

Lisboa (Portugal), 1934
Licenciada en pintura por la Escola Superior de Belas-Artes de Lisboa, Helena Almeida es hija del escultor Leopoldo de Almeida, madre de la artista Joana Rosa, y esposa de Artur Rosa, arquitecto y escultor que también realiza sus fotografías.
Durante más de treinta años, el trabajo artístico de esta portuguesa se ha afirmado como portador de un lenguaje expresivo en el que confluyen diversas disciplinas y actitudes. Aunque generalmente aparece representada en los manuales como fotógrafa, su obra se encuentra íntimamente relacionada con otras artes plásticas, como la pintura y la escultura, debido al minucioso proceso de elaboración de las imágenes, y al empleo de pigmentos y materiales complementarios en la realización de las fotografías.
Su discurso creativo encuentra su base en la auto-representación. No se trata meramente de autorretratos, la artista aparece siempre como modelo, escenificando distintas facetas: como autora, como mujer, planteando sus dudas personales ante la vida. Sus composiciones suelen presentarse como escenografías secuenciadas a la manera cinematográfica, instaurando espacios donde Almeida consigue emplazar su subjetividad.
Pese a convertir su cuerpo -y la experiencia personal del mismo- en el objeto fundamental de su trabajo, en las obras de Almeida no hay lugar para el relato autobiográfico, mostrándonos su fisonomía como único soporte y ve-hículo de comunicación -Ouve-me, 1979.
La artista y su cuerpo son siempre los protagonistas: sus formas, sus posturas y su relación con los objetos de su estudio son las principales categorías de interacción empleadas -O Atelier, 1983. Esta auto-representación a través del lenguaje fotográfico tiene como objetivo último indagar en los límites de la representación -no hay que olvidar que sus orígenes coinciden con el apogeo de la performance y el debate surgido alrededor del arte conceptual.
Mientras Helena Almeida se introduce en el cuadro, los procedimientos de la pintura se sitúan en el exterior de la imagen, sobre la fotografía en blanco y negro. En ocasiones la artista deviene una gran mancha negra -Espaço espesso, 1982; Negro Agudo, 1983- otras, su cuerpo se deja contaminar por brochazos de color que ensucian sus formas -Perdão, 1993. Sus imágenes nacen pues de la pintura, disciplina en la que experimentó durante la década de los setenta para concluir identificando el cuadro-objeto con el propio autor en obras como Desenho Habitado o Pintura Habitada, ambas de 1975. Pese a su más que evidente relación con la performance y el body art, la artista somete todo su proceso creativo a una imagen preconcebida, realizando minuciosos bocetos hasta encontrar la representación deseada. Lo que contemplamos es sólo el resto de una acción compleja que puede implicar una larga y cuidadosa elaboración. A. S.
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