Escribir una autobiografía significa transferir una experiencia,
partiendo de la base de que ésta ha sido valiosa y por lo tanto
podría resultar ejemplificadora para generaciones futuras. A
los sesenta años y de regreso a su tierra, el Uruguay, una etapa
se cerraba y Joaquín Torres-García consideró que
ya tenía «un trozo de historia» que merecía
ser contada. Seguramente se planteó algunas de estas cuestiones
cuando decidió escribir su relato de vida, firmado en: Montevideo,
octubre de 1934.
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El carácter minuciosamente descriptivo y por momentos íntimo
del texto adquiere cierto distanciamiento con el uso de la tercera
persona, elección curiosa para un género como éste
que suele estar gobernado por la primera. «Me pondré a
mí mismo como a otro personaje cualquiera y así me
veré con menos parcialidad» anota en la presentación.
Con el ocultamiento del yo buscó una cierta objetividad y
con ella el propósito de alcanzar mayor eficacia y credibilidad.
Por otra parte, cumplía con el doble anhelo de trascendencia
y de control sobre el relato de su propia historia al futuro. El
crear la Asociación de Arte Constructivo (1934) y una escuela,
el Taller de Torres-García (1943), fueron otros recursos que
le garantizarían su continuidad de su proyecto creador.
Había regresado después de 43 años de ausencia
a su ciudad, Montevideo, dispuesto a refundar desde allí el
arte moderno. Su experiencia en varias metrópolis europeas
y en Nueva York lo habían formado y desafiado en diferentes
momentos. Era entonces tiempo de balance, de revisar aquellas vivencias
y emprender otro camino con la certeza de que estaba destinado a
esta tarea iniciática.
Nacido en aquella ciudad uruguaya, el 28 de julio de 1874, de padre
catalán y madre uruguaya, pasó parte de la infancia
aquilatando imágenes que se activarían dentro de su
proyecto plástico muchos años después. Sus recuerdos
de la niñez están plagados de fachadas planas, relojes,
muelles, en fin, de escenas urbanas, de aquella capital de Río
de la Plata construida para venerar la costa del río-mar.
De allí partió en 1891 a bordo del vapor Cittá di
Napoli rumbo a Europa, más concretamente a Barcelona,
vía Génova. Finalmente, la familia Torres-García
se instaló en Mataró, un pueblo cercano a Barcelona
donde tenían lazos familiares.
La primera década del siglo fue la de su formación
en la Escuela oficial de Bellas Artes de la Llotja y en la Academia
Baixas, ambas en Barcelona. Participó del Cercle Artistic
Sant Lluc, integrándose a la bohemia catalana en el café Els
Quatre Gats. Es también en estos años cuando toma contacto
con Gaudí y colabora en la realización de las vidrieras
de la catedral de Palma de Mallorca. Además trabaja intensamente
no sólo en su obra sino también dando clases. Uno de
sus alumnos temporarios fue el que luego sería uno de los
críticos que más tempranamente en el Río de
la Plata valorara su trabajo: Julio E. Payró, hijo del escritor
argentino Roberto J. Payró con quien trabó amistad.
Hacia 1910 esta relación se hace productiva en un sentido
nuevo. Payró se había radicado en Bruselas y valorando
el trabajo de Torres operó a su favor ante la embajada del
Uruguay para que le asignaran la realización de la pintura
mural destinada al pabellón de la República en la exposición
internacional de Bruselas. Esa experiencia le permitió no
sólo afianzar su oficio y su presencia pública, sino
además tomar contacto -aunque leve, tal vez- con el movimiento
artístico contemporáneo, tanto a su paso por París,
rumbo a Bruselas, como en esta misma ciudad.
1912-1918 son los años del trabajo intenso al servicio del
ayuntamiento de Barcelona realizando los frescos del Palau de la
Generalitat. La estética de estos trabajos está en
consonancia con los principios del noucentisme catalán proclamado
por Eugenio d'Ors en sus textos. Este proceso se verá interferido
por un cambio de ruta que comienza a darse hacia 1917 coincidiendo
con la llegada de Rafael Barradas a Barcelona. La exposición
conjunta de la Galería Dalmau fue la primera puesta en escena
de esta nueva forma evolucionista o plasticista de
Torres.
Esta experiencia, como todas las anteriores y posteriores que desarrolló Torres
en su larga trayectoria, fue desplegada en un movimiento convergente
de imágenes y textos. Trabajaba en la plástica como
experimentación de sus intuiciones estéticas y posteriormente
realizaba el análisis y la elaboración crítica
que se plasmaban en los escritos.
Al parecer, cada década tiene un signo diferente en su recorrido.
La del veinte será la de un cierto nomadismo internacional
en busca de la ampliación del reconocimiento público,
así como de encontrar un territorio propicio, estimulante
para continuar desarrollando su propuesta. Así, intentará radicarse
en Nueva York entre 1920 y 1922, confrontando su percepción
de una Europa «apolillada» con el doble impacto que representó dentro
de su imaginario esta ciudad poderosamente moderna -«todo es
mecánico, ordenado y limpio» recuerda- y materialista
a la vez, donde los valores estaban alterados, donde no había
jerarquías ni tradición. «Nueva York atrae y
rechaza (...) salir de allí fue pues una liberación».
Sin embargo esos años fueron claves para profundizar sus búsquedas
en una pintura dominada por la geometría, la síntesis
y la creación de un ritmo ortogonal dentro del plano.
De Nueva York pasa a Italia, en un momento en el que todo estaba
teñido por el avance del fascismo, lo que distanció a
Torres de este territorio. Permanece poco más de dos años
allí para emprender luego una experiencia que resultaría
definitoria: París. Entre 1926 y 1932 vive en la metrópolis
del arte moderno. Si en cada etapa de su autobiografía dedica
párrafos extensos a señalar uno a uno los personajes
que pasaron por su vida, las relaciones que fue trabando y los beneficios
o no que éstas le proveyeron, es en el periodo parisino -como
lo fuera en los años de Barcelona- cuando todo este relato
adquiere mayor densidad. Es allí donde toma contacto intenso
con el movimiento moderno, donde explora analíticamente desde
las culturas primitivas hasta el cubismo, pasando por el neoplasticismo,
el constructivismo y finalmente debatiendo con el surrealismo.
Expone en el Salón de los Independientes, participa de la
organización de un salón alternativo al de Otoño
de 1928, junto a otros pintores rechazados, toma contacto con Michel
Seuphor, Theo van Doesburg, Piet Mondrian, Georges Vantongerloo,
y de esta relación surgen la propuesta de Cercle et carré,
así como su militancia en espacios como Art concrèt .
Por otra parte toma contacto también con otros artistas latinoamericanos
que contemporáneamente estaban en París y juntos organizan
la muestra de arte latinoamericano en la Galería Zak.
Unas y otras experiencias convergen en la formulación de
su proyecto estético: el universalismo constructivo que
condensará en 1944 como libro editado por Poseidón
de Buenos Aires, una editorial surgida de la iniciativa de españoles
republicanos exiliados después de la Guerra Civil. Antes de
concentrar su trabajo en ese extenso libro publicó numerosos
artículos, conferencias y libros que rodearon su pintura y
le dieron una posición definida dentro de la historia del
arte moderno de Latinoamérica. D. W.