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Contar en Cuba. El relato y la sospecha
Lupe Álvarez |
| I. Mi relato Los últimos veinte años han sido prolijos para la reflexión sobre el arte en Cuba. Nunca antes fueron tantos los artistas reconocidos por la madurez y riqueza de su producción, ni tan cuantiosas las exposiciones que, dentro y fuera de la isla, abordan la complejidad conceptual y estética del llamado nuevo arte cubano. El proceso formativo de este fenómeno refleja con claridad las etapas más conflictivas que ha vivido la Revolución. El vínculo manifiesto entre la sociedad y las dinámicas del arte puede ser el fruto de la difusión excesiva de una ideología del compromiso y la responsabilidad del artista con su realidad que, mal que bien, nos ha marcado a todos. Aun cuando el arte isleño ha demostrado sus capacidades para hacer de las aperturas de la cultura contemporánea algo propio, y cuando se luce poniendo en acción todos los repertorios habilitados por ella para amplificar hasta el infinito el universo de lo artístico, sus delirios e indagaciones más profundas están enraizadas en las contingencias del ser cubano hoy. El modo de involucrarse en el tejido social desde posturas y recursos disímiles hace de la creación un importante rasero de la subjetividad actual. Las variantes de la producción artística descubren facetas del conflicto ideológico que vive la isla: lo insólito de convivir con un discurso que la cotidianidad desmiente, los malabares que hay que hacer para satisfacer las más elementales necesidades, los ideales fracturados y la incertidumbre que amenaza. No obstante, el arte se ha revelado como uno de los mecanismos de sobrevivencia más eficientes. Las maneras en que resiste y crece en condiciones precarias han sido una escuela para todos. Ellas discuten cualquier paralelo posible entre el control simbólico practicado por los regímenes socialistas y el desarrollo cultural. La crítica ha analizado exhaustivamente las circunstancias en las que se inscriben los hitos de la producción artística de las últimas décadas. La diáspora de finales de los ochenta y las urgencias del Período especial diezmaron a tal punto el floreciente movimiento, que se rehabilitó aquel antiguo slogan del exilio que afirmara: el arte se fue de Cuba. Pero duraron poco el drástico significado de la frase y su valor como aval de un posicionamiento ideológico. Bastó la V Bienal de La Habana para despejar dudas. La retaguardia parecía cubierta. La avalancha de una nueva promoción del ISA (Instituto Superior de Arte), con gran interés en hacer valer sus diferencias, dejó satisfechos lo mismo a la institución cubana empeñada en alejar pasadas glorias que a los ilustres cazadores de señales polémicas que frecuentan el importante evento. No dudo que el entusiasmo caló hondo y que, a la vuelta de unos años, nos vimos obligados a moderar la complacencia con la que enfrentamos la novedad, poniendo punto en las íes sobre las consecuencias negativas de la adecuación del arte a las circunstancias especiales vividas en la isla. Hay razones que justifican el afán de distinguirse de sus antecesores proclamado por la Generación de los Noventa. De la otra orilla llegaban noticias de cómo líderes del vanguardismo ochentiano más recalcitrante se plegaban ante las demandas del mercado artístico. La conciencia grupal y la capacidad de inserción social, otrora emblemas de este movimiento, parecían historia antigua y muchas obras de las de afuera despedían el tufillo de la retórica añadiendo datos a un incipiente Cuban Style. Pronto se asentó la convicción acerca de las ventajas del arte hecho en Cuba. Resulta más interesante para promotores foráneos el pataleo en las fauces del león. Incluso, las condiciones en las que la producción artística resistía el endurecimiento paulatino de la política daban pie a la proliferación de toda suerte de ardides y maniobras tipo cuerda floja para burlar a los policías ideológicos continuando la tradición del comentario mordaz sobre la realidad pero con sofisticados recursos que aludían al nivel de instrucción de los artistas cubanos. Desde entonces se ha fundado un nuevo exilio, el de los que están aquí pero allá hablando de lo que acontece en la isla con la mirada puesta en las expectativas que nuestro arte despierta. El país vive en los límites de la subsistencia y el arte es de las pocas fuentes de divisas que permite un respiro al sector que recibe sus beneficios. Esta es una realidad que ha alimentado el oportunismo. Hay temas y formas especialmente favorecidas y subtextos que quieren leer los que saben que la actividad artística arriesga discutiendo un orden que, a toda costa, se mantiene. La insularidad como condición de aislamiento, el mar a un tiempo cementerio y promesa, el viaje en su ambigüedad de destino ansiado y temor al no regreso constituyen, junto a una variedad de motivos que evocan la ansiedad y la angustia en la que el cubano vive, los tópicos más recorridos y apreciados por el discurso internacional. Otra faceta acentuada en las valoraciones es aquella que con las formas más cultas del humor: la ironía, la parodia, el sarcasmo, se dedica a revolver en los estereotipos ideológicos y en la retórica del discurso oficial. Es obvio que, aun cuando muchas propuestas y exposiciones resonantes nos devuelven esa sensación de dejá vu, o de languidecimiento de la energía creadora que hemos ponderado en nuestro arte, sigue prevaleciendo un arte crítico. Lo más significativo es que esa crítica ha cambiado de signo. A diferencia del arte fustigador de los ochenta que llegó a liderar el debate público sustituyendo las funciones de una sociedad civil prácticamente inexistente, la creación actual se refugia en la autonomía artística, se ampara en la distancia estética preservando el espacio que ésta ocupa como zona de despliegue que marca sus límites sin perturbar lo que está afuera. Esto se agudiza con el hecho de que muchos ambiciosos proyectos artísticos resultan irrealizables dentro de Cuba, no precisamente por su problematicidad, sino por la precariedad económica imperante. No obstante, hay más argumentos a favor de una continuidad del proceso de la plástica iniciado en los ochenta que los que el patrón habitual del borrón y cuenta nueva quiere reconocer. Ha cambiado la estrategia simbólica debido a las urgencias que implica la inscripción del arte en relaciones capitalistas, se han ampliado favorablemente las formas de cuestionar el entorno y es mucho más cuidadosa la selección de recursos y medios, dada la extensión del campo de operaciones en las que esta producción se inserta. Pero es muy importante situar las claves de un legado que ha devenido mecanismo cultural garantizando un substrato del que participan la mayoría de las opciones creativas. Éstas sustentan su raigambre conceptual a través de un arte de ideas que acoje los elementos por su eficacia en la concreción de determinado propósito. En esta línea son controlados cada uno de los aspectos portadores de significados históricos o actuales: la circunstancia, el sitio, el discurso en el cual la obra puede apuntalar sus sentidos, los códigos visuales. El arte cubano se ha apropiado al máximo de la dimensión lingüística que la vertiente conceptual patentizó en la artisticidad contemporánea, y lo ha hecho poniendo a trabajar repertorios históricos, usando estratégicamente convenciones estéticas, atrayendo la densidad de tradiciones de culturas diversas. Con ello ha pulido el ejercicio crítico. La herencia conceptual sirvió en los ochenta para sustentar la inserción social del arte. Deudores de postulados vanguardistas, los artistas de entonces pensaban que al tomar la vida y expandir su acción a todo el complejo social, conjurarían el anquilosamiento de los impulsos revolucionarios. Hoy se ha impuesto la crítica sin proyecto ajena a ideales emancipadores que no sean los de la conquista de un lugar de realización personal. El espacio privado, en el que todos los datos se cruzan para proyectar una imagen alzada sobre la experiencia individual, sustituye a la antaño experiencia social. Todo el acervo conceptual atesorado en estos veinte años ha armado al arte para hacerlo un puntal de la resistencia a órdenes autoritarios. Pero hoy gana la resistencia instruida que se refugia en la autonomía del tropo; la que se apertrecha en la zona del arte y con sus recursos. II. Contar con otros La recurrencia a vocabularios formales reconocibles para darles un uso crítico tiene carrera en el arte cubano. Hacer de esos repertorios un instrumento para comentar la actualidad es otra de las maneras que ha ido afinándose para diferentes objetivos en la plástica de estas dos décadas. El relato alternativo, la fábula de connotaciones históricas y la ficción que reinventa la realidad a partir del deseo son formas narrativas que recuperan la sorpresa, el asombro y la opacidad de una historia cuyas certezas van desapareciendo, o, más bien, se muestran como construcciones ideológicas vulnerables y perecederas. Esa pérdida del guión potencia múltiples relatos en las que se traslapan experiencias socioculturales e individuales que eluden cualquier asociación paradigmática. El resultado se ve en textos de identidades múltiples, articulados tácticamente para alumbrar o esconder contenidos, rigurosos en el control de las condiciones de significación y enfáticamente performáticos. Cancelar la progresión temporal es otra de las obsesiones que la narración refleja, quizás, un síntoma de la forzosa coexistencia de signos de diferentes épocas o del reciclaje como tabla de salvación para salir adelante. Se ha extendido el gusto por la promiscuidad semiótica y el uso impropio del lenguaje como coartadas. Parapetados tras la retórica de expresiones consagradas, o de gran significación, muchos artistas cruzan mensajes que conflictúan principios establecidos. La forma de narrar supera la propia narración, pues la perversión de los cuerpos semióticos que ha sido cultivada como simulación coloca al ojo en las calidades estéticas pulidas por los diferentes lenguajes, en las sutilezas de su artesanía. Es un nuevo tromp loeil que recaba los antiguos placeres de la visión para amplificar sus efectos. Una tipología apresurada de las virtudes narrativas de estas propuestas dejan ver: - Uso sospechoso de la pintura y sus géneros que convierte al cuadro en medio táctico y a la expresión en dato contingente de una realidad otra. Pedro Álvarez y Douglas Pérez han empleado brillantemente esta estrategia. - Articulación de motivos y lenguajes de modo que subviertan la arrogancia de todo relato. Con ello se realza la ambigüedad, la finitud de cada perspectiva, la sobreexposición a la información que cancela la autoridad de cualquier mirada. Saidel Brito ejemplifica este modo. Sus fábulas desbordan toda intención conductora y moralizante. - Alusión a complejos simbólicos que tienden puentes entre lo privado y lo público para expandir las facultades de la creencia y dar alcance social a sus efectos. Aquí dicen mucho las obras de José Ángel Vincench y Luis Gómez. - Construcción de historias paralelas urdidas mediante eterónimos y formas ingenuas del decir que desvían la atención hacia lo expuesto y, a la vez, se muestran como ambientadas y extemporáneas. El binomio Fernando Rodríguez-Francisco de la Cal ha hecho delicias en este sentido. - Contar a través del cuerpo. Éste deviene escenario de prácticas simbólicas cruzadas que invaden su territorio fracturando la idea de una identidad fija. La fotografía de René Peña fabula con esta postura. - Uso de motivos de gran significación cultural que dialogan en ambientes paradójicos. Esterio Segura y Pedro Álvarez son prolijos en estos usos. - Empleo de la aparente densidad simbólica de ciertos estereotipos constructivos para banalizar sus significados o resaltar su vaciedad. Henry Eric Hernández nos regaló una obra grandilocuente y carnavalesca con este recurso. La mayoría de las opciones utilizan textos que interactúan con los medios plásticos en maniobras significantes. Estos complementos verbales presionan sobre la expresión visual con artilugios retóricos para crear un campo interpretativo dispuesto a múltiples entradas. La presencia del ingenio popular y sus tradiciones son el leit motiv del arte cubano. La eficacia narrativa de sus recursos y la frescura que aportan al discurso facilitan el acceso a las obras y las contagia de la intensidad del dato cultural propio. Así se concreta un tipo de relación arte-vida que las propuestas, en general, no abandonan. Luego de la debacle de la ansiedad de inserción social del arte en los ochenta, el arte de hoy no se ha encerrado en la torre de marfil, sigue discutiendo y hablando una lengua comprensible para su contexto, llena de sugerencias que calan en el espectro existencial del cubano. Estos modos de decir se cruzan en síntesis insólitas humedeciendo las piezas de una historia variopinta que, desde el clásico balcón habanero, amenaza con precipitarse bajo el viento azaroso de la delgada insularidad. |
| «Storytelling in Cuba». Texto publicado en el catálogo de la exposición While Cuba waits. Art from the nineties (Smart Art Press, Santa Mónica. EE.UU., 1999). |