

Joaquín Torres- García
(Montevideo, 1874-1949)
Escribir una autobiografía significa transferir una experiencia, partiendo de la base de que ésta ha sido valiosa y por lo tanto podría resultar ejemplificadora para generaciones futuras. A los sesenta años y de regreso a su tierra, el Uruguay, una etapa se cerraba y Joaquín Torres-García consideró que ya tenía «un trozo de historia» que merecía ser contada. Seguramente se planteó algunas de estas cuestiones cuando decidió escribir su relato de vida, firmado en: Montevideo, octubre de 1934.
El carácter minuciosamente descriptivo y por momentos íntimo del texto adquiere cierto distanciamiento con el uso de la tercera persona, elección curiosa para un género como éste que suele estar gobernado por la primera. «Me pondré a mí mismo como a otro personaje cualquiera y así me veré con menos parcialidad» anota en la presentación. Con el ocultamiento del yo buscó una cierta objetividad y con ella el propósito de alcanzar mayor eficacia y credibilidad. Por otra parte, cumplía con el doble anhelo de trascendencia y de control sobre el relato de su propia historia al futuro. El crear la Asociación de Arte Constructivo (1934) y una escuela, el Taller de Torres-García (1943), fueron otros recursos que le garantizarían su continuidad de su proyecto creador.
Había regresado después de 43 años de ausencia a su ciudad, Montevideo, dispuesto a refundar desde allí el arte moderno. Su experiencia en varias metrópolis europeas y en Nueva York lo habían formado y desafiado en diferentes momentos. Era entonces tiempo de balance, de revisar aquellas vivencias y emprender otro camino con la certeza de que estaba destinado a esta tarea iniciática.
Nacido en aquella ciudad uruguaya, el 28 de julio de 1874, de padre catalán y madre uruguaya, pasó parte de la infancia aquilatando imágenes que se activarían dentro de su proyecto plástico muchos años después. Sus recuerdos de la niñez están plagados de fachadas planas, relojes, muelles, en fin, de escenas urbanas, de aquella capital de Río de la Plata construida para venerar la costa del río-mar. De allí partió en 1891 a bordo del vapor Cittá di Napoli rumbo a Europa, más concretamente a Barcelona, vía Génova. Finalmente, la familia Torres-García se instaló en Mataró, un pueblo cercano a Barcelona donde tenían lazos familiares.
La primera década del siglo fue la de su formación en la Escuela oficial de Bellas Artes de la Llotja y en la Academia Baixas, ambas en Barcelona. Participó del Cercle Artistic Sant Lluc, integrándose a la bohemia catalana en el café Els Quatre Gats. Es también en estos años cuando toma contacto con Gaudí y colabora en la realización de las vidrieras de la catedral de Palma de Mallorca. Además trabaja intensamente no sólo en su obra sino también dando clases. Uno de sus alumnos temporarios fue el que luego sería uno de los críticos que más tempranamente en el Río de la Plata valorara su trabajo: Julio E. Payró, hijo del escritor argentino Roberto J. Payró con quien trabó amistad.
Hacia 1910 esta relación se hace productiva en un sentido nuevo. Payró se había radicado en Bruselas y valorando el trabajo de Torres operó a su favor ante la embajada del Uruguay para que le asignaran la realización de la pintura mural destinada al pabellón de la República en la exposición internacional de Bruselas. Esa experiencia le permitió no sólo afianzar su oficio y su presencia pública, sino además tomar contacto -aunque leve, tal vez- con el movimiento artístico contemporáneo, tanto a su paso por París, rumbo a Bruselas, como en esta misma ciudad.
1912-1918 son los años del trabajo intenso al servicio del ayuntamiento de Barcelona realizando los frescos del Palau de la Generalitat. La estética de estos trabajos está en consonancia con los principios del noucentisme catalán proclamado por Eugenio d'Ors en sus textos. Este proceso se verá interferido por un cambio de ruta que comienza a darse hacia 1917 coincidiendo con la llegada de Rafael Barradas a Barcelona. La exposición conjunta de la Galería Dalmau fue la primera puesta en escena de esta nueva forma evolucionista o plasticista de Torres.
Esta experiencia, como todas las anteriores y posteriores que desarrolló Torres en su larga trayectoria, fue desplegada en un movimiento convergente de imágenes y textos. Trabajaba en la plástica como experimentación de sus intuiciones estéticas y posteriormente realizaba el análisis y la elaboración crítica que se plasmaban en los escritos.
Al parecer, cada década tiene un signo diferente en su recorrido. La del veinte será la de un cierto nomadismo internacional en busca de la ampliación del reconocimiento público, así como de encontrar un territorio propicio, estimulante para continuar desarrollando su propuesta. Así, intentará radicarse en Nueva York entre 1920 y 1922, confrontando su percepción de una Europa «apolillada» con el doble impacto que representó dentro de su imaginario esta ciudad poderosamente moderna -«todo es mecánico, ordenado y limpio» recuerda- y materialista a la vez, donde los valores estaban alterados, donde no había jerarquías ni tradición. «Nueva York atrae y rechaza (...) salir de allí fue pues una liberación». Sin embargo esos años fueron claves para profundizar sus búsquedas en una pintura dominada por la geometría, la síntesis y la creación de un ritmo ortogonal dentro del plano.
De Nueva York pasa a Italia, en un momento en el que todo estaba teñido por el avance del fascismo, lo que distanció a Torres de este territorio. Permanece poco más de dos años allí para emprender luego una experiencia que resultaría definitoria: París. Entre 1926 y 1932 vive en la metrópolis del arte moderno. Si en cada etapa de su autobiografía dedica párrafos extensos a señalar uno a uno los personajes que pasaron por su vida, las relaciones que fue trabando y los beneficios o no que éstas le proveyeron, es en el periodo parisino -como lo fuera en los años de Barcelona- cuando todo este relato adquiere mayor densidad. Es allí donde toma contacto intenso con el movimiento moderno, donde explora analíticamente desde las culturas primitivas hasta el cubismo, pasando por el neoplasticismo, el constructivismo y finalmente debatiendo con el surrealismo.
Expone en el Salón de los Independientes, participa de la organización de un salón alternativo al de Otoño de 1928, junto a otros pintores rechazados, toma contacto con Michel Seuphor, Theo van Doesburg, Piet Mondrian, Georges Vantongerloo, y de esta relación surgen la propuesta de Cercle et carré, así como su militancia en espacios como Art concrèt . Por otra parte toma contacto también con otros artistas latinoamericanos que contemporáneamente estaban en París y juntos organizan la muestra de arte latinoamericano en la Galería Zak.
Unas y otras experiencias convergen en la formulación de su proyecto estético: el universalismo constructivo que condensará en 1944 como libro editado por Poseidón de Buenos Aires, una editorial surgida de la iniciativa de españoles republicanos exiliados después de la Guerra Civil. Antes de concentrar su trabajo en ese extenso libro publicó numerosos artículos, conferencias y libros que rodearon su pintura y le dieron una posición definida dentro de la historia del arte moderno de Latinoamérica. D. W.
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