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Rafael Barradas

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Retrato de Alberto Lasplaces, c. 1920

FICHA TÉCNICA
Retrato de Alberto Lasplaces, c. 1920
Óleo sobre lienzo, 78 x 61 cm

Escritor, ensayista, periodista y profesor, Alberto Lasplaces nació en Montevideo en 1887 y murió en la capital uruguaya en 1950. Editor de La Cruz del Sur , una de las principales revistas culturales de su tiempo, Lasplaces llegó a cobrar especial relevancia como comentarista de política internacional en El Día . Barradas y Lasplaces se conocían desde la juventud. Ambos vivieron plenamente el intenso ajetreo cultural del Montevideo de principios de siglo y sus firmas coincidieron entonces en revistas como Bohemia y La Semana .

En un artículo publicado en 1939, el propio Lasplaces rememoró las circunstancias que dieron origen al retrato que su compatriota le realizara en Madrid en 1920. Barradas se encontraba en un buen momento. El trabajo con Martínez Sierra para el Teatro Eslava había proporcionado al artista un pequeño respiro económico -quizás el único que tuvo en su vida-; su relación con el entorno artístico de la capital española comenzaba a afianzarse y su obra se encontraba en el centro de lo mejor de su producción: la realizada entre los años 1917 y 1923. Cuando se reencontró con Lasplaces, el pintor tenía 30 años.

«El Barradas de 1920 en Madrid», cuenta Lasplaces, «era exactamente el mismo de 1910 en Montevideo: el mismo rostro alargado y anguloso, la misma palidez marfileña, el mismo rictus en la boca de labios finos, la misma indecisión en la mirada tras los gruesos cristales de las lentes; la misma cabellera renegrida y lacia cayéndose a veces en mechones desordenados sobre la frente pensativa. Y la misma voz varonil de tonalidades agudas, y los mismos gestos expresivos, y el mismo entusiasmo por su arte que lo poseía entero y el mismo calor en la amistad y en las convicciones. Y hasta la misma manera de vestir, el traje negro, la corbata flotante, el chambergo aludo y personal». Es decir, el vanguardista Barradas, que contagiaba su entusiasmo, superaba todas las dificultades y vivía con plenitud el ser o no ser de la nueva pintura, mantenía en su aspecto residuos del adolescente bohemio de principios de siglo que, quizás, no abandonaría nunca.

Cuando llegó a Madrid, Lasplaces no encontró a Barradas en su primer domicilio, en la calle del León. Julio J. Casal, cónsul de Uruguay en A Coruña, e incansable editor de la valiosísima revista Alfar , le facilitó la nueva dirección. Lo cual, dicho sea de paso, es todo un dato, pues muestra que en 1920 Casal y Barradas ya estaban en contacto. El pintor se había mudado al Paseo de Atocha, es decir, al mejor de sus escenarios como artista. Y Lasplaces tuvo la oportunidad de recorrer en su compañía el tránsito urbano de la capital que el artista más identificaría su propia pintura: el que transcurre de la Estación del Mediodía (entonces llamada popularmente Pacífico ) a la Puerta de Atocha.

Barradas, tras realizar un breve y certero apunte en tinta china de la fisonomía básica del escritor, abordó la pintura al óleo ­-recordaba el propio Lasplaces- con prontitud, en pocas sesiones y «sin vacilaciones ni retoques, sin arrepentimientos ni enmiendas», mientras ambos hablaban ininterrumpidamente de todo tipo de cosas. Por las razones que fuesen, probablemente porque el pintor no quiso desprenderse de ella, Lasplaces no se marchó con la pintura. Tampoco obtuvo el dibujo preparatorio, que acabaría siendo regalado por Barradas a Casal. Pero no terminaría aquí la pequeña historia privada de esta obra. Como cuenta Raquel Pereda , años más tarde, hacia 1927, viviendo ya Barradas en L'Hospitalet de Llobregat -homenajeado por todos, pero apartado de la primera línea de actuaciones- Lasplaces quiso recuperar su retrato. Desde Montevideo, con Casal de mediador, Lasplaces propuso a Barradas un intercambio: su retrato por unas mil pesetas más o menos. La extremada cortesía que evitaba el término compra tenía un fundamento: no ofender a Barradas cuya situación económica era de una precariedad extrema y cuyo estado de salud ya andaba muy deteriorado. El intercambio llevaba aparejada, además, la promesa de exponer el cuadro en Montevideo como preámbulo al definitivo regreso del artista.

Todas estas amenas anécdotas no dejan a un lado la intensidad de la obra de Barradas. De una manera un tanto inesperada, el artista ha vuelto a situar (y a resolver) problemas planteados por la pintura de vanguardia en sus orígenes: la concepción del cuadro como superficie bidimensional, la concentración del concepto de pintura en sí , el tratamiento homogéneo de la tela, la identidad de tratamiento entre forma y figura, y el punto de encuentro entre abstracción y figuración. Y a todos ellos Barradas ha añadido una nueva solución: la presencia cuantitativa de lo figurado.

Todos estos problemas fueron abordados por Picasso y Braque entre 1909 y finales de 1911, y por Juan Gris y la Escuela Cubista entre 1911 y 1914. Barradas se diferencia de ellos en varios aspectos importantes: evita la geometría y la fragmentación que alude a las figuras mediante la elección de un aspecto de las mismas con valor de sinécdoque o metonimia. El artista procede mediante parcelaciones cromáticas (casi en camafeo) que van constituyendo claroscuros, surgidas sólo de la agrupación de pinceladas. Se podría decir que Barradas es en esta obra, y en otras semejantes a ella, más cezanniano de lo que nunca lo fue el propio cubismo parisino. De este modo es como Barradas reconstruye la corporeidad del personaje representado e, incluso, su gesto y el acento de su carácter, dotando a su obra de unas noticias sobre la psicología del retratado que el cubismo originario nunca llegó a propiciar.

Lo que cabe preguntarse es por qué Barradas traza estos planteamientos pictóricos en 1920 cuando ya el propio cubismo parisino se encuentra en posiciones muy distintas. Es más, ¿cómo pudo tener presente Barradas los modelos cubistas si entre 1918 y 1923 no salió de Madrid y en la capital española no existían colecciones a las que poder acudir? ¿Manejó reproducciones? Si fue así, desconocemos cuáles. ¿Retuvo en la memoria lo visto en París y Milán en su breve estadía en ambas capitales para recuperarlo inesperadamente seis años más tarde? Parece improbable.

Creo que los interrogantes planteados en todas estas cuestiones se resuelven si enfocamos el asunto de otro modo. Los contemporáneos de Barradas que comentaron sus obras hablaron y no hablaron de cubismo para este momento de su producción y, si lo hicieron se preocuparon por diferenciarlo del cubismo originario , por más que el parecido fuera evidente. El cubismo está en Barradas no por traslación mimética de modelos, sino por ser Barradas un artista cuya voluntad fue siempre la de sintetizar, y usar como repertorio , las soluciones plásticas de las primeras vanguardias. En esta posición, el artista, hasta 1922 ó 1923, se mantuvo firme y consecuente, utilizando soluciones concretas para problemas concretos. El personaje representado, estando quieto y sentado, expresa sin embargo una innegable y sugerente sensación de vitalidad.

Se podría decir que toda la obra palpita en su encuentro con el espectador. Crear esta sensación fue lo que más interesó Barradas entre finales de 1918 y 1921. Si para lograrlo tenía que recurrir a soluciones que se emparentasen con las del primer cubismo, el pintor no iba a dudar en hacerlo independientemente de la urgencia o de la última hora que el Movimiento Moderno estuviese viviendo en aquellas fechas. Le interesaba entonces la poética de lo moderno como categoría no como anécdota. Y, además, cerca de él estaba en aquel momento el pintor y crítico de arte polaco Marjan Paszkiewicz. Y poner en relación las teorías y comentarios de Paszkiewicz con este momento de Barradas no sería, probablemente, una tarea ociosa. E. C.

Inscripción en el bastidor del lienzo relativa a la propiedad del cuadro por parte de los herederos de Alberto Lasplaces.

PROCEDENCIA

Colección del artista / Colección Lasplaces, Montevideo / Galería Matriz, Montevideo / Galería Sur, Montevideo.

EXPOSICIONES

Barradas / Torres-García , Buenos Aires, Museo Nacional de Bellas Artes, 1995, reproducido nº 40, p. 54.

BIBLIOGRAFíA

Pereda , Raquel, Barradas , Galería Latina, Montevideo, 1989, pp. 123 y 208, reproducido p. 126.

(1) Lasplaces , Alberto , «Rafael Barradas en Madrid», El Día , Suplemento, Montevideo, 26 de febrero de 1939, Año VIII, nº 320. Citado por Pereda , Raquel, Barradas , Galería Latina, Montevideo, 1989, p. 123. Todos los entrecomillados del texto, a menos que se indique otra cosa, pertenecen al mismo texto.

(2) En op.cit., nota 1, p. 208.

(3) Véase, Carmona, Eugenio , «Rafael Barradas y el "Arte Nuevo" en España, 1917-1925», Barradas. Exposición Antológica, 1890-1929 , Madrid, Zaragoza, Barcelona, Comunidad de Madrid, Gobierno de Aragón, Generalitat de Catalunya, 1992-1993, Edición a cargo de Jaime Brihuega y Concha Lomba, pp. 122-124.


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