

Rafael Pérez Giménez, llamado Rafael Barradas
(Montevideo, 1890-1929)
Cuando en 1914 el pintor Rafael Barradas cruzó la frontera franco-española quizás no sabía que venía a nuestro país para quedarse. Pero lo que a buen seguro no contaba entre sus pronósticos era que, tras sus catorce años de residencia, la historia de las relaciones entre el arte del interior de la geografía española y la modernidad habría de ser escrita de otra manera.
Rafael Pérez Giménez adoptó el segundo apellido de su padre, Barradas como nombre artístico. Hijo de emigrantes españoles, nació en Montevideo en 1890. Autodidacta, aunque perteneciente a una familia marcada por los intereses creativos, vivió con intensidad el auge social, económico y cultural de la capital uruguaya convertida, a principios del siglo XX, en la Atenas del Plata . El Modernismo (el simbolismo hispanoamericano) seguía dando aún entonces algunos de sus mejores frutos y, en aquel contexto, el joven Barradas, habitual en las revistas de creación, fundador de publicaciones satíricas como El Monigote , intelectual de café, heredero de la bohemia finisecular y miembro de cenáculos con veleidades filolibertarias, era ya conocedor y practicante, a dos bandas, del sintetismo y del cromatismo surgidos de las poéticas postimpresionistas.
El obligado viaje a Europa que pudo realizar gracias a la generosidad de un amigo, el tenor Alfredo de Medici, le llevó a Milán, en 1913, a los veintitrés años. A Milán, a algunas localidades suizas y a París. Barradas conoció entonces las primeras vanguardias, especialmente el cubismo y el futurismo. Las asimiló con inmediatez sorprendente y lo mejor de su obra, al menos hasta 1922, habría de dar buena cuenta de ello.
Al llegar a Barcelona, el artista quizás ya pudo ver publicadas sus primeras ilustraciones satíricas en L'Esquella de la Torratxa . Pero no quiso detenerse por el momento en la capital catalana. Casi de inmediato a su llegada emprendió el camino hacia Madrid. Pero lo emprendió a pie, en un viaje mítico en su biografía personal. Agotado, enfermo por el esfuerzo, Barradas hubo de detenerse en los alrededores de Zaragoza. Al reponerse, contrajo matrimonio con la pastora que le había atendido en la cuneta del camino -Simona Láinez, a la que siempre llamaría Pilar -, recorrió la geografía del entorno y permaneció en la capital aragonesa durante algo más de un año. En Zaragoza, al tiempo que colaboraba en la revista Paraninfo , realizó Barradas su primera obra y sus primeras exposiciones españolas. Pero el artista, sin embargo, no se detuvo allí. Hizo venir a su familia uruguaya y todos juntos, al comenzar la primavera de 1916, se instalaron en Barcelona.
El primer año del segundo momento de Barradas
en Barcelona es oscuro. Carecemos de datos. Pero sabemos
que a principios de 1917 ya trabajaba como ilustrador
gráfico. Y sabemos, sobre todo, cómo
su encuentro con Torres-García, con Celso Lagar,
con Dalmau, con Salvat-Papasseit, con algunos creadores
europeos refugiados en la capital y, más tarde,
con el joven Miró, habría de cifrar la
primera instancia vanguardista de la cultura catalana
contemporánea. El vitalismo estético
de Barradas, de cierto acento nietzscheano, se sintió especialmente
afín con el de Salvat y con el del transformado
Torres-García.
Un encuentro que se expresó en las hojas quincenales, promovidas
por Salvat, Un Enemic del Poble (1917-) y en la efímera y precaria
publicación Arc Voltaic (1918) donde ya colaboró el joven
Miró. En Barcelona, además, Barradas expuso en Dalmau (1917)
y en las Galeries Laietanes (1918) y se vinculó con la Agrupació Courbet.
Pero, sobre todo, en Barcelona Barradas concebiría, practicaría
y expondría la primera instancia de su vibracionismo . El primer
ismo personal que lanzará en lo que luego habría de ser
una cadena de numerosos eslabones con desinencia vanguardista. Al vibracionismo
se le asocia siempre con el futurismo, aunque, en rigor, fue una síntesis
personal de recursos de los primeros ismos.
Las primeras vanguardias barcelonesas emergieron en
1917, efervescieron en 1918 y desaparecieron en 1919.
Antes de que desaparecieran, en el verano de 1918,
Barradas decidió cambiar de residencia trasladándose
a Madrid. En la capital del Estado todo era distinto.
Las referencias al arte de vanguardia prácticamente
no existían. Barradas vino a situarlas. A situarlas
y a dar punto de partida a toda una verdadera transformación
de la cultura española propiciada desde la capital.
Ante la absoluta carencia de mercado de arte moderno, Barradas comenzó a
ganarse la vida primero como ilustrador gráfico y fabricante de
juguetes y, poco más tarde, en 1919, como figurinista y escenógrafo
del Teatro Eslava, donde actuaba la compañía del poeta,
editor y empresario teatral Gregorio Martínez Sierra. Pero de
la necesidad virtud, los diseños de Barradas cambiaron el sentido
de la ilustración gráfica publicada en Madrid, mientras
que en sus realizaciones para el Teatro Eslava se puede situar uno de
los puntos de partida del nuevo arte escenográfico español.
Con todo, el Barradas que frecuentó en Madrid
en Café del Prado, el Café de Oriente
y el Ateneo fue, en principio, un Barradas solitario.
A pesar de lo que se piensa, los ultraístas
y los jóvenes de la Generación del 27
tardaron en llegar. Entre 1918 y 1923, Barradas sólo
expuso en tres ocasiones. Y sin embargo, en estos años
su pintura no dejó de evolucionar. La poética
vibracionista rápidamente convivió, dio
entrada o se transformó en una nueva modalidad
a la que el pintor llamó cubismo , modalidad
que perduró hasta 1921.
Una variante del cubismo barradiano fue lo que el propio artista denominó clownismo
, instancia de su práctica artística que, aunque carente
de una definición precisa, influyó decisivamente en dibujos
y composiciones de Lorca y Dalí. Pero quizás, ante todo,
el clownismo fuera la antesala de otra cosa. En 1922, coincidiendo en
principio con los momentos finales del cubismo barradiano, el artista
efectuó un giro decisivo en su propia obra. Su nuevo modo de hacer
fue denominado planismo e implicaba, a grandes rasgos, y no sin matizaciones,
el impacto en su obra del retorno al orden .
Prueba de que en el ambiente flotaba esta circunstancia de lo moderno fueron los dibujos que el pintor realizó en Luco de Jiloca entre 1923 y 1924, dibujos muy conocidos entonces por haber sido publicados en la revista Alfar . En ellos Barradas, tomando como modelos a los campesinos del lugar, ejercitó un tipo de dibujo que sin duda es relacionable con el clasicismo ingresco de Picasso. Pero también es cierto que cuando estos dibujos fueron trasladados al óleo sobre lienzo adquirieron otro carácter. Bien por problemas técnicos o por voluntad estilística, el carácter opaco y el tono ensombrecido de la pintura hicieron surgir, junto a la pureza del trazado lineal de las fisonomías, lo que el artista denominó la luz negra . Un tono melancólico y profundo se depositó sobre las obras del uruguayo, al tiempo que la fijación argumental con las clases trabajadoras del campo despertó en Barradas un sentido de lo vernacular propio de la pintura española desde principios de siglo. Surgió así la serie de Los Magníficos , en la que Barradas, con mayor investigación formal de la que siempre se presupone, mostraba a un tiempo la castigada, aunque poderosa, fisonomía de los tipos populares del entorno agrario y, también, la grande y sincera admiración que sentía hacia ellos.
El Barradas que regresó a Madrid hacia la primavera de 1924 era, ya en cualquier caso, un Barradas distinto. El optimismo vibracionista y cubista había dejado paso a un tono más grave y severo. La franca empatía lingüística con los primeros ismos se diluía o comenzaba a buscar incentivos de otro signo. Pero aun así, los años 1924 y 1925, especialmente parcos en noticias sobre su actividad, fueron especialmente importantes en su biografía. Su actividad como ilustrador gráfico se vio reconocida al más alto nivel al diseñar portadas y viñetas para la Revista de Occidente , su trabajo como figurinista y escenógrafo fue premiado en el Salón de las Artes Decorativas de París, el Salón del Arte Dèco, donde Martínez Sierra había presentado un stand, y, en fin, en 1925, en la crucial primera exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos, celebrada en Madrid, Barradas fue reconocido ampliamente, y de forma generalizada, como el verdadero emblema del arte nuevo , de la renovación plástica española.
Pero, paradójicamente, este reconocimiento generalizado no sirvió para relanzar su figura ni para que su obra se situara en nuevas posiciones de predominio e influencia. Quizás Barradas intentó ir a París. Pero no tenemos noticias fehacientes de que alcanzara la capital francesa. En los primeros meses de 1925 (y probablemente en 1926) el pintor estuvo en San Juan de Luz donde realizó una importante serie de temas marineros, en línea estilística con las derivaciones del planismo, aunque con mayor acento expresivo. Tras esta experiencia, la crisis sobrevino en un Barradas que hasta entonces parecía incombustible. La enfermedad, que había aparecido en 1920 y se tornó preocupante en 1923, minó su capacidad física notablemente a partir de 1926. Su ruptura con Martínez Sierra, tanto por razones personales como profesionales, agravó aún más su situación personal, de suyo siempre precaria.
En los primeros meses de 1926 la familia Barradas se trasladó a Cataluña. Residieron en un modesto piso de L'Hospitalet de Llobregat. Allí recibiría Barradas la visita asidua de la mejor intelectualidad del momento, de Lorca y Dalí, a Gasch, Montanya y Díaz Plaja. Sus tertulias configuraron el Ateneíllo de Hospitalet, espacio mítico de la cultura española de aquellos años. Entre 1926 y 1928, su pintura continuó la serie de Los Magníficos, sus paisajes de Hospitalet muestran su interés por lo vernacular desde un lenguaje construido de acento primitivista, e inició también el artista una peculiar pintura religiosa, denominada Serie Mística , mientras que la perspectiva de regresar al Uruguay le llevó a confeccionar, en un registro muy distinto de todo lo anterior, los Estampones , recreaciones evocativas del Barrio Sur montevideano en el 1900.
Pero ni el inicio de nuevas series plásticas ni el afecto que le rodeaba lograron que Barradas renaciera en Cataluña. Todos cuantos visitaron el Ateneíllo de Hospitalet comentaron el delicadísimo estado de salud del artista y las extremadamente precarias condiciones en las que vivía. Al cabo, sus amigos de Montevideo lograron que el artista volviera a su país de origen. Allá regresó Barradas, en noviembre de 1928, llevando consigo prácticamente toda su producción española. Fue recibido casi como un héroe. El artista tenía en su cabeza grandes planes. Pero esta vez la enfermedad y el agotamiento pudieron con su proverbial entusiasmo, y Barradas murió en Montevideo, apenas a los cuatro meses de su llegada, el 12 de febrero de 1929. Tenía 39 años. La ingratitud española olvidó a Barradas durante medio siglo. Pero, afortunadamente, a partir de la década de 1980, su figura y su obra están siendo recuperadas y situadas en el lugar que merecen.
© 2006 Fundación Telefónica. Todos los derechos reservados | Requisitos | Política de protección de datos