

Glen Ridge, New Jersey (USA), 1954
Sherman se dio a conocer en 1980 con la primera exposición que realizó en la galería Metro Pictures, espacio éste que serviría como plataforma de lanzamiento y propaganda de numerosos artistas norteamericanos que en los inicios de esa década agitaron el panorama artístico de esa ciudad enarbolando no tanto, o no únicamente, una crítica de la representación y el objeto, tal como estos artistas fueron teorizados al comienzo de sus carreras, pero esencialmente, a más de veinte años de aquellas primeras tentativas, como la conquista de un gran angular en lo que se refiere a la condición con que es contemplada la obra misma, es decir: al cuestionamiento y puesta en crisis de las estructuras que conforman la recepción visual del objeto de arte, y con ello, naturalmente, la crítica, cuando no directamente detracción, del estatus clásico de la representación en arte. ¿Sería esta cualidad una de las premisas centrales que a lo largo de la década llenarían miles de páginas escritas en torno a la posmodernidad en el arte? Probablemente, pero lo agotado del término y esencialmente su propia y natural ambigüedad nos emplaza a aislar (o a proteger) esta posibilidad dentro de la humildad y la prudencia de una sabia interrogación.
Las primeras obras de Cindy Sherman pudieron ser vistas en España en 1987 en la exposición El Arte y su Doble, que incluía la nómina central de los artistas norteamericanos que expusieron en la galería Metro Pictures, tal como ya hemos apuntado.
En esa muestra colectiva, el trabajo de Sherman estaba compuesto por ocho grandes fotografías en color fechadas entre 1981 y 1985, pero no había ninguna representación de su obra inmediatamente anterior, de finales de los 70, y con ello nos estamos refiriendo en concreto a la serie Untitled Film Still, que con el transcurrir del tiempo, y sobre todo con una mayor templaza y cuidado en el análisis general de la obra, se erige dicha serie como la parte o sección más brillante de su carrera, por lo que tiene de inaugural en lo que respecta al cuestionamiento de la identidad femenina, una de las preocupaciones teóricas más importantes de Sherman, o la más principal, si bien con los años su trabajo se ha ido decantando por un proceso más general, abierto, de la puesta en crisis del sujeto representado, más allá del género, tanto que incluso en obras posteriores lo que desaparece es la figura misma, fragmentada, cuando no directamente sepultada e invisible, por un mar de detritus y abyección, característica ésta que ha sido muy criticada, acusando a la obra final de Sherman de estar agotada, fatigada y perdida en su propio éxtasis representacional, y desprovista del mensaje inteligente y violento de sus primeras y posteriores obras.
En la actualidad la obra de Sherman, y vista su trayectoria en conjunto, no ofrece ninguna duda: es un trabajo y un discurso extraordinario, magnífico, inteligente, y de una belleza violenta y cuestionadora de muchos prejuicios y cegueras en lo que se refiere a la recepción visual de la obra. ¿Es una obra clásica? Por supuesto, y sin duda alguna, ya que lo es además desde sus inicios, pero "clásica" en la medida que analiza y deconstruye algunas de las constantes más esenciales que conforman el hacer del mejor arte, pues investiga sobre la inestabilidad, la ambigüedad, la fragilidad y la falsedad de las estructuras culturales de la representación clásica del sujeto contemporáneo. L.F. P.
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