| En la obra de Ibrahim Miranda ha predominado la preocupación existencial, el conjunto de comportamientos y experiencias que rodean y afectan al hombre. Sus grabados y pinturas tienen que ver con la transformación interior con referencias a las migraciones y las sociedades vigiladas. Obras como Destierro/proscribo el Panopiticon (1995) y las pertenecientes a la muestra Noches (Espacio Aglutinador, 1996) describen la imagen de la angustia psíquica interna. Viejos estilos de grabado ilustran el lado paranoico de la mente espiritual y la extraña carencia de naturalidad de una vida interna mutilada por miedos, el destino o la incertidumbre cotidiana. Eminentes cruces acusan estados de poder, presidiendo la articulación de signos y símbolos, la sentida e irónica manipulación de su propia y heredada iconografía, en atmósferas a veces irreales fantásticas, donde (Lejos de casa, Disfraz de procesión, 1995) gravita el ser humano en medio de un cansancio o aislamiento, de mutilaciones protagonizando este viaje apocalíptico de mil noches de insomnio. Hacia 1998 su obra da un giro y se abre a nuevas experiencias. Unidos por la idea del sueño, de lo que constituye la noche, realiza diferentes investigaciones sobre objetos de uso doméstico y problemáticas vinculadas a éstos. Accesorios que utiliza una familia en su vida cotidiana, como sobrecamas, frazadas, tapices. Ayudado por su hermana en su casa natal de Pinar del Río intenta rescatar algunas técnicas del patchwork usadas comunmente por costureras de barrio, sobre todo en el interior del país. Ibrahim Miranda incorpora sobre los fondos de las cubrecamas algunos de sus sueños y obsesiones ahora motivados por esta nueva relación con el contexto. Una segunda parte del proyecto consiste en prestarle cubrecamas a algunos amigos en La Habana para que fueran usados a su antojo, durante un tiempo, la obra concluiría con la documentación de las relaciones establecidas entre ellos, fotografías, notas escritas o algún tipo de incidente que marcara la relación con los cobertores. Mapa (1993) y Turismo Cuba (1992) reafirman la idea de lo vivencial en medio de contextos y terrritorios específicos, con determinantes coordenadas espacio-temporales, concretas y variables a un tiempo. Los deplazamientos cartográficos, la proyección de ideas, emplazan la isla como cuerpo, ontología simbólica, topografía recurrente. Mapas originales de la isla de Cuba pintados con tinta negra, en un intento por transformar la realidad. Rejuego lúdico de figuras y creaciones para cambiar las permanencias. Familia, religión, política, relaciones humanas se entrelazan en una obra que incluye tanto lo inhabitable o laberíntico como la posibilidad de búsquedas, hallazgos y transformaciones del espacio cotidiano. |