Nacido en Angulema en 1885, a la edad de cinco años Georges
Valmier visita por primera vez el lugar en el que se desarrollará toda
su carrera, el mítico Montmartre. Es hijo de un flautista y
profesor de música que le transmitirá la pasión
por esta forma de arte. En 1907 consigue ingresar como alumno del prestigioso
Luc-Olivier Merson en la Escuela de Bellas Artes de París, bastión
del arte tradicional que le procura una buena formación en un
ambiente académico que le resultará «deprimente».
Aunque siempre se le ha considerado un solitario del arte moderno,
poco después, como tantos otros cubistas, dirigió su
atención hacia Cézanne, cuya retrospectiva de 1907 debió de
visitar.
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En 1910 se puede apreciar claramente su impacto: sigue trabajando
en las mismas vistas de Montmartre que aparecían en su trabajo
anterior, pero ahora el resultado son composiciones mucho más
estructuradas y con un mayor sentido de la geometría. A partir
de 1911, el conocimiento cada vez más preciso de los logros
cubistas le hace decidirse por la descomposición prismática
de motivos como bodegones, paisajes y figuras; las facetas que invaden
su pintura se irán haciendo cada vez más cristalinas
y conceden a su pintura un cierto parecido con la de Feininger. Expone
junto a los pintores de vanguardia en los Salones de los Independientes
de 1913 y de 1914. Durante esta etapa de juventud (1907-1914) practicará lo
que Denise Bazetoux llama «cubismo prismático» y
André Salmon consideró «postcubismo» en
su reseña de los Independientes de 1914.
La Primera Guerra Mundial le aparta temporalmente de los pinceles.
Aunque su estudio se encontraba en el centro de operaciones del cubismo
que abanderan Braque y Picasso, la colina de Montmartre, estuvo trabajando
hasta entonces en solitario por decisión propia. Paradójicamente,
es su destino militar durante los años de la guerra lo que
le procura su primer contacto con algunos pintores de vanguardia,
y sobre todo con una de las piezas clave del llamado Cubismo de Salón:
Albert Gleizes, cuya amistad supondrá una importante influencia
para su carrera artística. Conoce al mismo tiempo al compositor
Florent Schmitt, que se convertirá en uno de los coleccionistas
de su obra. Junto a otros escritores y artistas formará, como
ha confesado el propio Gleizes, una comunidad dispuesta a mantener
la fe y el entusiasmo en los valores espirituales, aun en medio del
caos.
Cuando retoma su trabajo, en 1917, y tras un breve periodo de cubismo
hermético, se adentra en el cubismo sintético, que
en sus manos aparece abordado con ese elegante sentido del color
que le caracteriza, aparte de suponer un camino irreversible hacia
la abstracción. Desde 1918, y hasta 1921, su pintura se va
orientando hacia un tipo de composición cada vez más
desgajada de la apariencia de lo real, en pro de un juego de planos
de colores lisos y encendidos, que tiene como protagonista la línea
recta, con la curva como contrapunto; a menudo utiliza títulos
con resonancias musicales.
Un importante punto de inflexión en la trayectoria de Valmier
se produce al inicio de la década de los veinte, cuando entra
a formar parte del círculo de pintores, músicos y poetas
que gravitan en torno a Léonce Rosenberg y su galería
L'Effort Moderne. El marchante le organiza su primera exposición
individual, en enero de 1921, y le hace dos sugerencias cruciales
para su futuro: la ejecución de bocetos al gouache y
con la técnica de los papiers collés -lo
que dará lugar a una serie de obras de pequeño formato
considerada, por su frescura y espontaneidad, lo mejor de su producción
y su mayor aportación al cubismo sintético- y que no
traspase el umbral de la abstracción.
Así, en 1922 asistimos a un retorno mesurado a la figuración,
con la aparición de stimuli realistas y una presencia
cada vez mayor de la línea curva. Es el inicio de una etapa
que durará hasta el final de los años veinte. Desde
1923 han ido apareciendo figuras en el paisaje; a la altura de 1925-1926
estas figuras guardan cierto parecido con las del Léger de
esta misma época. Ahora, el lenguaje que utiliza Valmier es
francamente curvilíneo; de hecho, desembocará ya en
los años treinta en una abstracción de tipo biomórfico.
Desde 1922 Valmier desarrolla también una intensa actividad
en el campo de la escenografía y el diseño de vestuario
teatral -al principio para el innovador Théâtre d'Art
et d'Action-: desde máscaras para el teatro de Marinetti,
hasta decorados para obras de escritores como Claudel, Georges Pillement,
Max Jacob y Jules Romain. En virtud de esta otra faceta de su creación,
desarrollada en perfecta coherencia con su pintura y bajo los ideales
de integrar el arte en la vida, se le considera uno de los pioneros
en la incorporación del lenguaje vanguardista al campo del
diseño.
Dentro de esta misma tónica produce una serie de proyectos
de tejidos y papeles pintados, reunidos en una edición que
se publica en 1930. Su producción en este campo habrá servido
además para tender un puente hacia el Art Déco. El
espíritu que anima estas creaciones aparece presidido por
ideas como la de que «las calles empiezan a ofrecernos espectáculos
de mayor regocijo que los que ofrecen los envíos desde Roma
o los encargos estatales destinados a ayuntamientos y museos provinciales»,
o bien «los verdaderos salones de hoy en día son los
escaparates, y espero que los escenógrafos, los decoradores
teatrales sepan sacar partido de esta circunstancia». Valmier
demuestra aquí la naturaleza de su compromiso con los «tiempos
modernos».
En 1928 Valmier atiende el encargo que Rosenberg encomienda a varios
artistas de decorar su casa de la rue Longchamp. Inaugura así su última maniera :
una abstracción total que le llevará en 1931 a unirse
al grupo Abstraction-Création, cuyo credo teórico sobre
la armonía universal compartirá con entusiasmo.
Su última obra fueron los tres paneles para la decoración
de la sala de cine del Pabellón del Ferrocarril (en el que
también estaba trabajando Metzinger) en la mítica Exposición
Internacional de las Artes y las Técnicas de París
de 1937 que, bajo el título de Rythmes Mécaniques ,
estaba pintando cuando le llegó la muerte, el 25 de marzo,
dos meses antes de que la Exposición abriera sus puertas.
Era su contribución a una empresa colectiva que representa
uno de los mayores emblemas de la modernidad, donde, sin embargo,
quizá sin que muchos se apercibieran de ello en su momento,
iban a darse por concluidos tantos ideales de la misma.
Sus obras se encuentran en el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva
York, el Musée National d'Art Moderne de París y el
Rijksmuseum Kröller-Müller de Otterlo. M-T. M. B.