Cuando en 1914 el pintor Rafael Barradas cruzó la frontera
franco-española quizás no sabía que venía
a nuestro país para quedarse. Pero lo que a buen seguro no contaba
entre sus pronósticos era que, tras sus catorce años
de residencia, la historia de las relaciones entre el arte del interior
de la geografía española y la modernidad habría
de ser escrita de otra manera.
> Para continar leyendo, haz click en "Ampliar"
Rafael Pérez Giménez adoptó el segundo apellido
de su padre, Barradas como nombre artístico. Hijo de emigrantes
españoles, nació en Montevideo en 1890. Autodidacta,
aunque perteneciente a una familia marcada por los intereses creativos,
vivió con intensidad el auge social, económico y cultural
de la capital uruguaya convertida, a principios del siglo XX, en
la Atenas del Plata . El Modernismo (el simbolismo hispanoamericano)
seguía dando aún entonces algunos de sus mejores frutos
y, en aquel contexto, el joven Barradas, habitual en las revistas
de creación, fundador de publicaciones satíricas como
El Monigote , intelectual de café, heredero de la bohemia
finisecular y miembro de cenáculos con veleidades filolibertarias,
era ya conocedor y practicante, a dos bandas, del sintetismo y del
cromatismo surgidos de las poéticas postimpresionistas.
El obligado viaje a Europa que pudo realizar gracias a la generosidad
de un amigo, el tenor Alfredo de Medici, le llevó a Milán,
en 1913, a los veintitrés años. A Milán, a algunas
localidades suizas y a París. Barradas conoció entonces
las primeras vanguardias, especialmente el cubismo y el futurismo.
Las asimiló con inmediatez sorprendente y lo mejor de su obra,
al menos hasta 1922, habría de dar buena cuenta de ello.
Al llegar a Barcelona, el artista quizás ya pudo ver publicadas
sus primeras ilustraciones satíricas en L'Esquella de la Torratxa
. Pero no quiso detenerse por el momento en la capital catalana.
Casi de inmediato a su llegada emprendió el camino hacia Madrid.
Pero lo emprendió a pie, en un viaje mítico en su biografía
personal. Agotado, enfermo por el esfuerzo, Barradas hubo de detenerse
en los alrededores de Zaragoza. Al reponerse, contrajo matrimonio
con la pastora que le había atendido en la cuneta del camino
-Simona Láinez, a la que siempre llamaría Pilar -,
recorrió la geografía del entorno y permaneció en
la capital aragonesa durante algo más de un año. En
Zaragoza, al tiempo que colaboraba en la revista Paraninfo , realizó Barradas
su primera obra y sus primeras exposiciones españolas. Pero
el artista, sin embargo, no se detuvo allí. Hizo venir a su
familia uruguaya y todos juntos, al comenzar la primavera de 1916,
se instalaron en Barcelona.
El primer año del segundo momento de Barradas en Barcelona
es oscuro. Carecemos de datos. Pero sabemos que a principios de 1917
ya trabajaba como ilustrador gráfico. Y sabemos, sobre todo,
cómo su encuentro con Torres-García, con Celso Lagar,
con Dalmau, con Salvat-Papasseit, con algunos creadores europeos
refugiados en la capital y, más tarde, con el joven Miró,
habría de cifrar la primera instancia vanguardista de la cultura
catalana contemporánea. El vitalismo estético de Barradas,
de cierto acento nietzscheano, se sintió especialmente afín
con el de Salvat y con el del transformado Torres-García.
Un encuentro que se expresó en las hojas quincenales, promovidas
por Salvat, Un Enemic del Poble (1917-) y en la efímera y
precaria publicación Arc Voltaic (1918) donde ya colaboró el
joven Miró. En Barcelona, además, Barradas expuso en
Dalmau (1917) y en las Galeries Laietanes (1918) y se vinculó con
la Agrupació Courbet. Pero, sobre todo, en Barcelona Barradas
concebiría, practicaría y expondría la primera
instancia de su vibracionismo . El primer ismo personal que lanzará en
lo que luego habría de ser una cadena de numerosos eslabones
con desinencia vanguardista. Al vibracionismo se le asocia siempre
con el futurismo, aunque, en rigor, fue una síntesis personal
de recursos de los primeros ismos.
Las primeras vanguardias barcelonesas emergieron en 1917, efervescieron
en 1918 y desaparecieron en 1919. Antes de que desaparecieran, en
el verano de 1918, Barradas decidió cambiar de residencia
trasladándose a Madrid. En la capital del Estado todo era
distinto. Las referencias al arte de vanguardia prácticamente
no existían. Barradas vino a situarlas. A situarlas y a dar
punto de partida a toda una verdadera transformación de la
cultura española propiciada desde la capital.
Ante la absoluta carencia de mercado de arte moderno, Barradas comenzó a
ganarse la vida primero como ilustrador gráfico y fabricante
de juguetes y, poco más tarde, en 1919, como figurinista y
escenógrafo del Teatro Eslava, donde actuaba la compañía
del poeta, editor y empresario teatral Gregorio Martínez Sierra.
Pero de la necesidad virtud, los diseños de Barradas cambiaron
el sentido de la ilustración gráfica publicada en Madrid,
mientras que en sus realizaciones para el Teatro Eslava se puede
situar uno de los puntos de partida del nuevo arte escenográfico
español.
Con todo, el Barradas que frecuentó en Madrid en Café del
Prado, el Café de Oriente y el Ateneo fue, en principio, un
Barradas solitario. A pesar de lo que se piensa, los ultraístas
y los jóvenes de la Generación del 27 tardaron en llegar.
Entre 1918 y 1923, Barradas sólo expuso en tres ocasiones.
Y sin embargo, en estos años su pintura no dejó de
evolucionar. La poética vibracionista rápidamente convivió,
dio entrada o se transformó en una nueva modalidad a la que
el pintor llamó cubismo , modalidad que perduró hasta
1921.
Una variante del cubismo barradiano fue lo que el propio artista
denominó clownismo , instancia de su práctica artística
que, aunque carente de una definición precisa, influyó decisivamente
en dibujos y composiciones de Lorca y Dalí. Pero quizás,
ante todo, el clownismo fuera la antesala de otra cosa. En 1922,
coincidiendo en principio con los momentos finales del cubismo barradiano,
el artista efectuó un giro decisivo en su propia obra. Su
nuevo modo de hacer fue denominado planismo e implicaba, a grandes
rasgos, y no sin matizaciones, el impacto en su obra del retorno
al orden .
Prueba de que en el ambiente flotaba esta circunstancia de lo moderno
fueron los dibujos que el pintor realizó en Luco de Jiloca
entre 1923 y 1924, dibujos muy conocidos entonces por haber sido
publicados en la revista Alfar . En ellos Barradas, tomando como
modelos a los campesinos del lugar, ejercitó un tipo de dibujo
que sin duda es relacionable con el clasicismo ingresco de Picasso.
Pero también es cierto que cuando estos dibujos fueron trasladados
al óleo sobre lienzo adquirieron otro carácter. Bien
por problemas técnicos o por voluntad estilística,
el carácter opaco y el tono ensombrecido de la pintura hicieron
surgir, junto a la pureza del trazado lineal de las fisonomías,
lo que el artista denominó la luz negra . Un tono melancólico
y profundo se depositó sobre las obras del uruguayo, al tiempo
que la fijación argumental con las clases trabajadoras del
campo despertó en Barradas un sentido de lo vernacular propio
de la pintura española desde principios de siglo. Surgió así la
serie de Los Magníficos , en la que Barradas, con mayor investigación
formal de la que siempre se presupone, mostraba a un tiempo la castigada,
aunque poderosa, fisonomía de los tipos populares del entorno
agrario y, también, la grande y sincera admiración
que sentía hacia ellos.
El Barradas que regresó a Madrid hacia la primavera de 1924
era, ya en cualquier caso, un Barradas distinto. El optimismo vibracionista
y cubista había dejado paso a un tono más grave y severo.
La franca empatía lingüística con los primeros
ismos se diluía o comenzaba a buscar incentivos de otro signo.
Pero aun así, los años 1924 y 1925, especialmente parcos
en noticias sobre su actividad, fueron especialmente importantes
en su biografía. Su actividad como ilustrador gráfico
se vio reconocida al más alto nivel al diseñar portadas
y viñetas para la Revista de Occidente , su trabajo como figurinista
y escenógrafo fue premiado en el Salón de las Artes
Decorativas de París, el Salón del Arte Dèco,
donde Martínez Sierra había presentado un stand, y,
en fin, en 1925, en la crucial primera exposición de la Sociedad
de Artistas Ibéricos, celebrada en Madrid, Barradas fue reconocido
ampliamente, y de forma generalizada, como el verdadero emblema del
arte nuevo , de la renovación plástica española.
Pero, paradójicamente, este reconocimiento generalizado no
sirvió para relanzar su figura ni para que su obra se situara
en nuevas posiciones de predominio e influencia. Quizás Barradas
intentó ir a París. Pero no tenemos noticias fehacientes
de que alcanzara la capital francesa. En los primeros meses de 1925
(y probablemente en 1926) el pintor estuvo en San Juan de Luz donde
realizó una importante serie de temas marineros, en línea
estilística con las derivaciones del planismo, aunque con
mayor acento expresivo. Tras esta experiencia, la crisis sobrevino
en un Barradas que hasta entonces parecía incombustible. La
enfermedad, que había aparecido en 1920 y se tornó preocupante
en 1923, minó su capacidad física notablemente a partir
de 1926. Su ruptura con Martínez Sierra, tanto por razones
personales como profesionales, agravó aún más
su situación personal, de suyo siempre precaria.
En los primeros meses de 1926 la familia Barradas se trasladó a
Cataluña. Residieron en un modesto piso de L'Hospitalet de
Llobregat. Allí recibiría Barradas la visita asidua
de la mejor intelectualidad del momento, de Lorca y Dalí,
a Gasch, Montanya y Díaz Plaja. Sus tertulias configuraron
el Ateneíllo de Hospitalet, espacio mítico de la cultura
española de aquellos años. Entre 1926 y 1928, su pintura
continuó la serie de Los Magníficos, sus paisajes de
Hospitalet muestran su interés por lo vernacular desde un
lenguaje construido de acento primitivista, e inició también
el artista una peculiar pintura religiosa, denominada Serie Mística
, mientras que la perspectiva de regresar al Uruguay le llevó a
confeccionar, en un registro muy distinto de todo lo anterior, los
Estampones , recreaciones evocativas del Barrio Sur montevideano
en el 1900.
Pero ni el inicio de nuevas series plásticas ni el afecto
que le rodeaba lograron que Barradas renaciera en Cataluña.
Todos cuantos visitaron el Ateneíllo de Hospitalet comentaron
el delicadísimo estado de salud del artista y las extremadamente
precarias condiciones en las que vivía. Al cabo, sus amigos
de Montevideo lograron que el artista volviera a su país de
origen. Allá regresó Barradas, en noviembre de 1928,
llevando consigo prácticamente toda su producción española.
Fue recibido casi como un héroe. El artista tenía en
su cabeza grandes planes. Pero esta vez la enfermedad y el agotamiento
pudieron con su proverbial entusiasmo, y Barradas murió en
Montevideo, apenas a los cuatro meses de su llegada, el 12 de febrero
de 1929. Tenía 39 años. La ingratitud española
olvidó a Barradas durante medio siglo. Pero, afortunadamente,
a partir de la década de 1980, su figura y su obra están
siendo recuperadas y situadas en el lugar que merecen.