magnifica la categoría del blanco, que sin ser, disfruta de una comparecencia absoluta y determinante. No es fácil, a modo de ejemplo práctico y telúrico, que nos ofrezcamos vestidos en sociedad totalmente de blanco en otra estación que no sea el verano; aunque por otro lado, y paradójicamente, el blanco es el no color, y como consecuencia, debería ser el no-ser, lo irreparable. Pero por eso su categoría, su insolencia admisible, el todo y su autoridad y cualquiera de los reproches que pudieran hacérsele por su discreción, por la ausencia de gesto, determina la mayor parte de las conductas atentas. Demasiados son los referentes a los que podríamos acudir al blanco por su condición misma del blanco y en su relación con los otros. Y sin embargo de los muchos aspectos que podríamos destacar de esta facultad inaudita que sin apariencia totaliza la mayoría, sería el de la contundencia ineluctable desde su pertinaz inapariencia, desde su engañosa indiferencia. Tal ha sido su eficaz comparecencia (desde una inexistencia falsa) que la mayoría de los artistas pensadores-renovadores de las tesis plásticas de este siglo finalizado han acudido a la esencia prístina de este color vacío para poder progresar en sus ejercicios raciocinadores y alternantes del mundo expresivo del arte. Un empeño que hoy, visto desde la distancia que se nos permite, parece desmedido según los derroteros por los que ha evolucionado el arte. Masivamente inspirado y sujeto a las computadoras y a los efectos visuales de los multimedia. Algo que no debe restringirnos en los procesos investigadores por los que el blanco adquiere una dimensión excepcional en las teorías continuistas del concepto arte como método analítico de las grandes cuestiones del ser humano y de su porqué existencial. El blanco desde los comienzos de este siglo fue designado como el gran revelador de las intenciones del pensamiento desde los atributos artísticos. No sé si debiéramos asignar a Malevich el origen de las reflexiones metafísicas y organicistas del desempeño espacial del blanco y de sus atributos aparenciales en la lingüística específica del arte. Un impulso condicionador en las preocupaciones cognitivas de esta generación especial. El blanco a partir de este momento dejaría de manifestarse como un agente neutro e inexistencial, para dotarse de una consistencia desmesurada y trascendental. El blanco desde ese mismo instante pasaría a formar parte de las más profundas consideraciones de los artistas del devenir. El blanco sobre blanco de Malevich, (tal vez el origen inspirador de esta exposición) se empeña en convencernos de que un blanco sobre otro blanco en un ejercicio compositivo alcanza una facultad activa capaz de proporcionar una revelación esencial en los procesos constructivos creativos dirigidos al alma y a las consideraciones intelectivas por el poder inherente concedido a las manifestaciones visuales del arte. El blanco sobre blanco de Malevich no sólo responde a un ejercicio de docilidad expresiva y de sensorialidad en los efectos bidimensionales expuestos, sino que encabeza una total renovación en las tesis proposicionales del arte para la dinámica de su devenir. No en vano decenas de autores, hoy considerados capitales en el desarrollo didáctico de la plástica influyente a lo largo de este siglo concluido, han recurrido al color blanco para hacer crecer sus inquietudes analíticas en los procesos formales que les ha tocado manejar. En De lo espiritual en el arte, nada más y nada menos que Kandinsky alude y mayoriza al color blanco como un actor fundamental y cargado de extremos en su revelación misma de ausencias, distinguiéndolo como un actor mediático en las relaciones con los entornos equilibrantes. El blanco como autoridad y mediación, equilibrio anatómico. Un gran silencio absoluto ( ), un silencio lleno de posibilidades. El gran desconocido e infranqueable. Un silencio matérico hinchado de voces. ¿Cómo si la mejor de sus revelaciones es su neutralidad, la ajenacidad por su inexistencia? Su mejor virtud ésa entre presumibles excesos. El blanco como inspirador. El día que consideré el blanco como un motivo excedido y monumental para la propuesta de la celebración de una exposición, sabía de las especiales esencias cognitivas de su comparecencia. Un hecho racionalmente desconsiderado por su vacío manifiesto que extrañamente se valora por la consistencia de sus noes. Un gesto desprovisto pretendidamente valorado en la desapariencia. El blanco no da nada. El blanco sólo provoca la incertidumbre necesitada de ser indagado en la confusión de la neutralidad y en el no. El blanco como un absoluto aceptado y determinante de los luegos conductistas y renovadores del transitar verbal de la dialéctica del arte. Si consideramos a Malevich el principal artífice en la atribución magnificente del blanco en la configuración del escenario plástico y el primero en introducir una corriente de pensamiento alrededor de las esencias formales de los colores, hemos de cuando menos que indagar en los detalles elucubrativos de Kandinsky en lo De lo espiritual en el arte, como también en las fidelidades de Robert Ryman en el efectismo del blanco como el poder absoluto, como la piel de la esencia inmarcesible, la dimensión exacta para todo. En este proceso específico muchas más veces podremos acudir a distintos autores que en el blanco hallaron el motivo reconfortante de sus aflicciones cognitivas. Autores como Bruce Nawman, que en el blanco hallaron uno de los motivos reveladores de la especificidad del arte y uno de los argumentos de mayor intensidad elucubrativa en la configuración formal en las discusiones sobre el arte avanzado, han de ser considerados, cuando menos, en el esfuerzo reflexivo del progreso del arte como medio influyente en las conciencias populares, según el resultado de la visita de una exposición. Sería lo más sencillo, pero la intención filosófica de estos autores posibilita un mundo abstruso e intrincado de difícil discernimiento. El blanco a pesar de todo dificulta toda fácil revelación. Son decenas los artistas que han incidido en el blanco como posibilidad discerniente de escondidas verdades. Los tratamientos, incluso sus métodos resolutivos, han progresado en estadios firmes de convencimiento meditante. El blanco como efecto máximo, agente extremo. Ives Klein, empeñado en referirnos un mundo intangible y espléndido desde la nada. Christo, obsesionado con empaquetárnoslo todo por encima de la raza. Ben Nicholson, empeñado en geometrizarnos parafrásticamente sus mundos icónicos. Lucio Fontana, empecinado en mostrarnos espacios ajenos y alejados de la evidencia transbordando en blancos empecinados en el sin ser. Piero Manzoni, Roman Opalka, Jan Schoonhoven, Agnes Martin, Cy Twombly, Giorgio Morandi, Armando Reverón, Jaspers Johns, José María Sicilia, Hernández Pijuán, son algunos de los autores que han persistido, a lo largo de este siglo desmesurado, en hallar, agarrados al blanco, el motivo de su naturaleza y la proporcionalidad de ahondar en un territorio incógnito lleno de matizaciones imprevisibles. Un conflicto severo si entendemos la reductibilidad de su pasión reflexiva. El blanco puede consentir otras muchas atribuciones, o mejor aún un infinito de posibilidades irreductibles en base a su disponibilidad de la nada. A la frecuencia del no-color, de la ausencia, del silencio, de la nada. El blanco como vacío impositivo. La presencia como ausencia. Una vez más, como siempre, he sentido ese miedo terrible, un vértigo inconsolable al asomarme a la página vacía que he logrado repoblar. Quizá la exposición contenga ese mismo tránsito por las profundidades del vacío, asomándose a un abismo insondable a pesar de todo y de todas esas aparentes propiedades dóciles de que dispone. Sin embargo, su presencia, su indiscutible generosidad pacífica y confiable nos conduce regocijados por los extremos de su destacada pureza. Y de la misma manera que asomarnos al blanco desnudo nos impone un intranquilo respeto y un ahogo apagado, y nos somete a un previo ejercicio de humildad y de sinceridad, en cualesquiera de los vehículos elegidos para accederlo, también nos entrega una larga pasión, una desmedida confianza, y, lo más importante, nos exige una convencida determinación para que sepamos crecer por nosotros mismos desde ese mismo estadio vacío e irreferencial mostrado en su carácter natural. Un ejercicio severo e impositivo al que nos obliga su apariencia absoluta e imparcial. No obstante, una placidez amable y reconciliadora. El blanco jamás podrá ser aprehendido ni reducido a la individualidad. El blanco será siempre en función del número de sus visitas. La exposición el placer de este atributo mágico.