Si en principio tuviéramos que escoger tres rasgos esenciales
para definir la obra de Manuel Ángeles Ortiz, diríamos
que el artista fue siempre positivamente diverso, inteligentemente
intuitivo y solidariamente independiente. Y, sin embargo, pese a ser
estas tres características ciertas, ningún otro creador
de su generación ha sido identificado tanto con la asunción
de las poéticas del cubismo y con sus desarrollos y consecuencias.
Es más, cuando después de un largo y duro exilio, el
artista pudo regresar a España, las nuevas series compositivas
que emprendiera -los Albaicines , los Homenajes al Greco y las Cabezas
- obras de encuentro límite entre abstracción y figuración,
entre lo lírico y lo construido, entre lo lineal y lo pictórico
, fueron siempre comentadas por la crítica evocando sugerencias
derivadas del cubismo que, evolucionando y transformándose,
encontraban nuevas soluciones y planteamientos nuevos.
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Manuel Ángeles Ortiz había nacido en Jaén en
1895, pero su familia se trasladó a Granada cuando el artista
tenía tres años, y tanto esta ciudad como su íntima
amistad con Federico García Lorca habrían de marcarle
para siempre. Exitoso en sus inicios con pinturas costumbristas,
sus juveniles asimilaciones del colorismo postimpresionista fueron
especialmente acertadas; aunque pronto, un improrrogable afán
de novedades habría de llevarle a otras posiciones. Gracias
a Manuel de Falla y a Vázquez Díaz, conoció tempranamente
el encuentro entre cubismo y nuevo clasicismo. Su Retrato de Ángel
Barrios es buena prueba de ello, y en la voluntad de profundizar
en el conocimiento de esta situación viajó a París.
En 1922 ya estaba instalado en la capital francesa.
Su fructífero
encuentro con Picasso favoreció el encuadre de sus posiciones
y entre el cubismo y el nuevo clasicismo se situó la obra
que realizara entre 1922 y 1927. En estos años, además,
Manuel Ángeles Ortiz estrechó su relación con
Pettoruti y Juan Gris, se introdujo en la agitada vida social de
los condes de Beaumont, expuso en las galerías Quatre Chemins,
Berger y Vavin-Raspail, y realizó decorados para piezas musicales
de Falla, Satie y Poulenc. Desde Madrid, Gabriel García Maroto
le pidió tanto su participación en la primera exposición
de la Sociedad de Artistas Ibéricos como la coordinación
de la presencia de los renovadores españoles residentes en
París. Sin que sepamos por qué, el artista no concurrió a
tan importante cita madrileña; pero, aun teniendo en cuenta
la pauta marcada por Dalí en 1924, puede decirse que fue Manuel Ángeles
Ortiz quien propició el redescubrimiento del cubismo como
fuente de la modernidad en el contexto de la Generación del
27.
Se conserva poca obra cubista y neoclásica de Manuel Ángeles
Ortiz, aunque los ejemplos y las reproducciones que han pervivido
son suficientes para estimar su importante alcance. Mayor es aún
este problema con respecto a su producción entre 1927 y 1936,
pues prácticamente todo su trabajo de estos años se
encuentra aún en paradero desconocido. No obstante, por lo
que podemos saber, puede concluirse que precisamente hacia 1927 la
obra de Manuel Ángeles Ortiz dio un giro sustancial. Sus registros
plásticos se tornaron extraordinariamente diversos. Fue uno
de los primeros creadores españoles en interesarse por la
abstracción óptica y geométrica derivada del
cubismo, se acercó de una manera casi hermética y extremadamente
personal a los entornos de lo surreal y realizó toda una importante
serie de retratos en la tónica del realismo moderno.
En 1932,
el artista regresó a Madrid y trabajó en proyectos
de las Misiones Pedagógicas, especialmente con La Barraca. En la capital española su obra fue especialmente estimada
por importantes sectores de la alta sociedad y por miembros del establishment
republicano, pero, desgraciadamente, la gran mayoría de los
proyectos y retratos que realizara para ambos sectores sociales también
ha desaparecido.
Durante la Guerra Civil se vinculó con la
Asociación de Intelectuales Antifascistas y estuvo presente
en el pabellón de la II República española de
la Feria Internacional de París de 1937. Tras ser liberado
por Picasso en 1939 de un campo de concentración en el sur
de Francia, el exilio le llevó a la República Argentina.
Allí permaneció hasta 1948. Los registros plásticos
del artista se situaron de nuevo en la diversidad. Pintó bodegones
de acento naturalista, realizó esculturas con materiales naturales
encontrados e, incluso, en obra sobre papel, comenzó a indagar
sobre las posibilidades de la abstracción lírica. Sin
embargo, su regreso a París en 1948 le volvió a situar
en la herencia figurativa del cubismo, tal como puede apreciarse
en importantes series como la de la Mujer sentada , tendencia que
se acentuó aún más, penetrando en las posibilidades
de la abstracción, al lograr visitar España, a partir
de 1958, en las series ya mencionadas.
Manuel Ángeles Ortiz
murió en París en 1984. Supo vivir la vida intensamente,
a pesar de los íntimos sinsabores que de continuo jalonaron
su biografía. Pese a la diversidad de sus registros plásticos,
el cubismo fue siempre para él una genuina matriz rectora
con la que le era fácil reencontrarse y, al final de sus días,
la crítica y el público supieron apreciarlo. E. C.