Desde el criterio darvinista o rígidamente evolutivo que suelen
aplicar los historiadores del arte moderno, pocos creadores que iniciaron
su obra en el momento de las vanguardias históricas logran sobrevivir artísticamente
a un determinado momento, cerrado en el tiempo, de su propia producción.
Auguste Herbin tuvo la fortuna de ser una excepción a esta regla
historiográfica tan cuestionable.
Cuando al término de la Segunda Guerra Mundial, los creadores
y partidarios del Arte Concreto -y los artistas y críticos
reunidos en torno a la galería de Denise René- reivindicaron
su figura y su obra rompieron felizmente algunos esquemas de valoración.
Pero por mor de una extraña paradoja, el Herbin exaltado por
el Arte Concreto vino a ocultar las variables de una trayectoria
coherente, aunque compleja. Afortunadamente, desde hace más
de una década, y gracias a los trabajos de Geneviève
Claisse o de Serge Lemoin, el lugar de Herbin en la fundación
del arte moderno ha sido recuperado con acierto, volviéndose
a subrayar, especialmente, todo lo relacionado con el importante
papel que el artista desempeñó en la creación
del arte cubista.
Hijo de una familia de obreros textiles, Auguste Herbin nació en
Quiévy, una pequeña localidad próxima a Cateau-Cambrésis,
el 29 de abril de 1882. Era, por tanto, de la misma edad que Braque
y apenas un año menor que Picasso. Gracias a grandes esfuerzos
económicos familiares, el joven Herbin pudo ingresar en 1899
en la Academia de Bellas Artes de Lille, pero su temprano y despierto
interés por la estela de la pintura impresionista le hizo
entrar en conflicto con profesores y compañeros. Se puede
decir, en consecuencia, que Herbin fue un autodidacto, aunque ello
no impidió sino que estimuló un progresivo tono intelectual
de su carácter y de su actitud ante la creación, carácter
intelectual que se acrecentaría a lo largo de su trayectoria.
Tras instalarse en París en 1901, conoció en 1904
a Wilhelm Uhde y a Clovis Sagot, quienes adquirieron sus primeras
obras. Para entonces, Herbin practicaba un impresionismo exaltado
en cromatismo y pincelada que, en algunos aspectos, sin duda anticipaba
soluciones fauvistas. Pero entre 1905 y 1908 la obra de Herbin acogió dos
registros en paralelo; de un lado asumió valoraciones abstractas
de la mancha cromática y, de otro, introdujo la geometrización
y la simplificación de formas en retratos y paisajes. Aunque
arraigado en su propio modo de hacer, la posición de Herbin
en esos años era, por tanto, equiparable a la de Braque o
Derain.
En 1909, Herbin se trasladó al Bateau-Lavoir. Su cercanía
con Picasso y Braque, y más tarde con Gris, fue inmediata
y puede decirse que el pintor participó en el nacimiento y
el desarrollo del cubismo, manteniendo un intenso contacto con Picasso,
incluso cuando éste se trasladó a vivir al Boulevard
de Clichy. Cercano en ocasiones a Gris, a Metzinger o incluso a Gleizes,
entre 1911 y 1914, el cubismo de Herbin desarticuló muy pronto
las diferencias entre lo que llamamos convencionalmente cubismo
analítico y cubismo sintético , propiciando
fórmulas variables que oscilaron entre la traducción
geometrizada de los motivos y el encuentro entre el cubismo y lo
abstracto, aspecto este último en el que Herbin fue realmente
un pionero.
Movilizado al estallar la Primera Guerra Mundial, Herbin pasó buena
parte de su servicio decorando la capilla del campo militar de Mailly-en-Champagne
y realizando camuflajes para material bélico. Sin embargo,
en plena contienda, su contacto con los ambientes que hicieron perdurar
el cubismo se acrecentó al suscribir un contrato en exclusiva
con Léonce Rosenberg en 1916. Su obra se adentró entonces
en la reconsideración abstracta de elementos vegetales y naturales
a los que dotaba de un peculiar sentido decorativo, al tiempo que
el carácter de un buen número de sus piezas de entonces
le acercaba a los postulados del purismo o le hacía franquear
de nuevo el punto de encuentro entre herencia cubista y abstracción.
Hacia 1919 Herbin se interesó por las cualidades plásticas
de lo monumental y comenzó a realizar, a partir de 1920, sus
primeras pinturas sobre mortero y madera esculpida; obras curiosamente
cercanas al llamado segundo futurismo, en las que el artista introdujo
un nuevo sentido del tótem moderno que, sin embargo, no fue
bien acogido por la crítica.
En 1921 la obra cubista de Herbin se cotizaba más alta que
la de Léger o Braque y, sin embargo, el artista, para vencer
ciertos momentos de impasse, decidió dar un giro
a su obra. Entre 1922 y 1926 produjo una de las más originales
fórmulas del nuevo realismo europeo. No se trataba, sin embargo,
de un mero adentrarse en el retorno al orden . Herbin hizo
bueno el criterio de Roh relativo a que sólo después
de haber hecho abstracto el arte podía reflorecer el sentimiento
de la figura, la naturaleza y el objeto. Y, efectivamente, sin huir
de lo descriptivo, las representaciones novorrealistas de Herbin
estuvieron matizadas por lo conceptual.
Tras esta etapa, el artista retomó, hacia 1925 ó 1926,
la abstracción. Esta vez sobre la base de formas orgánicas
muy dinámicas en las que paulatinamente introdujo el arabesco
de línea negra. En 1931 fue el empeño de Herbin el
que hizo surgir el grupo Abstraction-Création , llenando
un importante espacio artístico en contraposición al
surrealismo. En los años cuarenta, como tantos otros pintores
abstractos coetáneos suyos, Herbin vinculó las posibilidades
de la abstracción con la capción de cierto pensamiento
esotérico (Steiner, Washmuth, Wronski), llegando a codificar
un alfabeto plástico de correspondencias entre letras, formas
y colores. Con todo el bagaje acumulado, en la inmediata segunda
posguerra se produjo la ya mencionada reivindicación del artista
por parte de jóvenes creadores del Arte Concreto y en este ámbito,
y portador de un reconocimiento poco usual, desarrollaría
Herbin su obra, superando incluso graves problemas de salud, hasta
su muerte, en 1960, a los 78 años.