Catany
Fontcuberta
Hilliard
Palma
Rivas
Zubero
Izquierdo-Moso
7x7x7
Origen


EN LA OBSERVACION SILENCIOSA, EL OJO PIENSA
Javier González de Durana,

"El conocimiento de las ciudades está ligado a la
posibilidad de descifrar sus imágenes de ensueño"
Siegfried KRACAUER, 1931.


El proyecto 7 x 7 x 7 surgió como una aportación de la Sala de Exposiciones REKALDE a las celebraciones del séptimo centenario de la fundación de Bilbao y con el propósito de ofrecer testimonio de su realidad urbana y social a través de las miradas fotográficas de siete artistas invitados.

Dada la compleja realidad de una metrópoli como ésta, máxime en momentos durante los que se producen enormes transformaciones tanto de la realidad urbana visible como de los comportamientos cívicos de sus habitantes, ese testimonio, buscado y encontrado, no podía ser sino inevitablemente fragmentario. A veces, la visión parcial de un hecho es más veraz y elocuente que la pretendida observación completa del mismo. Hasta el acontecimiento más sencillo posee caras misteriosas e inadvertidas que a menudo no son percibidas de inmediato, ni durante mucho tiempo. Por tanto, asegurar que se conoce o se muestra todo acerca del mismo no deja de ser un ejercicio de vana arrogancia o una indisimulada mentira con la que quizás se pretenden ocultar realidades incómodas o, peor aún, cuya existencia se ignora.

Por el contrario, dado que cada ciudad es un conjunto de múltiples urbes y el resultado no planificado de sucesivos acontecimientos planificados, el fragmento, la mirada parcial, la elección del rasgo extraído de un todo, aunque haya sido captado de manera azarosa, al renunciar de entrada a la plasmación de lo global, ofrece credibilidad y predispone a mirarlo con atención. Puede tratarse de algo que, habiendo sido detectado por unos ojos sin prejuicios, ha podido pasar inadvertido ante la acomodada mirada de los demás. Podría tratarse, incluso, de ese aspecto particular que, precisamente, falta para comprender mejor lo que hasta el momento ha resultado ininteligible o poco claro a alguien.

Como a mediados del siglo XIX, el habitante de Bilbao, y de metrópolis semejantes, a comienzos del tercer milenio sigue siendo un transeúnte, un individuo que se desplaza por calles ocupadas por otros sujetos, como él mismo, y observa con curiosidad la cambiante realidad de unas y otros. Entre asombrado y atónito ante el espectáculo vigoroso de un espacio en constante mutación, es un nómada que apresa con la mirada fugaces fragmentos humanos y materiales de un mundo en el que, a su vez, participa como mero detalle efímero y volátil para las miradas de otros.

Si cabe, podría asegurarse que ese sentimiento de flujo permanente e inasible se ha acrecentado de tal manera en los últimos tiempos que ya sabemos con certeza que la realidad de las ciudades resulta inabarcable de por sí y es mutante sin tregua. Por eso la reconocemos como una suma de vivencias que coexisten, cada una en su segmento particular, a veces espacialmente vecinas pero separadas por una gran distancia emocional. Así, percibimos con nitidez que no existe una sola y definida verdad urbana, sino múltiples realidades diferentes asentadas en una densa trama de casas, calles, barrios, periferias, lugares... ocupados por individuos que, dependiendo dónde estén, se comportan y sienten de una u otra manera, generando infinidad de situaciones.

El crecimiento desordenado de las urbes durante el siglo XX ha disuelto la clásica organización de espacios público (la calle cívica) y privado (la casa refugio), así como los conceptos de centro y periferia urbanas (con los que se regulaba la estratificación social). Ello ha sido notorio en el caso de Bilbao durante los últimos 25 años, tiempo durante el que ciertas áreas centrales de la ciudad se han degradado física y/o socialmente en la misma medida que asentamientos residenciales de prestigio crecían en los remotos limes de la influencia metropolitana con la inevitable secuela de servicios intermedios entre el centro y esas urbanizaciones expandidas.

Junto a otros factores propios del crecimiento económico y telemático, este anómalo desarrollo ha dado lugar a híbridos que no son ni una cosa ni otra, sino "no-lugares", espacios para la experiencia vivencial que han tomado un protagonismo insólito en nuestras existencias: supermercados, aeropuertos, gasolineras-restaurante de comida rápida, terminales metropolitanas, macro-contenedores del consumo... , sustituyendo la calle como espacio público. Una calle que era para la sociabilidad, para estar aunque no se tuviera dinero, y unos "no-lugares" que son para el tránsito clientelar de lo fugaz, para consumir mientras se tenga capacidad de gastar.

La ciudad tradicional caracterizada por relaciones personales densas asociadas a escenarios estables va, así, siendo sustituida de modo paulatino por el espacio urbano neutro "de paso" propicio para contactos ligeros. Lugares que, en la ciudad de la información, se muestran ante nuestras miradas como un conglomerado de signos, artefactos efímeros, historias fugaces y precipitados recuerdos (reales y virtuales)... en número creciente cada día. Signos que ocupan los muros publicitarios, los contenedores industriales, las playas de aparcamientos, las colinas de deshechos domésticos, los vertederos de objetos que esperan su reciclaje industrial..., esto es, las vecindades necesarias de los nuevos espacios meta-politanos. En suma, un proceso que desencadena cada vez menos ciudad y más lugares desterritorializados, entendidos éstos como aquellos paisajes urbanos en los que se produce una pérdida de anclaje personal y de identidad del sitio en favor de un espacio global supuestamente homogéneo, indiferenciado y virtual.

Consecuencia de esas transformaciones, el paseante urbano del siglo XIX cambió su condición de puro observador que se dejaba llevar por el asombro y el encuentro por otra en la que, al disminuir el carácter doméstico de la ciudad, se hace presente el sentimiento de incertidumbre propio del explorador o del nómada. La calle ha dejado de ser la prolongación del pasillo de casa; la terraza del café, una sustitución del mirador a la calle en la fachada; el restaurante, una alternativa al comedor familiar; la oficina de trabajo, un espacio más amplio que el gabinete personal; y el barrio alegre, un paliativo del dormitorio conyugal. Este orden quedó desbaratado y el individuo siente temor al extravío porque no consigue orientarse en su entorno. No sólo los mapas reales pierden vigencia en poco tiempo -nada es estable-, sino que incluso los mapas simbólicos de la ciudad son inciertos, pues no describen situaciones emocionales claras y la hostilidad con que se manipulan los símbolos da lugar a dramáticas desorientaciones y pérdidas de ubicuidad. Como los exploradores, el ciudadano actual trata de ajustar el espacio que ocupa y vive a algún modelo descriptivo de ciudad y, así, dibujar su propia cartografía con las coordenadas de lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico.

Pocas ciudades como Bilbao habrán visto producirse en las últimas dos décadas un proceso tan intenso de pérdida, transformación, creación y sustitución de lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico. Una honda catarsis ha dado lugar a la muda de piel y a la renovación de ciertos órganos vitales, tras la que adivinamos la vigencia del viejo aforismo que aseguraba el desvanecimiento en el aire de todo lo sólido. Las preguntas son si el cambio de las apariencias y los emblemas no desarraigará las mentes, si el cuerpo real seguirá siendo sustancialmente el mismo y si quedará mudo el genio del lugar.

Las situaciones personales concretas son las verdaderas realidades urbanas hoy para los individuos singulares; todo lo demás, lo que cabe en una estadística, es el dominio de los políticos burócratas que no quieren saber de inseguridades en su territorio , ni de vulnerabilidad del espacio público, ni de falta de mapas sentimentales, ni que las ciudades poseen una dinámica que les hace proclives a la mutabilidad poética e histórica, dando lugar a algo más que una mera forma urbana. La ciudad, espacio del desconcierto, es sentida por sus usuarios como un sistema en el que intervienen sucesos físicos –la demografía, la economía, la cultura...- y sucesos estructurales –transportes, energía, movimientos financieros...-, que configuran una realidad objetiva que se mezcla en la percepción individual con una realidad subjetiva en la que existen elementos fruto del azar, lo irregular y lo irracional.

Lógicamente, también el tiempo urbano ha cambiado. El modo de mirar y percibir (consumir, es más correcto) es instantáneo. El efecto del tiempo no deja repercusiones en una memoria sin pátinas de momentos pasados (cercanos o remotos, da igual), sustituidas por los brillos luminosos de neones y llamativos anuncios electrónicos. Historia e instante viene a ser lo mismo y la aceleración de aquello que discurre ante nuestros ojos nos hace pensar con imágenes, más que con ideas. La percepción y la memoria se sofocan ante la avalancha procedente de un collage compuesto por inmaterialidades de entre las que ninguna figura o situación clara termina por destacar. Entre el colapso de imágenes banal-estetizantes (realidad virtual complaciente) y la neta realidad se interpone un efecto de ocultamiento (pantalla) que disuelve los límites de la percepción sensible, dando lugar a una estética de la desaparición que se deriva de la inestabilidad de las imágenes, espacios y objetos, fundados en duraciones y presencias no permanentes ni absolutas.

Colonizado lo cotidiano por el espectáculo de una cultura reduccionista, que enaltece la pérdida de los sentidos y se introduce en los domicilios privados, el espectador no vive realmente, sino que está sometido a la ficción de una infinita capacidad de consumo dentro de recintos, próximos al dolor, formalizados por una arquitectura infame que considera el espacio como un mero producto mercantil. Todo este ruido y movilidad visual resalta el silencio de la palabra; el desorden aparente -curiosa paradoja- se presenta con una intensidad equivalente a la de la proliferación de nuevos instrumentos de ordenación y control, tanto de la calle como de los "exploradores" que intentan romper su condición de sitiados .

A pesar de que pudiera parecer lo contrario, ello es posible por la vía de la seducción. El poder, que domina lo real, se hace presente en el mundo simbólico mediante estrategias de lo seductor, cuya habilidad consiste en subvertir, como si de un juego se tratara, la profundidad y solidez de todo otro poder, sea el de la realidad y la verdad, sea el de la psicología, haciendo que todos los signos, urbanos o de otra naturaleza, muestren su otra cara, su reversibilidad.

La arquitectura, la ciudad y sus habitantes no escapan al fracaso de lo real y la materia, al triunfo de lo ilusorio y lo inmaterial, sino que son, somos, resultado directo de esas suplantaciones que, en el fondo, representan las características esenciales de la actual cultura contemporánea mediática presentadas en un envoltorio de estetización global y difusa que vemos expandido como un bonito "make-up" por todo el planeta. Los contenidos, las cualidades, los lugares son sustituidos por la superficialidad, la atractividad y los artefactos; la experiencia de lo real, por la manipulación perceptiva. La institución de espacios se confunde con la instalación de ambientes que suministran "experiencias" a la percepción que sólo se completan cuando, más tarde, se "interpretan" y se las dota de un "sentido" .

Lo real se reduce a su imagen y se habla de la dramatización de la existencia, como si ésta se tratara de un espectáculo en el que las personas fueran actores. Considerándolo así, sería un espectáculo, un drama y una imagen reducidos a simples tareas efectistas. El proceso de estetización generalizada de la comunicación electrónica provoca la abolición de la experiencia estética singular y, con ella, la conciencia individual.

Bilbao es la ciudad protagonista de esta exposición de fotografías en las que muestra algunos rasgos particulares de su multifacético rostro urbano y humano. Invitados siete fotógrafos a mirarla a través de siete tipos de imágenes conceptualmente predeterminadas, el resultado sorprende por las decisiones adoptadas al elegir qué mirar en la ciudad. Dos de los artistas son bilbaínos y, por tanto, entienden a fondo lo situado al otro lado de la cámara, pues han conocido y vivido con ello. Algún otro había trabajado en Bilbao algún aspecto decisivo de su vida, como la ría, lo que es como suponer el conocimiento de su médula espinal. La mayoría, sin embargo, nunca habían estado con anterioridad en la ciudad del Nervión y, en consecuencia, sus miradas estaban libres de prejuicios y de preferencias, de cargas positivas hacia esto o aquello y de connotaciones negativas hacia lo de aquí o lo de allá.

Esta exposición fotográfica desarrolla la idea de la existencia de un Bilbao poliédrico cuya diversidad es captada por miradas que contemplan la ciudad desde una visión paisajís-tica y panorámica hasta el pequeño detalle bodegonesco en la habitación de una casa privada pasando por otras cinco imágenes que, como un "zoom", van desde lo general hasta lo particular.

Jugando con el número "siete", alusivo a los siglos que cumple la ciudad, siete artistas han realizado, cada uno, siete fotografías de Bilbao, recogiendo los siete géneros siguientes:

(1) el paisaje, Bilbao como una urbe masiva en relación con el entorno natural en el que se ubica (corona de montañas periféricas), vista tanto desde la periferia suburbial, borde subsidiario de una función activa o inactiva (carreteras, desmontes mineros...), como desde emplazamientos interiores en contacto con vestigios de naturaleza (ría, laderas ajardinadas o silvestres...) urbanizados;

(2) las costumbres y relaciones sociales, la vida de las gentes en un barrio de Bilbao, las calles y sus entretenimientos, el deambular y los espacios para el ocio, el escenario cotidiano del fluir de la existencia;

(3) la contemplación de una arquitectura concreta, una casa de una calle en un barrio de Bilbao, representativa del "espíritu" del lugar en el que se encuentra enclavada, emblema o estigma de sus ocupantes y usuarios o, según cuál sea el caso (el solar vacío y la ruina industrial), sus desplazados ocupantes y excluidos usuarios;

(4) la frontera entre lo público y lo privado, imagen dividida entre lo exterior (la calle o el patio o la terraza) y lo interior (el portal, la habitación o el coche), los espacios de comunicación y/o separación para el desenvolvimiento del yo privado y el yo social;

(5) las relaciones personales en comunidad, retrato de grupo, reunión de varias personas pertenecientes a un grupo humano dado de Bilbao (la familia, la pareja, los amigos, los compañeros de trabajo...),

(6) el retrato, el rostro individual de un sujeto concreto habitante de Bilbao (mujeres embarazadas, bebés, mujeres y hombres, incluso anti-retratos), como personalización de lo múltiple, de la diversidad humana que se singulariza, y

(7) el bodegón, esto es, un conjunto significativo de objetos orgánicos e inorgánicos situado en algún lugar de Bilbao.

Puede establecerse una línea continua que va desde la visión general hasta la mirada sobre ciertos objetos concretos, un tanto a la manera de las "matruskas" rusas, esas muñecas que, a su vez, encierran en su interior muñecas idénticas pero menores. La diferencia con las fotografías de cada secuencia es que unas no encierran otras iguales pero más pequeñas, sino que contienen otras que, según van haciéndose más locales y concretas, se humanizan y personalizan de manera creciente. Podría decirse que cada mirada fotográfica contiene infinidad de miradas parciales posibles, de entre las que se toma una, la siguiente en la secuencia, la cual a su vez contiene infinidad de miradas parciales posibles, de entre las que se toma una, la siguiente..., y así sucesivamente.

De modo que, mirándolo desde lo particular hasta lo panorámico, tendríamos que el bodegón en la fotografía nº 7 pertenecería al conjunto de objetos propiedad del individuo retratado en la imagen nº 6, quien a su vez estaría integrado en el grupo visible en la fotografía nº 5, alguno/s de cuyos miembros podría/n vivir o trabajar o desplazarse en esa casa o tienda o coche o tránsito que es la piel fronteriza entre lo privado y lo público tal como se observa en la imagen nº 4 y que tendría/n su domicilio en esa casa observable en la fotografía nº 3, ubicada en ese barrio que se contempla en la imagen nº 2 de esa ciudad -Bilbao- situada a lo largo de un valle apreciable en la fotogra-fía nº 1.

El encadenamiento de las fotografías en una secuencia lineal (esto es, que los objetos del bodegón pertenezcan al individuo retratado, etc.) en algunos casos es real y en otros, ficticio pero verosímil. El observador de cada serie puede reconstruir una historia en la que cada imagen es un capítulo, establecer las relaciones entre las fotografías, hacerse con una narración que podrá ser más o menos cercana a la realidad, aunque esto no sea lo importante. Sobre una base ficticia o no, cada relato elaborado por cada espectador es genuino. Una vez más, el observador completa la obra de arte al darle un significado personal.

Tras conocer la ciudad durante varios días y caminar por sus áreas centrales y adentrarse en los rincones remotos, los artistas tomaron sus decisiones. Sin condicionamientos ni orientaciones o recomendaciones. Decisiones libres. En la mayoría de las ocasiones no sabían qué era exactamente lo que fotografiaban, cuál su procedencia y previsible destino, ni cómo era sentido por los vecinos o por qué vericuetos lo que miraban a través del objetivo había llegado a ser lo que era. Sin embargo, en la observación silenciosa, el ojo piensa.

Lo llamativo del resultado fotográfico es la comprobación de que a ninguno de los artistas ha interesado el Bilbao de los grandes proyectos arquitectónicos, de las futuras áreas de crecimiento y desarrollo, del dinamismo social proyectado (aparentemente) hacia el futuro, hacia la revitalización, la renovación, los nuevos retos, las nuevas costumbres que prefiguran los cercanos éxitos...

Por el contrario, les han llamado la atención los viejos barrios periféricos en decadencia, como Olabeaga, en el que, con todo, la vida se perpetúa y renueva (Tony Catany), las orillas de Olabeaga, Zorroza y Deusto, que discurren desde las dársenas de antiguos astilleros, ahora recuperadas para el ocio urbano, hasta las ruinas de recios almacenes fabriles a la espera de rehabilitación (Humberto Rivas), Bilbao La Vieja, de bocas hormigonadas para túneles que penetran en una tierra desentrañada de rostro envejecido (Begoña Zubero)..., con sus rosarios de industrias desguazadas, solares abandonados y casas anónimas como imagen de la disgregación.

Por otra parte, el Casco Viejo de angostos soportales en donde son posibles las nuevas relaciones personales al amparo de una amplia tolerancia (David Hilliard), representa la voluntad de la permanencia, mientras que el barrio de Begoña, desarrollado en aluvión especulativo frente a fábricas cuyo solar hoy es un parque urbano (Luis Palma), se muestra como modelo de la desagregación aparejada a la vivienda en bloque colectivo, aislado, estadístico, robótico y "moderno".

Los únicos fotógrafos que prestaron su mirada a un barrio distinto, el Ensanche, lo hicieron bien de un modo muy conceptual al plasmarlo no como es en realidad, sino como lo ven las retinas de sus usuarios (Joan Fontcuberta), bien concentrándose en ese espacio ambiguo (puente, estaciones y vías férreas, calles inclinadas...) comprendido entre primer jardín del Ensanche, en Albia, y el último del Casco Viejo, en el Arenal (Luis Izquierdo-Mosso).

Sin embargo, estas fotografías, tomadas en su mayor parte durante la primavera y el verano del año 1999, son una gran prueba de la velocidad a la que circula Bilbao en este momento . Algunas realidades fotografiadas entonces ya no existen; tras muchos años de ser algo definido y caracterizador, son –y otras están a punto de ser- algo distinto: la estación de ferrocarril de La Naja y las vías que conducían a ella, los terrenos destripados de Miravilla y las antiguas construcciones mineras allí instaladas. Tampoco se necesitarán muchos años para que las riberas de Olabeaga, Zorroza y Deusto dejen de ser lo que ahora vemos en ellas. Fotografiar el presente es hacer arqueología de la actualidad. Casi todo lo fotografiado en 7 x 7 x 7 es memoria del pasado, fragmentos retenidos del presente huidizo. La historia de Bilbao, de cualquier ciudad, es un texto que estamos obligados a leer y a escribir constantemente, y en el cual también nos escriben.

Cada ciudad es muchas ciudades. Todas las que ha sido en el pasado permanecen sepultadas bajo la ciudad presente, comunicándose entre sí bajo nuestros pies. En algunos casos, el sepultamiento es real y, de vez en cuando, aparecen los vestigios de lo que fuimos. Nos reconocemos en ellos de inmediato, aunque carezcamos de noticias sobre su existencia desde hace quinientos años. En otros casos, el enterramiento es emocional y heredamos su peso de manera invisible, pero no menos cierta. Una herencia de voluntades y renuncias, de anhelos y rechazos, que configura la característica singular de nuestro comportamiento sentimental. Italo Calvino decía que era inútil clasificar las ciudades como felices o infelices, pues estas dos especies, aplicadas a cualquier urbe, carecen de sentido, y proponía dividir las ciudades sobre la base de otras cualidades: "las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o son borrados por ella" .

Pero no sólo los restos del pasado que fuimos se encuentran enterrados bajo el asfalto de nuestras calles. También se sitúa ahí el futuro que seremos, antes de que –cómo no- también se convierta en un arcaico vestigio más. Por debajo del Bilbao que observa el moderno "flaneur", descendiendo más allá del Bilbao que fotografiamos, sepultado entre limos y barros, está un Bilbao que no vemos pero que nos hace ser como somos. Una ciudad cableada, atravesada por túneles y redes de comunicación, energía y agua, saneamiento y aparcamientos. En ocasiones –extraña paradoja-, por debajo de un arruinado barrio industrial del siglo XIX circula la vibrante, ligera y traslúcida fibra óptica del presente que mira hacia el mañana, y que nos sitúa a medio segundo de establecer comunicación con el extremo opuesto del planeta; mientras que, junto al moderno edificio de arquitectura que asombra al mundo, una tambaleante red de alcantarillado que construyeron nuestros bisabuelos pervive sin que desagüe suficientemente a la ría las lluvias que se colectan en ella unas decenas de metros más arriba.

Parafraseando el texto shakespeareano, podemos imaginar que las ciudades están hechas de la materia de los sueños y que nuestra corta vida es una pausa entre dos noches o bien entre dos ciudades, la tangible y la deseada. El futuro es una hipótesis entre densas nieblas. Las ciudades son pasado. Esa es su realidad. Los habitantes de las ciudades tienen vidas tras de sí. Esas, las formas de sus deseos, son sus realidades. Lo que puede ser fotografiado está en esas verdades físicas y emocionales que, como imágenes de ensueño dispuestas para que las descifremos, han sido acarreadas desde el pasado construido y vivido... a lo largo de 700 años.

1. Marc Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 1995; del mismo autor, así mismo, "Lugares y no lugares de la ciudad", en Desde la ciudad, dentro de los IV cursos universitarios de verano Arte y Naturaleza. Actas, Huesca, 1998, pp. 235-248.
2. Paul Virilio, Essai sur l’insecurité du territoire, París, Stock, 1976.
3. Paul Virilio, Estética de la desaparición, Barcelona, Anagrama, 1988.
4. "Se trata de una doble condición del confinamiento mediático. De un lado, la realidad secuestrada y empaquetada; del otro, la existencia encapsulada en la células mínimas de sobrevivencia arquitectónica y urbanística. Ambos momentos definen la masa electrónica contemporánea: la moderna condición sitiada", Eduardo Subirats, "La condición sitiada" en La Linterna Mágica. Vanguardia, Media y Cultura tardomoderna, Madrid, Siruela, 1997, pp. 171-174.
5. Angelique Trachana, "El carácter femenino de la arquitectura. Poesía y seducción", en ASTRÁGALO. Cultura de la Arquitectura y la Ciudad, nº 5, Madrid, noviembre de 1996, p. XCIX; monográfico dedicado a "Espacio y género. Itinerarios al paraíso". Así mismo, Jean Baudrillard, De la seducción, Madrid, Cátedra, 1989.
6. Sobre el efecto de la velocidad en las sociedades contemporáneas, véase el dossier "Un mundo veloz", en LETRA INTERNACIONAL, nº 39, julio-agosto de 1995, con artículos de Paul Virilio, Noni Benegas, Sergio Olivari, Mario Merlino y Wilhelm Klauser, entre otros.
7. Las ciudades invisibles, Minotauro, Barcelona, 1983, "Las ciudades tenues.2.", pp. 46-47.
1. <EL PAISAJE URBANIZADO>
IMAGEN DE LA CIUDAD
Jon Kortazar

I

La primera imagen de la ciudad es la que se adquiere a través de la mirada sorprendida.
La ciudad inaugura una nueva mirada. Es el primer paso. Un nuevo urbanismo crea una nueva luz, y una mirada que ya no tiene que ver con la mirada del campo abierto y la montaña. No existe ya la amplitud horizontal de la mañana que se abre poco a poco con la niebla. La luz cae del cielo en las cuadrículas de las casas y las calles.
El horizonte ha cambiado, debe mirarse a un "horizonte vertical" por más que el nombre sea una forma de absurdo en sí mismo.
Es lo que supieron ver los escritores del siglo XIX en París, creando quizás la primera capital del mundo, en sentido cronológico y en sentido metafórico.
La ciudad crea una nueva mirada y crea un nuevo sujeto: el paseante, el hombre que no actúa, que contempla, y que convierte la contemplación en actuación. Baudelaire se deja llevar por la ciudad, y contempla un mundo en transformación, para darse cuenta de que la ciudad dibuja con sus trazos las huellas de un rostro, el del hombre moderno que se muestra en la mirada, que aparece en el centro de unas relaciones sociales, en el centro de una red que crean su personalidad. Walter Benjamin volvió a meditar sobre París para darse cuenta de que la ciudad que él pensaba ofrecía las suficientes pistas para detectar el nuevo orden social.
Urbanismo, arquitectura y antropología se reunían en un solo arte, el arte de trazar las calles, de diseñar las casas, de tejer y destejer un espacio en el que viviera en toda su complejidad un ciudadano, el nuevo nombre de un nuevo orden político, que buscaba en la ciudad de Grecia su último sentido.
Miramos como si hubiéramos creado la luz, pero sólo creamos una mirada.

II

La segunda imagen es una imagen múltiple; es la creación de unos fantasmas que llamamos anonimato y soledad, pero que también se llama solidaridad. Todo en la ciudad tiene dos caras.
La ciudad teje y desteje las vidas de sus habitantes. Planea sobre ellas como si fuera un orden fuera de control.
Dos son las características que se atribuyen a la ciudad: la posibilidad del anonimato, es decir, de la libertad, y el regusto a soledad que proviene de ser nadie en la ciudad.
El anonimato produce sensación de libertad. El ciudadano ha visto reducida la capacidad de control de la sociedad a su alrededor. Entre iguales puede pasar desapercibido, puede desaparecer, a la vez que se encuentra con capacidad de ser él mismo, libre de (algunas) ataduras sociales, desde luego, libre de las restricciones más tradicionales.
El anonimato anima a la privacidad, y a la multiformidad. Rimbaud escribió que "él era un otro", que dentro de cualquier personalidad caben distintas personalidades. Pero sólo en la ciudad se manifiestan las distintas personalidades de cada cual, porque la movilidad ayuda a la disparidad; cada uno de nosotros aparece distinto en distintas situaciones, y aquello que podría llamarse hipocresía no es sino una forma de cambio, de adaptación al medio.
Y medio es la palabra que distingue otra imagen de la ciudad, porque la ciudad no es el espacio del individuo, sino de una colectividad, que crea la historia, por decirlo de otra manera, la confluencia de diversos intereses, y la red múltiple de las múltiples interferencias, de las vidas cotidianas que convergen en un espacio urbano y que divergen en la distinta percepción de la vida. En el tiempo del mestizaje, la ciudad crea el soporte para la diversidad.
La ciudad está en permanente conflicto porque su tiempo no es el tiempo de los ciclos, sino el tiempo del movimiento continuo, hacia la creación de un marco de convivencia, plural y cambiante. Es el suyo el tiempo de la historia, no el tiempo del mito, que gusta mirarse en un espejo que le devuelve una imagen que sueña inmóvil.

III

Me gusta pensar que la ciudad es un laberinto.
Pienso en la ciudad como una doble vía: una lleva en la vida cotidiana al trayecto fijo y repetido, de casa al trabajo; el otro camino habla del paseante que descubre aquello que no había visto con anterioridad, como el nadador que nunca se baña dos veces en las mismas aguas.
Me gusta el laberinto como obra de un dios menor, que busca atemperar el conflicto cotidiano de las ciudades, que busca un orden al encuentro de gentes dispersas venidas de diversas partes.
Pero nunca existirá un orden elevado en la ciudad, porque el laberinto no está en el espacio, sino en la maraña creada por las relaciones entre sus habitantes. Y esa maraña me hace percibir la ciudad como un espacio donde aparecen las consecuencias no queridas de todos los proyectos humanos. Toda buena intención esconde una consecuencia no querida, que aparece con el tiempo.
Todos los laberintos tienen esquinas en las que aparecerá el Minotauro.
2. <LAS COSTUMBRES Y RELACIONES SOCIALES EN UN BARRIO>
LAS FORMAS DE LA CIUDAD
Santos Zunzunegui

Esta ciudad que yo creí mi pasado,
Es mi porvenir, mi presente.
J. L. B.

Dispones las fotos que te han sido confiadas, a la manera de las piezas de un puzzle cuyo diseño desconoces, sobre el suelo de la habitación. Dispersas, aleatoriamente colocadas sobre la alfombra, la primera impresión apunta hacia el hecho de estar contemplando las despedazadas ruinas de un mapa (¿ó, quizás, los restos de un espejo mágico?) habitado no ya por animales o mendigos, sino por fantasmas que pululan a través de pasajes espectrales que, invisibles, tejen una red de correspondencias y vínculos secretos entre las imágenes.
Una y otra vez modificas la disposición, el orden. En busca de que, cuando la rotación del caleidoscopio se detenga, emerja, por fin, un diseño que te entregue la clave arcana, la llave oculta que abra las vías de acceso al sentido que se supone habita en estas fotografías. Sentido que suelde, de una vez por todas, los fragmentos en los que parece haber estallado la ciudad (tu ciudad) y que desearías recomponer a cualquier precio.
Mientras tanto, impelido por una inexplicable necesidad, abres el voluminoso diccionario al que sueles recurrir a menudo para buscar los relatos dormidos y los pequeños dramas que se agazapan tras las palabras sabiamente ordenadas. Miras la palabra "barrio", esa con la que precisamente debes hacer cuentas en tu cuerpo a cuerpo con las imágenes de la ciudad (tu ciudad). La etimología, las acepciones, todo te lleva hacia territorios mestizos, de confines porosos, de límites fluctuantes, de fronteras movedizas edificadas sobre la promesa de que en su cruce puede hallarse tanto o más placer que en la melancólica permanencia en el interior de un recinto acotado fuera del cual no existiese salud .
Entonces te acuerdas. De cuando, hace ya muchos años, te arriesgabas tímidamente a traspasar los borrosos bordes que dibujaban el espacio de tu cotidianeidad y te internabas, más allá de los lindes de tu barrio, en variopintos terrenos de imprecisa geografía donde todo parecía definitivamente distinto. Donde seres y cosas se fundían en la oscura amalgama de unas calles de las que nadie vio la hermosura: riberas habitadas por fábricas hoy desahuciadas, empinadas colinas que albergaban viejos cementerios ya en desuso, viejos montes horadados por caducas galerías cuyas bocas de hormigón emergían como silenciosos gritos de entre la rala vegetación de las escombreras, dédalo de calles y bocacalles que trenzaban el cañamazo de una villa cuyos puentes sobre la ría habían servido, tiempo atrás, para extender el tejido proliferante de la ciudad (tu ciudad) sobre ingenuas huertas y veredas.
Cuando vuelves a las fotografías tu percepción ha cambiado. Te ves obligado a reconocer que las formas de una ciudad no son sino las formas de la memoria. Tienes que aceptar que una ciudad (tu ciudad) es no sólo fruto de las contingencias de la geografía sino el lugar donde se han ido depositando los diferentes detritus de una serie de reminiscencias contradictorias de las que ahora sólo quedan efímeras huellas en forma de vestigios atrapados en unas fotografías. Fotografías que señalando irrevocablemente el presente convocan las sombras del pasado de múltiples maneras. A través de esa media luz sutil que parece recoger la duermevela de una ciudad cataléptica que espera ser despertada de un mal sueño de decadencia y extinción. Pero también mediante la fijación de esos espacios en los que se superponen, como en un palimpsesto, los sedimentos que el tiempo ha ido depositando y en los que parecen convivir, en inestable equilibrio, fósiles formas varadas en la orilla de una ría macilenta (navaja de agua y lodo) con arrogantes inmuebles que eran viejos casi antes de nacer. O inmovilizando esos espacios urbanos que cuando no son bañados en tonalidades fantasmagóricas son sometidos a una multiplicación de los puntos de vista capaz de aprehender de manera singular la irreductible heterogeneidad de lo idéntico.
Por primera vez estás en condiciones de caer en la cuenta del auténtico significado de la experiencia que te proponen las imágenes que estás tratando de descifrar. Para ello debes renunciar a la imposible síntesis y admitir, de una vez por todas, que una ciudad (tu ciudad) es, como los barrios que la conforman, un territorio de metamorfosis incesantes, de incansables mutaciones que sólo encuentran fingido descanso en la instantánea detención ofrecida por un ojo mecánico. Por eso, de la misma manera como los barrios organizan el entramado ciudadano y se vigilan de reojo unos a otros cuando no se vuelven la espalda en arrogante gesto de identidad tribal, así las fotografías de la ciudad (de tu ciudad), en su radical independencia, constituyen una geografía imaginaria en la que puede encontrar acomodo la visión original de un espectador atento capaz de saltar de unas a otras en un inacabable vaivén.
Estos son, justamente, los poderes de la fotografía. Mirar el presente es ver el pasado. Pero también es manera privilegiada de reconocer en la aplastante presencia de lo actual, la emergencia de una realidad virtual que sólo se revela ante el ojo impasible de la cámara. Fotografiar una ciudad (tu ciudad), ahora lo entiendes, es menos llevar a cabo un levantamiento topográfico que construir una imago mentalis, menos retratarla con imposible realismo que poner en pie un teatro de la imaginación en el que cada día se renueve, para cada mirada dispuesta a ver, como decía Barthes, con obstinación, el misterio irreductible de la experiencia personal. Magia de las imágenes que en una especie de oxímoro fascinante nos confrontan con lo invisible a través de lo visible.
3. <ARQUITECTURA>
ERRABUNDEOS
Fernan Golvano

Errabundear es un modo de pensar. Hacerlo por Bilbao es un modo de exploración semiótica, sin programa definido, abierto al acontecer dispar de sus mundos de vida, de su topografía informe u ordenada y de su arquitectura tan heterogénea como asombrosa. En ocasiones me he extraviado, como si de un laberinto se tratara, en su trasiego de metrópolis modesta, pero metrópolis al fin y al cabo, y más aún con el metro. Sí, es la única ciudad vasca que posibilita una experiencia de escala metropolitana. Su aceleración trepidante, sus incomodidades, su interacción anónima, su prolongada actividad industrial y financiera, sus barrios sombríos de precariedades y de sueños incumplidos, su ensanche orgulloso de su origen burgués, su regeneración urbana espectacular, y tantas historias que suceden debajo de las palabras: todo ello puede salir a mi encuentro. ¿Qué pasaría si me quedara a vivir en Bilbao? Se trata de una pregunta recurrente, reveladora de esa atracción indecible que suscita esta ciudad para un donostiarra. A través de mis merodeos he ido tramando una memoria de afectos y desafectos por los mil rostros de esta ciudad convulsa que muestra todavía hermosos ejemplos de arquitectura industrial, y también de magníficos edificios racionalistas, y eclécticos. No obstante, algunas zonas, son de una fealdad incontestable, apenas camuflada por la niebla cuando surge o por la menguante presencia del humo fabril. Arquitectura infame fijada en las laderas, moradas de vida dura que colisionan con la existencia amable de otros barrios, o con esa otra arquitectura emergente de prestigio internacional, y devenida emblema identitario proyectado al futuro.
Las imágenes captadas por estos siete artistas me permiten otras aperturas o travesías por esta ría-mundo de signos que denominamos Bilbao. En su despliegue componen un mapa fragmentario de arquitecturas específicas que cautivan mi mirada por razones diversas. Estas fotografías concilian en grados distintos esa doble condición presente en la práctica fotográfica contemporánea: una, refiere un deseo de rango artístico que reclama una percepción estética –creadora de afectos e intensidades, a veces de naturaleza inefable–, la otra designa una voluntad documental –afirmada en el carácter indicial de la imagen fotográfica– que registra huellas específicas de lo real. El esto ha sido, esa irrepetible impronta de espacio y tiempo modulada por la singular elección de cada fotógrafo incorpora otro imaginario de la ciudad, otras derivas de un patrimonio simbólico que también podemos compartir. Pocas ciudades como ésta pueden ser tan atractivas para registrar lugares densos en entropías, en marcas de tiempo pasado, presente e incluso de futuro. Es sabida la estrecha vinculación de la fotografía con la memoria y con la melancolía –entendida ésta no como pasión sombría y paralizante sino como hacedora de recreaciones, de lecturas otras–, entonces, al visionar estas imágenes no puedo dejar de interpretarlas también como documentos de cultura por los que establecer otro errabundeo que relaciona tiempos, sentidos y afectos. Alejadas de aquella suerte de verdad fotográfica que postulara Henri Cartier-Bresson como la del "momento decisivo", las imágenes de Toni Catany, Joan Fontcuberta, David Hilliard, Luis Izquierdo-Mosso, Luís Palma, Humberto Rivas y Begoña Zubero, parecen más próximas a una poética de la presencia fraterna de las cosas, de los edificios y de los acontecimientos. Cada fotografía puede invitarnos a remontar esas presencias, en un relato inestable de sentidos indeterminados, aun sabiendo que no podremos dar con el sentido cabal pues no existe una correspondencia unívoca entre el lenguaje de esas imágenes y lo real. Asimismo pueden ser abordadas como imágenes construidas, autónomas, enigmáticas.
¿Qué experiencia enuncian? ¿A qué territorios existenciales o ficcionales remiten? Bastaría con responder esto: a los que cada cual quiera acometer con su deseo interrogador y con su propio diccionario del mundo, de la fotografía o de Bilbao. Por mi parte, establezco tan sólo una frase, un intersticio, pero podría ser otro, para un diálogo inconcluso. Así me seduce la potencia expresiva de la ruina industrial, esa otra forma monumental, de perturbadora belleza captada por Rivas; o la mirada mediadora establecida por Fontcuberta, a través de una historiadora del arte, para focalizar analíticamente nuestra atención en uno de los edificios más emblemáticos del ensanche modernista, la Casa Montero; o la atención meticulosa y frontal, emparentada con la nueva objetividad, que reclama Palma para apropiarse de la rutinaria arquitectura residencial de los sesenta y setenta que acogió a las clases trabajadoras; o la extrañeza que suscita la imagen espectral del Ayuntamiento realizada por Izquierdo-Mosso; o ese áspero rincón urbano, distópico, de fachadas ciegas, anónimo para todo el mundo salvo para sus vecinos y algunos graffiteros, y que la toma de Catany le otorga otra visibilidad; o la interacción semiótica que activa Hilliard al contraponer dos registros en una imagen compuesta en la que lo accidental y lo sustancial se relacionan sin jerarquía: o, por último, me seduce ese sorprendente edificio de Bilbao La Vieja, con ese abigarrado estandarte doméstico movido por el viento y la presencia poderosa y simple del letrero que anuncia el Bar Gaucho. Todo ello parece abrirse a múltiples contaminaciones de sentidos, a relaciones inesperadas, a dispersiones innúmeras de la imagen estereotipada de esta urbe que cumple ya siete siglos.
Bilbao, cualquier ciudad, no constituye una síntesis de voluntades múltiples, sino una encrucijada de anhelos discordantes y de direcciones vitales, económicas y políticas que no cesan de metamorfosearse. Estas fotografías constituyen otras travesías insólitas, otras llamadas para redescubrir su acontecer complejo, para rememorar, pensar, y tal vez soñar su geografía humana, sus arquitecturas, vestigios, fracturas sociales, prodigios y paradojas. Mas ¿qué cosas, o ciudades o avatares humanos hay que no lleven anudados en su devenir paradojas reconocibles o anónimas? También informados por paradojas, mis errabundeos vislumbran otros paisajes, reales o imaginarios, de Bilbao, cuyo nombre evoca cada vez menos reflejos de aguas oxidadas, de grúas, de chimeneas, y de cielos acerados. Otros reflejos de titanio sinuoso y de altas torres, que cobijarán sinergias económicas y simbólicas de ámbito local y global, parecen exorcizar espectacularmente la crisis de un modo de desarrollo civilizatorio fagocitador de recursos humanos, económicos y ecológicos. Que más... Sin melancolía, con memoria y esperanza críticas.
4. <LA FRONTERA ENTRE LO PUBLICO Y LO PRIVADO>
NUNCA VENDAS TU SOMBRA
María Eugenia Salaverri

En el principio era un ojo. Un ojo tremendo, fijo, enorme, sin párpado ni pestañas y rodeado por un triángulo que emitía destellos sobre el papel. Era Dios, un dios de catecismo. Bajo él, Adán y Eva, las caras tapadas por la vergüenza, huían de un paraíso ya perdido, camino de alguna cueva en la que ocultarse, en la que guarecerse del frío, de las alimañas y, sobre todo, de ese ojo vigilante que jamás se cerraba.
Así se inventó la casa. Así nació la intimidad. Varios siglos y varios pecados después –cuando ya la humanidad había aprendido a llamar al pecado "error" o "experiencia"- llegaron las escaleras, las persianas, las cortinas…, en definitiva, las fronteras entre lo público y lo privado, entre el vosotros y el yo.
Difícil frontera ésta, y confusa, levantada para preservar los secretos y para distinguir entre la deseada compañía y la intromisión inoportuna. Frontera trazada sin palabras, aunque haya sobre ella numerosas máximas, como la de Pascal, que sentenciaba que "todos los infortunios de los hombres derivan de no saber estarse tranquilos en sus casas".
Hay en ese aforismo algo que obliga a asentir inconscientemente, porque todos sabemos la gran verdad que comporta, la cantidad de molestias y problemas a los que nos hemos visto abocados precisamente por nuestra obsesión de escapar de casa, de asaltar las calles e implicarnos en otras vidas que nos son extrañas. Sin embargo, la tentación mezclarnos con los otros, de mirarnos en ellos como si fueran espejos y buscar en su reflejo la constatación de que existimos y tenemos una identidad, es demasiado grande.
"El ojo que ve no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve", explicaba Machado. Pero, ¿qué ve ese ojo al que nadie mira? O dicho de otro modo, ¿qué cara tenemos cuando nadie está viendo nuestra cara? Cuando llegamos a casa y nos quitamos la careta de ciudadanos, la de hombre o mujer, la de profesional de algo, la de madre, la de amante, cuando sólo nos queda nuestra cara desnuda y sin maquillaje, ¿seguimos teniendo la misma cara que cuando somos observados, o nos vaciamos de rasgos y expresión, como una piedra que espera al escultor –los otros. Para encontrar su esencia y su forma?
Tal vez sea ese miedo al vacío, esa sospecha de que al quedarnos solos perdemos nuestro rostro, lo que nos obliga a salir a la calle, a bajar las escaleras y alcanzar el portal para respirar aliviados. Y con nosotros, cosida a nuestros pies, baja corriendo nuestra sombra, el territorio más privado y personal que tenemos, y el más público también.
La sombra, que no nace hasta nuestro nacimiento, que jamás puede intercambiarse con la de otro ser, que nos acompaña hasta el final con una fidelidad mayor que el mejor de los matrimonios, es sin embargo la tarjeta de visita que nos antecede y anuncia públicamente, que a menudo nos delata, evidenciando indiscreta que estamos allí donde no deberíamos estar, donde quizá no se nos espera ni se desea encontrarnos.
No hay mayor frontera entre un hombre y el resto que su sombra. Nada tan valioso. Y nada tan olvidado. Porque, ¿quién piensa en ella? ¿Quién le agradece su lealtad o le reprocha su promiscuidad cuando se funde con otras? Pobre y despreciada sombra.
Un autor romántico, Adalberto de Chamisso, le dedicó una novela extravagante y maravillosa: "El hombre que vendió su sombra". Narra la historia de un joven que comete el terrible error de vender su sombra al diablo a cambio de inagotables cantidades de oro. Para su desgracia, comprende pronto que no hay en el mundo riqueza mayor que la posesión de una sombra, pues al descubrir que carece de ella, todos le huyen y pierde el amor de su amada por culpa de un rayo de luna que revela la verdad. Querido amigo, aconseja el protagonista al final el relato, si quieres vivir entre los hombres, aprende a honrar antes que nada a tu sombra.
Juicioso consejo. Honremos a nuestra sombra, amemos las escaleras que separan nuestra casa de la calle, engrasemos las persianas, planchemos las cortinas, porque nos preservan de ser vigilados y observados a nuestro pesar. Cuidemos estos objetos benéficos, porque ellos velan también por nosotros. Como contaba Calders, "de las cuatro ruedas del coche, había una que giraba al revés. Pero era la buena, porque intentaba alejarnos de una curva que nos destrozó a todos". Y es que a veces las fronteras son tan delgadas que tienen el perfil escueto de una ironía.
5. <LAS RELACIONES SOCIALES EN COMUNIDAD>
GRUPOS FAMILIARES
Miguel González San Martín

La palabra familia es uno de esos sustantivos que pareciendo de significado evidente y unívoco, tiene en cambio numerosas acepciones. Alude al parentesco, pero también a quienes viven juntos en una casa, sean o no parientes. "Familiar" es aquello que nos resulta reconocible, próximo, cercano, y "familiaridad" indica confianza en el trato. Desde un punto de vista estrictamente biológico, familia es la vida en común de individuos de distinto sexo para la preservación de la especie. Y, sin embargo, no deja de ser una construcción de la mente humana, como el pueblo o la nación, y la decisión de permanecer juntos es, por tanto, producto de la voluntad. Se dice que la familia es el grupo humano que intercambia servicios, regalos, ayuda y consejos. Pero esa reciprocidad no es exclusiva de los parientes ni exige vivir juntos. Tratamos con familiaridad al grupo de amigos, a los correligionarios con quienes compartimos determinados ideales, a nuestros vecinos, a los compañeros de trabajo.
Para la moral cristiana, la familia es la célula fundamental de la sociedad, y aquélla en la que se encauza la concupiscencia con el fin de tener hijos para el cielo. San Jerónimo decía aquello tan heavy de que, como mal menor, "más vale casarse que abrasarse". Algo parecido sostenía, desde el punto de vista de la higiene, Balureaux en 1902, que el matrimonio es la protección más segura para el peligro venéreo, lo que mantendría seguramente con mayor convicción en los tiempos del sida. Según Freud, la familia es el lugar de la alienación sexual, donde se genera la neurosis como fruto del ahogo producido por las prohibiciones. Reich la define como célula reaccionaria central, fábrica de ideologías autoritarias y de estructuras mentales conservadoras. Para Le Play, la familia mutila a los individuos, los vuelve temerosos, los castra. Engels afirma que se creó para salvaguardar la propiedad privada. En la familia, el hombre sería el burgués, y la mujer el proletariado, idea muy del gusto del feminismo radical.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que los jóvenes, imbuidos por esas visiones pesimistas o por pura intuición, ansiaban la emancipación a temprana edad, y se proponían fundar agrupaciones libérrimas. Luego fundaron familias convencionales. Tal vez su sentimiento de culpa por no haberse atrevido, o por haber fracasado en el empeño, explique la blandenguería en la educación de sus hijos, quienes no tienen tanta prisa por salir de casa, donde han conseguido estatuto de huéspedes exigentes y despegados.
Seguimos viviendo mayoritariamente en familia. No todas son desgraciadas. Se casa el noventa por ciento de la población, según las últimas estadísticas. Siguen siendo minoritarias las formas alternativas. Han disminuido los componentes del grupo y predominan las familias nucleares reducidas. Las familias de un solo individuo no siempre responden a una decisión voluntaria, especialmente en el caso de los ancianos, para quienes la soledad - sobre todo si son varones - suele ser la principal patología. Hay un nuevo componente de la familia, y es el televisor, un agente educador de primera magnitud, que ocupa un lugar preferente en los hogares y emite ininterrumpidamente mensajes contradictorios.
En el siglo XX, la familia delegó ciertas funciones en el Estado Protector, tales como la educación de los niños, el cuidado de los enfermos y de los ancianos. El resultado no es muy alentador. El fracaso escolar, el creciente porcentaje de profesores con depresión, la brutalidad en las aulas, la creciente idiotez moral, son síntomas de lo que llamaba recientemente Félix de Azúa el fracaso educativo de las sociedades opulentas: "Que la opulencia de las naciones no haga disminuir sino que incluso aumente la crueldad, el egoísmo y la maldad que suele atribuirse a la miseria, es el enigma más ominoso del siglo". Parece que, lamentablemente, no llevaban razón aquellos pedagogos krausistas del XIX, quienes confiaban en que la instrucción de los individuos propiciaría sociedades más sabias, y por tanto más justas. Por la misma época Augusto Comte, al observar la crisis familiar, la achacaba al debilitamiento de la autoridad paterna y del espíritu de obediencia.
El cuidado de los enfermos se delega en los hospitales y el de los ancianos en los asilos. No parece que hayan salido ganando. Más bien se diría que la enfermedad, la vejez y la muerte son recluidas en lazaretos blancos para evitar su presencia perturbadora, su condición de premonitorios espejos. Los ancianos están mejor en sus casas que en esos lugares siniestros donde, reunidos en sillitas frente a un televisor, enloquecen vertiginosamente. Y los hospicianos mantienen el sueño de ser adoptados, como en las novelas de Dickens.
La familia está en crisis, siempre lo ha estado. Cuando llegamos a la adolescencia nuestros padres nos decepcionan, y tomamos distancia. Nuestra familia de adopción la componen entonces los amigos. Consideramos a los padres responsables de nuestras frustraciones, censores de nuestra libertad. Al hacernos adultos les vamos perdonando, mientras imitamos obstinadamente sus peores defectos. Luego los tratamos con paradójico paternalismo a medida que envejecen, y finalmente los echamos de menos.
6. <EL RETRATO>
LA MIRADA CAUTIVA
Pedro Ugarte

Los ojos que contemplan la ciudad, día tras día, entre fugaces pestañeos, elaboran a lo largo de los años una interminable sucesión de fotografías. Esas instantáneas no se hallan archivadas en ninguna parte, salvo en el imperfecto registro de la memoria. Son impresiones, más o menos precisas, y gracias a ellas los ojos reinterpretan ese lugar en que se abren diariamente.
Cada rostro se enfrenta a la ciudad, a su compleja escenografía (las calles, los comercios, los edificios, marcan su propio ritmo de mutación y cambio), pero no permanecen impasibles a la transformación. Después de todo, los rostros también se modifican (envejecen) en la misma medida en que lo hace esa tramoya urbana donde parpadean sin descanso.
Hay algo en el centro de las niñas de unos ojos que pertenece a la ciudad, a esa ciudad concreta en que uno vive. Por encima de las razas, del color de los cabellos, por encima incluso de las heridas y las marcas que en un rostro va dejando la vida, por encima de todo eso, siempre hay algo en el fondo de una mirada que pertenece a la ciudad. Así como uno cambia con el tiempo, sometido a la deriva biológica de su propia carne y de su edad, no es imposible considerar que también cambia la mirada en función de lo que mira.
El que escribe concibe los edificios de Bilbao, sus calles angostas, su agrisado azul de invierno, como una patria inútil, pero en cierto modo es también la única que tiene, la patria íntima que sobrelleva a espaldas de la conciencia. Su bandera son los colores indefinibles que ha contemplado a lo largo de la vida. Nada de eso puede ser indiferente al trabajo con que los años marcan las líneas de una cara.
Mirar la ciudad es exponerse a ser mirado, y sentir cómo el tiempo y el espacio determinan las distintas estaciones de una dilatada biografía. También es decisivo, a la hora de configurar nuestra propia identidad, ese lugar donde iba transcurriendo todo, el modo en que una ciudad iba mudando al mismo tiempo en que lo hacíamos nosotros.
Podría elaborarse una teoría con ese vago presentimiento. Me temo que la ciudad nos modifica, y que diseña nuestros rasgos, el brillo o la oscuridad de nuestros ojos, el color de la piel, y el cansancio o la alegría que se adivinan en la comisura de los labios. Me temo que, en otra ciudad, envejeceríamos distinto.
Se acostumbra a retratar las ciudades en virtud de un puñado de edificios emblemáticos. Nada más lejos de su íntima verdad. A una ciudad la identifican sus habitantes, cada uno de los seres humanos que en ella viven, padecen y trabajan. De hecho, en nuestros viajes, nos sentimos más inclinados a aceptar esa sencilla certidumbre: el rostro de la gente se nos antoja característico. Son esos rostros los que definen la ciudad y la hacen única. Más de un lugar que hemos visitado ha quedado para siempre unido a las facciones, concretas y precisas, de uno solo de sus habitantes.
El tiempo tiene prisa por deshacerse de nosotros, pero entretanto uno elige el lugar donde quedarse (donde quedarse para siempre) aún sabiendo que culminar esa tarea es imposible. Tarde o temprano uno elige ese lugar. Y a partir de entonces los ojos se acostumbran a él hasta hacerlo suyo. A partir de entonces las cosas transcurren de otra manera, como si la vecindad civil se transformara en una suerte de patriotismo estético, de ciudadanía ornamental. La mirada termina cautivada por la cotidianeidad, apresada en los ritmos rutinarios de parques, rótulos y aceras. La elección de un lugar donde quedarse es también la elección de una modo especial de envejecer. Y elegir por fin ese lugar, ese lugar donde quedarse, representa una estética, un ejercicio de voluntad y una profesión de fe.
Nadie merece morir en un lugar distinto a aquel que ha poseído de modo más íntimo y secreto.
7. <BODEGON>
PROLEGÓMENOS DE UN BODEGÓN
Anjel Lertxundi

Nadie repararía en las viandas y objetos dispuestos sobre una sucia mesa. Todo el estudio es una algarabía de cuadros, bastidores, pinceles y botes de pintura, cortinones y rollos de papel estraza, lamparones de sucios colores, caballetes de distintos tamaños, libros de arte y calendarios de años que ya declinaron…
De pronto, alguien cierra una, dos, todas la fuentes de luz del estudio. Sólo permanece abierta una pequeña claraboya por la que, cual herida entreabierta, se concentra la luz directamente sobre los objetos organizados sobre la mesa. Los colores que están en primer plano estallan; las formas curvas de los objetos se perfilan y acentúan, se deslizan y pierden por el envés para sugerirnos, completas ya, sus texturas y formas; el tiempo real de la escena así iluminada queda suspendido entre el instante gozoso del primer plano y la intemporalidad oscura del fondo.
Es en este espacio cerrado donde el artista –fotógrafo o pintor, tanto da- se ha concentrado para que unos vasos, dos manzanas y un ave muerta se conviertan en centro del mundo.
El artista quiere dirgirse a la naturaleza en su estado más sosegado e inerte, en su still life o vida quieta, que es como denominan los ingleses lo que en español llamamos, con menor fortuna, naturaleza muerta. Nuestro artista pretende rescatar del modelo, no la ejemplificación ni la alegoría, sino su esencia. Para ello, ha dispuesto el conjunto -espacio cerrado, fuente de luz precisa, objetos de formas curvas organizados sobre la mesa- de modo que todo contribuya a descubrir el secreto de la luz en los contornos que crea, en los brillos que arranca, en un nuevo orden que el artista quisiera instaurado de espaldas a la mitología, al sentido fuera del cuadro o del fotograma, a las analogías, y, quizá, incluso a la evocación.
Empeño digno de Prometeo el de centrarse en un único, fútil y aislado cosmos: nadie puede declarar en suspenso su propia circunstancia.
Evidentemente, el artista lo sabe. Lo sabía también cuando en su estudio ha dejado abierto sólo un minúsculo tragaluz. Pero si ahora trata de centrarse en una manzana, en una cerámica, en una perdiz muerta, no lo hace para mantener activa su destreza técnica, ni la estrategia que quiere seguir tiene nada que ver con una más o menos mecánica sucesión de actos. El artista sólo pretende responder a los requerimientos de su poética, y su probidad le obliga a buscar, más allá del reconocimiento público que su técnica suscita, soluciones a diversos problemas formales que ha ido viendo y viviendo a lo largo de su trayectoria.
"Yo me escudriñé a mí mismo", le recuerda Heráclito desde una cita del viejo catálogo que acaba de dejar sobre alguna de las destartaladas sillas del estudio. Nuestro artista acostumbra a mirarlo y remirarlo, porque le evoca la emoción que lo embargó cuando, años atrás, tuvo ocasión de visitar en Bolonia la exposición antológica de Giorgio Morandi que el viejo catálogo anunciaba. Nuestro artista contempló arrobado los innumerables cuadros con botellas, vasos, jarrones, platos o lámparas que llenaban la sala de exposiciones. Imaginó a Morandi, un pintor que había consagrado prácticamente su vida al estudio de la realidad del objeto, repitiendo una y otra vez los mismos ejercicios en invierno y en verano, en días soleados o sombríos, unas veces al alba, cuando la luz era joven, otra, al declinar el día, con la luz ya fatigada…
Nuestro artista –pintor o fotógrafo, tanto da- pensó entonces que aquellos ejercicios una y otra vez iniciados de Morandi no podían ser meros experimentos de iluminación, y que tampoco correspondían, pese a la socarrona expresión italiana quadri di commestibili, a un arte menor. El artista vislumbraba dentro de sí, en la emoción que aquellos cuadros de tema baladí pero extraordinaria factura le proporcionaban, la prueba de todo ello.
Ciertamente, nuestro artista había vivido muy pocas veces una emoción tan intensa como la que sintió en la exposición de Giorgio Morandi, por lo que no tuvo más remedio que preguntarse por el origen de su agitación. ¿Era la indudable técnica del pintor italiano la causa de su estado emocional? ¿O era quizá la sobriedad poética que todos los cuadros manifestaban? ¿Era el misterio artístico que se ocultaba tras las casi imperceptibles variaciones que, con casi los mismo objetos, había realizado Morandi a lo largo de su vida? ¿O tal vez era la osadía que había demostrado el artista boloñés al distanciarse las vanguardias en boga a comienzos del siglo XX para concentrarse en los problemas básicos de su oficio? ¿Era la llamada a la meditación sobre las cuestiones fundamentales que creyó ver en los cuadros?
La agitación había dado así paso a un rosario de preguntas cuyo estallido le hizo ver con claridad meridiana que no es la depurada técnica de las naturalezas muertas lo que suscita la emoción, sino la sinceridad del artista, quien, al dudar hasta en las cuestiones más básicas de su oficio, se muestra desnudo ante nosotros. Nuestro artista entendió que el artista debe procurar siempre la búsqueda del pensamiento puro, la contemplación viva, la mirada de quietud plena. Fue entonces cuando nuestro artista comprendió que Caravaggio, Velázquez, Cézanne o Morandi habían pintado naturalezas muertas para interrogarse, reflexionar, experimentar y arriesgarse, y no para reposar en la mullida confianza de lo ya adquirido.
Desde aquella revelación, nuestro artista no busca respuestas sino el modo mejor de hacer preguntas sobre el vasto campo de acción que, desde la directa y fiel reproducción de los objetos hasta su casi total distorsión, la imitación del natural le ofrece; sobre las posibilidades que su técnica tiene para pasar de la delicadeza a la brutalidad; sobre los mecanismos por los que un cuadro o un fotograma provoca gozo, indiferencia, repulsión, entusiasmo, ternura…
Por eso ha cerrado nuestro artista -pintor o fotógrafo, tanto da- una, dos, todas la fuentes de luz del estudio. Sólo permanece abierta una pequeña claraboya por la que, cual herida entreabierta, se concentra la luz directamente sobre los objetos organizados sobre la mesa. Los colores que están en primer plano estallan; las formas curvas de los objetos se perfilan y acentúan, se deslizan y pierden por el envés para sugerirnos, completas ya, sus texturas y formas; el tiempo real de la escena así iluminada queda suspendido entre el instante gozoso del primer plano y la intemporalidad oscura del fondo.