| La obra de Armando Mariño constituye una metáfora elocuente del torrente narrativo sobre posiciones culturales de resistencia al crear un espacio pictórico que incluye lugares "otros", "diferentes", donde revive todo este pasado devenido presente, innegable como legado. La mirada del personaje central de sus pinturas negro con indumentaria de esclavo de la época colonial se sitúa siempre en un "más allá" del discurso artístico legitimado por el arte occidental, simbolizando esta situación de supervivencia y extrañamiento para con "lo diferente". La manipulación crítica (vocación reflexiva, cuestionadora de tópicos de nuestra existencia cultural y social) incluye la apropiación de un repertorio iconográfico, ideales y valores situados en el centro mismo de la modernidad, de los términos de dominación metropolitana en contextos inadaptables a sus lógicas, así como de las continuas tensiones sufridas por el arte periférico, durante los vaivenes del reflujo legitimador por parte de los centros hegemónicos, activadores de los mecanismos de reconocimiento e inserción en los circuitos internacionales de instituciones y mercado. Por otra parte su expresión reafirma la restauración en el ámbito de la plástica cubana de tradiciones reconocidas dentro de un paradigma estético del arte y la creación de un espacio nuevo para la pintura "dominio por excelencia de tareas representativas y vehículo idóneo de exteriorización de la consagrada téchné *. Sus primeros lienzos acentúan rasgos barrocos: "la puesta en escena se hace más teatral; la iluminación más efectista; la provocación a invadir el espacio pictórico, mayor. Esta especialidad de inspiración velazqueña juega con el espectador y lo seduce y lo convierte en voyeur de fingidas violaciones y escenas "estético-eróticas", pero respeta a la vez su condición de espectador supraobjetivo" **. Desde entonces, se advierte una "iconoclastia retórica, una destrucción de alegorías; una actitud herética, irreverente, generadora de antivalores" ***. Tal actitud conduce, en obras posteriores, a trascender la bidimensionalidad en un intento por subvertir las propias estratificaciones estilísticas y semánticas sugeridas en los lienzos. Trabajos donde introduce el elemento escultórico, como es el caso del proyecto Malabartista (1999) en el que una escultura policromada de un hombre a escala natural cruzando un tronco de madera que atraviesa el espacio en forma diagonal, a modo de "malabarista de la creación", constituye el motivo principal. La instalación The dreamer (2002) continúa el transcurso de ideas desarrolladas en obras como El castigo, El tótem o El faquir (pastel sobre papel, 1998). La figura del negro, esta vez acostado boca abajo sobre el suelo a modo de tabla de surfing o bote, en cuya espalda está afincada como estandarte la bandera de la Unión Europea. * Lupe Álvarez: Catálogo Segundo Salón de Arte Cubano Contemporáneo, Ed. Societá Fondamentale, Italia, 1998, pág. 78 ** Israel Castellanos: "Muerte del utópico y suerte de la utopía" en Arte Cubano, nº 2, La Habana, 1996, pág. 68. *** Ibídem, pág. 68. |